Metidos en sus talleres, en los que abundan herramientas y diferentes tipos de
maderas, los luthiers fabrican o restauran violines, chelos, contrabajos y guitarras, entre otros.
En esos recintos el aroma a barniz se fusiona con el trabajo preciso, paciente y solitario, dando
como resultado instrumentos únicos que cada vez se sienten más arrinconados debido a la competencia
con la producción en serie.
Norte de música
El abuelo de Iván Blascovich llegó desde Croacia en los primeros años del siglo
pasado. Al poco tiempo, viajó a lo profundo de la provincia de La Rioja e instaló una carpintería
en la por entonces remota localidad de Chilecito. "En mi pueblo, yo iba a una escuela que tenía
doble escolaridad, a la mañana estaba el bachillerato y a la tarde, bellas artes. Estudié piano
durante cinco años, y a la luthería la empiezo a conocer a través del violín al tomar clases en esa
misma escuela. Fue justamente un profesor de violín, César Llanos, quien supo guiarme y descubrir
en mí la vocación de luthier. Entonces, como mi abuelo era carpintero y mi viejo herrero, las
herramientas ya estaban en mi casa", recuerda Blascovich.
Ese profesor lo incentivó a que viajara a Tucumán para estudiar en la Escuela de
Luthería de la Facultad de Arte de la universidad nacional de esa provincia, la única escuela
oficial que existe en el país. "Así que terminé el secundario y viajé hacia allá. La escuela tiene
una diagramación de cinco años y se hace un instrumento por año. Pero además hay materias como
luthería teórica, física, química y botánica, porque vas estudiando todo el tema de la madera".
Blascovich tiene su taller escuela en el local 28 del pasaje Pam, ubicado en
pleno centro rosarino (Córdoba 954). En ese ámbito realiza tareas de reparación, construcción y
enseñanza de esta peculiar artesanía.
Con el habla lento y pausado en el que aún se desgaja una tonada riojana,
Blascovich cuenta cómo fue su llegada a Rosario: "Cuando terminé la carrera en Tucumán, me volví a
Chilecito y estuve cinco años trabajando en el tema, lo que me sirvió de experiencia. En 1997 me
invitaron a una exposición en la ciudad de Santa Fe y un año más tarde la gente de cultura del
Centro Municipal Villa Hortensia me convocó a hacer una muestra y a dar un curso. Así que ya me fui
quedando por acá". En la actualidad, Blascovich tiene alrededor de veinte alumnos, lo cual no es
poco para una actividad no muy difundida. "Además no es redituable en el corto plazo, este es un
trabajo que requiere mucha dedicación y esfuerzo", asegura.
La relación que se da entre los músicos y el luthier —que en general
también estudió música— es muy íntima. "En este oficio se requiere mucha confianza y uno no
pueda engañar haciendo publicidad —explica Blascovich—; particularmente en este momento
estoy trabajando a pedido y se charla mucho sobre la construcción. Entonces el compromiso mío es
muy grande para con el instrumento y también con el músico porque todo el tiempo le muestro mi
trabajo. No es que le doy algo cerrado y él no sabe lo que hay adentro".
Un violín, por ejemplo, está compuesto por setenta partes y la diferencia con la
fabricación en serie es que un luthier le pone extrema dedicación a cada una de las piezas.
"Entonces uno al final tiene la seguridad de que va a salir un buen instrumento y es notable la
diferencia en el sonido", concluye Blascovich.
Sueño cumplido
En la familia de Gustavo Hoffmann no se registra ningún antepasado que esté
relacionado con la música y mucho menos con la luthería. Tampoco tenía noción alguna sobre
herramientas como la gubia o el formón, y sentía cierta envidia porque su hermano había hecho el
secundario en el Politécnico mientras él se recibió de bachiller.
Cuando tenía aproximadamente 18 años, Hoffmann tocaba rock en algunas bandas
efímeras de Rosario pero su inclinación hacia la música clásica se hacía cada vez más fuerte. "En
ese momento no sabía si en la ciudad había algún luthier, aunque después me enteré que sí.
Entonces, con la ayuda de carpinteros me hice mi primer guitarra y en ese proceso aprendí mucho
sobre maderas y herramientas. El primer trabajo me salió más bien decente, entonces me hice otra
más y mis amigos me empezaron a pedir que les hiciera una, y así fue que me fui enganchando cada
vez más", dice.
Le aconsejaron ir a Tucumán a la Escuela de Luthería y no lo dudó un instante.
Luego de hacer unas averiguaciones se contactó por teléfono con la escuela. "Cuando llamé y me
dijeron que estaba cerrada por falta de alumnos se me vino el mundo abajo", recuerda. Dos años mas
tarde se enteró que jamás había estado cerrada y ese misterio es algo que nunca podrá terminar de
develar. Luego de superar la decepción, viajó a Buenos Aires donde realizó diversos trabajos para
pagar la pensión en la que vivía.
