Un chico de 14 años que arreglaba su moto de madrugada en un pasaje del barrio Moderno fue blanco de una lluvia de balazos que le descargaron desde un vehículo en movimiento. El adolescente recibió ocho impactos y quedó tendido bajo las luces mortecinas del callejón. El auto era negro, posiblemente un VW Bora con vidrios polarizados. Atravesó a velocidad media la calle y desde la venanilla del acompañante asomó una mano que sostenía una pistola 9 milímetros. "Barrió con todo, le tiró al paredón y a los tres locales de mitad de cuadra. Disparaba de costado, no de frente, y le pegó de lleno al pibe", dijo un muchacho que vio toda la escena.
Nicolas F. estaba ayer internado en el Hospital Clemente Alvarez en estado reservado , luego de haber soportado una prolongada operación. No estaba en terapia intensiva según sus familiares.
El chico recibió ocho tiros pero del lugar se levantaron no menos de veinte vainas servidas, según dijo una fuente policial. Nicolás no tiene conflictos penales de ningún tipo y en la comisaría 19ª no recuerdan tampoco que él, o integrantes de su familia, hayan tenido problemas con la ley.
El atentado fue a las 0.45 en Sanguinetti al 5600, un pasaje corto paralelo a bulevar Seguí. A esa hora en una noche de verano el lugar hierve de adolescentes y vecinos en la calle. Nicolás estaba en su Garelli 50 cuando apareció este misterioso vehículo. "Dio unas vueltas antes por acá, pero ni pensamos que era mala gente", manifestó un testigo. El auto avanzó en dirección sur, se paró en un lomo de burro y arrancó. Al llegar a la altura del 5617 comenzó la balacera. Pero a los vecinos no les extrañó demasiado.
En esa cuadra todos saben lo que otros desconocen. "Ahí atrás están los muchachos del búnker (de venta de estupefacientes), lo habían cerrado un tiempo, pero ahora volvieron a abrir. El pibe Nicolás es buenísimo, esto no era para él, fue para el búnker", aseguró un vecino, al que no le tiemblan las palabras pero prefirió no dar su nombre y perderse entre los pasillos del Fonavi de Rouillón y Seguí.
El ataque fue fugaz y podría haber sido una masacre. Con el calor muchas familias estaban en la puerta y la incursión fue salvaje. "No miran nada, nos puede tocar a cualquiera", opinó un adolescente del vecindario.
Nicolas o "Sunga", como le dicen en el barrio, hacía trabajos de todo tipo: changas de albañil, venta callejera y además colabora con su madre distribuyendo ensaladas de fruta. Su vida pasa por sus amigos y su moto, la misma que quedó tirada en medio de la calle y con dos balas 9 milímetros incrustadas en el tanque y en la rueda delantera.
"Mala suerte". Su familia está compuesta por su madre y cuatro hermanos de entre 12 y 20 años. "Es un chico muy bueno, lo quieren todos acá, tuvo mucha mala suerte de quedar en medio, entre el auto negro y el paredón del búnker", comentaron vecinos que lo conocen "de siempre".
Romina, su hermana , esperaba en la puerta del Heca. "Está vivo de milagro, pero le tuvieron que hacer una operación muy grande. Las balas le perforaron el intestino, la vejiga y la pelvis. Es un milagro de Dios que siga vivo", balbuceó al borde del llanto.
En la tarde de ayer el pasaje estaba desierto, casi nadie caminaba por allí y los pocos que se atrevían lo hacían con cuidado, como si esperaran el inclemente paso de otro auto.