No tenía un nombre pesado en el hampa del extremo norte de Rosario. Sin embargo,
a Adrián Gustavo Varrabasso lo encontraron con un disparo en la cabeza en una cremería abandonada
de Totoras, a 60 kilómetros al noroeste del barrio Nuevo Alberdi, donde vivía. Para la policía se
trató de "una ejecución". En otras palabras, un crimen mafioso. A los 33 años, Pistola o Pelado,
como lo conocían, era un veterano maleante dedicado a la venta de drogas. Aún hoy los
investigadores se preguntan por el móvil del asesinato y, en ese sentido, manejan la hipótesis de
que el tipo "rompió algunos códigos". Entre sus potenciales asesinos se mencionan narcos y hasta un
pirata del asfalto.
Esta historia es sólo un botón de muestra sobre el significado de deambular por
la banquina del mundo delictivo. A la vida de Pistola Varrabasso se puede acceder charlando con
vecinos de Nuevo Alberdi, sus allegados —entre los que impera temor— y los policías que
lo persiguieron. Pero nunca se la puede armar desde un único relato. Para tratar de entenderla hay
que andar atando cabos. Y como suele suceder, sólo se logra una aproximación del personaje que
terminó sus días asesinado.
La sola lectura de su prontuario, forjado con el caño de una pistola, muestra a
Varrabasso como un personaje en el que se encarna todo lo que a la sociedad le produce miedo y
desprecio. Delitos contra la propiedad y las personas; fama de verdugo con sus víctimas, de tener
aguante en el barrio y de adicción a las drogas. Todo eso según el retrato que hacen los pesquisas
que andaban tras sus pasos. Ese es el perfil de Pistola, un maleante que de tanto "ganar de caño",
como se dice en la jerga al robo a mano armada, en el último tramo de su vida se pasó a la venta de
drogas.
Punto de inflexión. La vida de Pistola tuvo un cambio el jueves 14 de febrero
pasado. Ese día cumplió 33 años. Salió de su casa en su flamante moto Motomel 125 color negra. Iba
bien vestido, con ropa y zapatillas caras. Comentan por Nuevo Alberdi que ese fue su último día en
el barrio. Después, su familia radicó una denuncia por averiguación de paradero en la subcomisaría
2ª. Pero para saber sobre su suerte hubo que esperar 45 días.
El domingo 30 de marzo encontraron su cuerpo por casualidad. Estaba a 60
kilómetros del barrio, en una vieja cremería abandonada en la zona rural de Totoras. Tenía un solo
disparo en la cabeza, más precisamente en el parietal izquierdo. Estaba envuelto en una frazada,
atado con un cable y semisumergido en el agua en un piletón que sirvió para elaborar quesos.
Fábricas en desuso como "La Verónica", donde apareció el cadáver, existen por
decenas en la capital provincial de la leche. La vieja planta está a 6 kilómetros al oeste de la
ciudad y a 200 metros de la "Efa", como se reconoce a la Escuela de la Familia Agrícola Nº 8.248.
Para llegar hay que conocer la zona. Seis kilómetros por la ruta provincial 91 y unos 2 mil mehacia
el sur por un camino rural llevan hasta otro camino de tierra que conecta en línea recta con uno de
los ingresos a las derruidas instalaciones.
En un piletón. La cremería está tapada por un yuyal de más de dos metros que
desde el camino sólo deja ver su techo. Tras superar los matorrales se llega a una escalera y por
ella a un subsuelo donde hay dos salas apenas iluminadas por el sol. En sus paredes un par de
graffitis dedicados a amores fugaces. En una de esas cámaras hay ocho piletones de 1,80 metro de
largo por 1,40 de ancho y 1,20 de profundidad. En uno de ellos estaba el cuerpo de Varrabasso.
Según pudo saberse, Pistola llevaba al menos 10 días de muerto. Lo ejecutaron
con un revólver calibre 22. Y se estima que no lo mataron en ese lugar. Sólo lo tiraron ahí y su
homicidio pasó completamente desapercibido para la prensa.
