José Alberto Villalba, el hombre de 39 años que el domingo degolló a su hijo
Kevin en un departamento Fonavi de Viamonte al 7100, se entregó pasada la medianoche del martes en
la guardia de la Jefatura de policía. Llegó en un remís escoltado por Carlos y Alberta, sus padres
de 77 y 64 años, quienes profesan el culto evangélico.
"Nosotros no queremos hacernos famosos porque lo entregamos. Cumplimos con
nuestro deber. Se lo entregamos a la Justicia y esperamos que ella se haga cargo de él", explicó
ayer la mamá. "Mi hijo tiene 39 años y no vive con nosotros. Cómo vamos a saber por qué hizo eso
con nuestro nieto", agregó Carlos.
José Perro Villalba compareció ayer ante la jueza Mónica Lamperti y, según
trascendió, se abstuvo de declarar.
Destrozados. Desde el domingo pasado la vida de Carlos y Alberta quedó partida
en pedazos. El único varón de sus cuatro hijos fue a las 9.30 de la mañana al departamento de su ex
pareja, en el Fonavi de Viamonte al 7100, a tres cuadras de su casa, y degolló a su hijo Kevin,
delante de un amiguito de la misma edad, que aquel día le contó a La Capital lo que vio. "En esta
tragedia hay demasiado dolor porque está un hijo y también un nieto. No tenemos explicación sobre
lo que pasó", dijo ayer Carlos.
Según pudo reconstruir este diario con relatos de testigos, tras herir de muerte
a Kevin, José Villalba atacó a su ex pareja María Alejandra, de quien estaba separado hace diez
años, y a la hija de la mujer, Daiana, de 14. Las dos recibieron heridas leves. Al escuchar los
gritos, un vecino asistió a las víctimas y sacó a empellones de la casa a Villalba. A Kevin lo
auxilió una ambulancia pero ya era tarde. Murió camino al hospital. Desde entonces nada se supo del
padre hasta ayer.
"Nosotros quisimos acercarnos a la mamá de mi nieto, pero todavía tiene mucho
dolor", contó Carlos. Y Alberta agregó: "Ella nos conoce y yo quiero pedirle perdón por lo que hizo
nuestro hijo. Estamos con su dolor y en un todo con ella...", dijo y rompió en llanto.
"Yo no puedo entenderlo. Hace muchos años que ellos están separados y José
quería mucho a ese hijo", describió la mujer. Carlos comentó que tanto su hijo como su familia
recibieron amenazas: "No fueron los familiares sino los vecinos. Sentimos dolor por esos rumores
que había en el barrio. Que lo querían matar a José o que se iban a vengar con nosotros".
A tres cuadras. Carlos y Alberta viven en una casa humilde, ubicada a tres
cuadras del Fonavi, y ayer por la mañana no podían con su pena cuando decidieron hablar bajo la
llovizna con una única condición: sin fotos.
"Yo no puedo dejar a mi hijo en la calle después de que mató a mi nieto. Mató a
su propia sangre. Y no lo puedo dejar en la calle para que pase otra desgracia. Mi hijo y nosotros
estamos amenazados", contó Alberta, quien comentó que tanto ella como su esposo profesan el culto
evangélico en la iglesia pentecostal Redil de Cristo, en San Martín al 3200. "Todo lo que pasó lo
vivimos con mucho dolor y con la necesidad de ayudar a nuestro hijo y a la mamá de nuestro nieto,
porque ella también tiene un dolor muy grande", indicó Carlos, quien trabaja en el ministerio
carcelario de la iglesia evangélica. "Predicamos en las prisiones el arrepentimiento y la
transformación a través de la palabra de Dios", contó este hombre de 77 años. Carlos y Alberta
tienen cuatro hijos, 14 nietos y 8 bisnietos.
"Acá no bebemos". José Perro Villalba es un hombre con antecedentes penales y
varias detenciones en su haber, según confiaron fuentes policiales. Sus padres aseguran que no sólo
desconocen los por qué de su conducta sino que no lo veían desde el sábado, cuando fue a cenar a su
casa. "El vino a nuestra casa a comer el sábado. Llegó con su hija, su yerno y su nieta. Estuvieron
hasta la 1.30 o 2. Me dijo: «Me despido porque me voy a la casa de un amigo». Esa fue la última vez
que lo vi. Estaba lúcido, porque acá no bebemos", rememoró Alberta. "Desde ese momento no supimos
nada de él. No apareció por acá ni llamó", explicó.
Los padres dicen desconocer donde estuvo José desde la mañana del domingo hasta
el lunes por la tarde, el momento en que un pastor amigo de la familia los llamó para contarle que
el hombre estaba en su casa. "Yo rogaba para que mi hijo encontrara alguna persona que lo
entregara. Yo misma quería entregarlo. El andaba mal, pasó por la iglesia y el pastor lo escuchó.
Lo aconsejó", relató la madre. Así comenzó el operativo que terminó en la entrega del prófugo. "Le
dijimos a nuestro hijo que tenía que entregarse y pagar por lo que había hecho", aportó Carlos.
"Hicimos lo correcto. Lo que teníamos que hacer", concluyó Alberta, antes de cerrar la puerta de su
casa.