Angélica Gorodischer: de casi todo lo que importa
Miscelánea. A la tarde, cuando llueve, de Angélica Gorodischer, Emecé, Buenos Aires, 2007, 225
páginas, $31. Ni conferencias de corte académico ni charlas domésticas, estos textos de Angélica
Gorodischer, salvo el último (que traza una parte inédita de sus memorias), fueron concebidos para
ser dichos ante un auditorio.
8 de diciembre 2007 · 12:32hs
Ni conferencias de corte académico ni charlas domésticas, estos textos de
Angélica Gorodischer, salvo el último (que traza una parte inédita de sus memorias), fueron
concebidos para ser dichos ante un auditorio. Contienen la calidez de una buena conversación y no
por ello están exentos de los recursos de la mejor ficción; al mismo tiempo participan de la
atractiva heterogeneidad de una caja de Pandora y de la unidad temática que de un modo
reiteradamente explícito y radical desvelan a su autora: la importancia de la lectura y la
escritura como pasaporte a la libertad, los derechos humanos y en particular los derechos de las
mujeres, la exaltación de la imaginación como medio privilegiado para la construcción de realidades
alternativas al así llamado "mundo real", entre otros.
Se podría afirmar que la vehemencia, simetría y regularidad manifiestas, y el
rítmico y personal fluir de la escritura de Angélica Gorodischer remiten al ensayo como lo entendía
la escritora dominicana Camila Henríquez Ureña, para quien el sesgo personal es virtud
imprescindible del género; el tejido de la escritora —decía— la contiene "al modo de un capullo en
torno al gusano de seda". Reunidos entre 1999 y 2007, los textos dibujan una suerte de parábola que
no hace sino confirmar el sedimentado oficio de la narradora capaz de gotear el suspenso necesario
y —como ella misma lo expresa en su reflexión sobre tiempo y literatura—, la tensión que sostiene
el ritmo "que va escandiendo el tiempo en el cual se despliega el bordado de la narración".
Invitada a disertar en un Congreso Internacional de Escritoras acerca del cruce
entre literatura latinoamericana e inmigración, Gorodischer, quien ha recibido el premio Dignidad
que otorga la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos por su trabajo en pro de los derechos de
la mujer, evoca las imágenes y voces disímiles que marcaron la genealogía de su propia familia y
opta por amalgamar lo mejor que ofrece cada cultura y crear así un nuevo linaje mestizo, una nueva
síntesis: "construimos una especie de ecumenismo doméstico, fácil y natural, que no necesitaba ser
documentado por discursos y manifiestos".
La mirada se detiene largamente en el espacio de creación y discusión que en el
terreno de las letras, lejos de haber sido heredado (pese a los ricos antecedentes sistemáticamente
saboteados por el llamado olvido o invisibilidad histórica), fue creado y ganado por la mujer
escritora, quien debió abrirse paso desde el solitario lugar de la exclusión. Decir, nombrar,
ejercer la escritura como desobediencia, borrar los límites, son algunas de las líneas que, unidas
a la receta de cómo escribir una novela, o a la afirmación de que "estamos hechos de palabras,
somos criaturas ficcionales", pueden, en grandes trazos, reconstruir esos aspectos de la realidad
que desvelan a Gorodischer.
Las preferencias literarias que nutren su biblioteca personal (Balzac, Gastón
Bachelard, Borges, Raymond Chandler, Virginia Woolf, Proust, los novelistas ingleses y españoles
del siglo XIX entre muchos, muchos otros) se amalgaman a las inflexiones que aporta una rica
experiencia de vida. Así, de un modo en apariencia claro y sencillo y con el pulso narrativo al que
nos tiene acostumbrados, Angélica Gorodischer dice mucho de las asimetrías, de las aristas aún sin
limar, de brillos y opacidades en el desenvolvimiento de las conductas humanas.
Seguir el hilo discursivo que une entre sí los ensayos es reencontrar en alguna medida la
tradición apasionada y lúcida que Juana Manuela Gorriti iniciara en sus históricas veladas
literarias limeñas donde también se hablaba de casi todo. Y Angélica Gorodischer, como ella, dice
de casi todo lo que le importa y nos importa, pero más que nada, su letra dice de su antigua,
íntima relación amorosa con la página en blanco: "Eros se metía entre las páginas (...) Como si el
soporte de las palabras que hablaban de amor, seda o pantalla de la computadora, hojas de loto o
abanico de marfil, papel reciclado o grafitti sobre las paredes de los edificios, fuera siempre la
sábana blanca de los amantes".