Pistola estaba vestido con la misma ropa con la que el 14 de febrero había
salido de su casa y no le faltaba nada de valor. Tenía su reloj y las cadenas alrededor del cuello.
Sus documentos y el dinero estaban en la billetera. Los investigadores no tuvieron que hacer
esfuerzos para identificarlo. No tenía celular ni armas. Tampoco hallaron la Motomel 125 negra.
En Nuevo Alberdi. Varrabasso se ganó el apodo de Pistola en Nuevo Alberdi. El
barrio está difícil para el desconocido de a pie. Aunque nadie se altera ante la circulación de
autos nuevos, desconocidos o de remises legales. Es que en este trozo de tierra se condensan muchas
de las contradicciones de la sociedad. Del Estado, sólo mojones simbólicos y promesas de obras que
quedan siempre para más adelante. Del privado, la ambición para comprar la tierra que hace dos años
tenía hasta dos metros de agua de inundación. En el medio, trabajadores pobres y excluidos que
saben que el hambre se puede administrar. La ley, más idea que realidad. Los códigos son los que
reglan la convivencia. Ese fue el semillero de Varrabasso.
Los vecinos, bien por lo bajo, cuentan que cada vez se mueve más droga. Hay
muchos quioscos chicos. Muchos vendedores a poca escala. Eso es lo que dicen. De denuncias, ni
hablar. El juego de la desconfianza está más de moda que la Play Station. Según con quien se hable,
la hipótesis de quién pudo haber matado a Pistola cambia de nombre o apodo, pero no de origen. El
hombre rompió los códigos. Defraudó a alguien. Y por eso lo encontraron con un disparo en la
cabeza.
Dicen que no cumplió con un narco al que apodan Gringo y que pisa fuerte en el
barrio. A tal punto que tiene dinero como para comprar un Peugeot 206 y una moto Honda CBR. Dicen
que su último socio, un pibe de 22 años con problemas de adicción que solía manejar un Ford Falcon
color gris, andaba medio desaparecido por el barrio. Nadie podía precisar si era por el ojo
policial o por otra cosa.
Por un vuelto. Otros hablan de una mejicaneada de un kilo y medio de cigarrillos
de marihuana. Y ahí el nombre y el apodo del acusado se mudan a un municipio del departamento San
Lorenzo. "Ojo que ese es muy picante. Si te tiene que matar, lo hace", advirtió un pesquisa
consultado. También se habla de un ocasional pirata del asfalto que habría sido defraudado en el
reparto de un trabajo. Y alguna fuente policial afirmó que Pistola, fanático hincha de Rosario
Central, formaba parte de los "400 pibes" con los que Luciano Molina le quería arrebatar el
paravalanchas a Andrés "Pillín" Bracamonte.
Sobre Varrabasso se dice mucho, pero a los pesquisas que investigan su muerte la
información no les abunda. Era un guapo de Nuevo Alberdi que se cebó por la fortuna de "ganar al ir
de caño". Cambió de ámbito y sucumbió ante una mezcla de viveza criolla y ambición. Su asesinato,
aunque se barajan varias hipótesis, es un misterio. Quién lo ejecutó o quién ordenó su muerte anda
suelto. Y cualquiera sea su nombre, en el hampa marca presencia. Tanto es así que para matar a un
hombre se movió en dos jurisdicciones policiales y judiciales. Usó el crimen de un maleante para
dejar un mensaje claro a otros Pistolas en las leyes de la calle. Por eso está claro que tarde o
temprano el cuerpo de Varrabasso iba aparecer. El homicidio es investigado por la jueza de
Instrucción de Cañada de Gómez, Ana María Bardone.
Casual
El hallazgo del cadáver de Pistola Varrabasso fue casual. El hombre llevaba 10
días de muerto en el piletón de la vieja cremería. Un ex empleado de la fábrica que reside en un
pueblo aledaño a Totoras llegó al lugar para mostrarle a su familia el lugar dónde había comenzado
a trabajar y se topó con el cadáver.