Una balacera impresionante resonó en el amanecer de ayer en el barrio 23 de Febrero, un racimo
de viviendas precarias que se levantan en la zona sudoeste de la ciudad. Fue literalmente una
ejecución: más de 30 balazos calibres 30 y 11.25 perforaron una casa de esa barriada y terminaron
con la vida de un chico de 18 años que vivía allí y un amigo de 32. También resultaron baleados el
padre del joven fallecido, que anoche agonizaba en el Hospital de Emergencias, y uno de sus
hermanos, un joven de 20 años a quien un proyectil le rozó la cabeza y salvó su vida de milagro.
Hasta anoche, los investigadores policiales y judiciales no habían determinado con precisión la
motivación del suceso, pero presumían que el violento hecho fue el desenlace de un incidente
barrial.
Todo ocurrió en una vivienda de Liniers 4217, un barrio que construyó la
municipalidad al que llegaron once años atrás habitantes de villa Banana. El emprendimiento está
ubicado detrás de los complejos Fonavi de Rouillón y bulevar Seguí. A las 5.30 de ayer, los dueños
de esa casa festejaban el cumpleaños de la novia de Mauro Vallejos, el muchacho de 18 años que
recibió un balazo mortal.
El festejo se había iniciado a las 8 de la noche del sábado y a esa hora
solamente quedaban unas pocas personas tomando cerveza. En la propiedad estaban el dueño de casa,
Jorge Conrado Vallejos, de 42 años. El hombre, al que en la barriada lo conocen como Pinky, se gana
la vida reparando el pavimento de las calles. También se encontraban su otro hijo, Eduardo, de 20
años, la pareja del muchacho asesinado, y un amigo de los muchachos, Paulo Herrera, de 32.
Una fuente judicial contó que, al parecer, Eduardo salió a la calle para
comprar más porrones y en el trayecto se topó con el agresor, un vecino al que la policía
identificó con el apodo de Cuatro y que hasta anoche no había sido localizado.






