"Allá trabajé con un luthier en restauración de pianos y construcción de
guitarras. Aprendí a base de sacrificio puro, pero tenía una alegría inmensa. Luego volví a Rosario
e hice unos años de experimentación mientras trabajaba de cualquier cosa. En los ratos libres, y
sobre todo los fines de semana, aprovechaba y me dedicaba a la luthería", cuenta Hoffmann.
En 1998, como si fuese un llamado del destino, se enteró que la Escuela de
Tucumán estaba perfectamente en funciones y decidió viajar a esa provincia. "No terminé la carrera
porque había problemas internos, pero tuve la suerte de que los maestros me abrieran las puertas de
sus propios talleres. Ahí me pasaba todo el día porque se aprende de otra manera. Ellos me
permitieron ingresar de lleno a ese mundo y entonces lo que me restaba era volver y poner en
práctica todo lo aprendido. Por suerte, tuve buena aceptación de los músicos de las orquestas y
hasta el día de hoy cada instrumento que hago se vende enseguida", explica.
Hoffmann siente como un privilegio haber logrado dejar de trabajar por encargo:
"Cuando empiezo a hacer un instrumento por mi cuenta, los mismos músicos se van enterando de lo que
estoy haciendo y esperan para probarlo. El resultado es fascinante, porque cuando veo al músico
tocando un violín o una guitarra me pongo a pensar que toda esa maravillosa música está saliendo de
un pedazo de madera que hice yo".
Las palabras de Hoffmann brotan como notas musicales y en sus ojos pardos se
refleja la felicidad que la da esta vocación. "Ser luthier es una bendición y hago lo imposible
para que en un futuro, cuando yo no esté más, mis instrumentos hablen bien por mí".
Un rosarino al Colón
Federico Sanz proviene de una familia de músicos y estudió música desde muy
pequeño. Hoy tiene 51 años, dos hijos y una pasión arrolladora por la restauración, no sólo de
instrumentos sino también de automóviles antiguos. Por las ventanas de su taller ingresa la luz
tenue de una tarde pegajosa de fin de año. Mientras le da los últimos retoques a un violín que
acaba de reparar cuenta: "Siempre fui muy inquieto con todo lo que es la puesta a punto del
instrumento. Como en mi adolescencia se hacía difícil viajar a Buenos Aires, y en Rosario no había
quien lo pudiera hacer, me empecé a involucrar en este tema tanto por curiosidad como por voluntad
propia".
Preguntó, observó e investigó y así, de manera autodidacta, se inició en el
oficio. Pero en realidad se metió de lleno cuando un amigo suyo se involucró en la luthería. "Mi
amigo Eduardo Gorr, que ahora está trabajando en Cremona (Italia), fue el que me entusiasmó, y me
enseñó mucho. Pero lo que realmente me definió para trabajar de manera profesional fue un curso
intensivo que dio un americano en Buenos Aires. El se entusiasmó tanto con mi manera de trabajar
que estuvo 15 días compartiendo trabajos y estudios en mi taller. Incluso, quería que fuese a
Estados Unidos a trabajar con él", evoca Sanz.
Tenía 21 años cuando ingresó en la Orquesta Sinfónica de Rosario como
violonchelista y paralelamente trabajaba como luthier. A principios de los 90, el Teatro Colón se
había quedado sin luthier estable y se hizo un llamado a nivel nacional. "Me seleccionaron a mí, y
desde hace 16 años tengo la obligación de trabajar sobre los instrumentos de las dos orquestas
estables del teatro", explica.
En la actualidad sigue con ese trabajo y nunca dejó de lado su carrera de
músico. En referencia al tema de la importancia de ser músico para un luthier, Sanz agrega: "Me doy
cuenta que la suma de las dos profesiones me otorga una ventaja. Porque muchas veces el músico
viene y dice que no está sonando bien, entonces si uno está acostumbrado a escuchar y a ejecutar,
se te crea un hábito auditivo que te das cuenta enseguida qué es lo que está pasando".
Sanz se considera un obsesivo de su trabajo y dice que le gusta diversificar.
"No soporto ser un monje de algo, pero lo que hago me gusta hacerlo bien. Cuando trabajo de lo que
me gusta pierdo la noción del tiempo y lo tomo como una cuestión muy personal. La restauración es
un desafío porque hay que devolverle al instrumento determinadas condiciones tal cual fueron
logradas en el origen, a pesar del paso del tiempo. Eso es restaurar", afirma.
Esta claro que no por nada Sanz es el responsable del sonido final de las dos mejores orquestas
del país, la estable del Teatro Colón y la Filarmónica de Buenos Aires.