Los familiares del policía Eliseo Ramón Mansilla, quien fue baleado en la cabeza durante un
intento de robo a supermercado de zona sur, no se movieron un solo instante de la sala de guardia
del Hospital de Emergencias Clemente Alvarez (Heca). Sus padres, hermanos y otros allegados sabían
que los médicos habían hecho todos los esfuerzos, pero la vida del agente seguía —o siempre
estuvo— desde que ingresó al centro médico agarrada de un hilo. Los daños irreparables en el
cerebro rápidamente comenzaron a afectar el funcionamiento general del organismo y sobre la media
tarde, el sargento ya presentaba complicaciones cardiológicas que finalmente le provocaron la
muerte poco antes de las 18.
Mansilla,cayó malherido el miércoles a las 12.45. El policía se
encontraba en ese momento de civil con su hija Micaela, de 10 años, en el interior del supermercado
“Nini”, en Virasoro 2180, cuyos propietarios son de origen oriental. A esa hora, según
fuentes policiales, ingresaron dos delincuentes, uno de los cuales empuñaba un revólver. Los
asaltantes habían llegado en una moto que dejaron estacionada sobra la vereda. Después, uno de
ellos se dirigió hacia una de las cajeras y el otro avanzó hacia el interior del comercio. Mansilla
al parecer advirtió que estaba produciendo un asalto y decidió intervenir.
En ese momento, el sargento empujó a la nena hacia atrás e intentó
esgrimir su arma reglamentaria, pero uno de los asaltantes le disparó primero sin darle chances de
defensa. Mansilla, quien tenía 34 años de edad y 14 de policía, recibió un balazo en el ojo derecho
y el proyectil cruzó casi la totalidad del cráneo. Los delincuentes escaparon en la misma moto en
que llegaron. La víctima fue auxiliada por efectivos de la Patrulla Urbana, que la cargaron en una
camioneta para llevarla al Heca, donde ayer falleció. Los investigadores del crimen no tenían hasta
ayer pistas firmes sobre los autores del hecho.
Poco antes de que se produjera el deceso de Mansilla, familiares del
policía hablaron con La Capital. “Espero que la gente sepa que detrás de un policía hay
un hombre de carne y hueso que también es padre”, manifestó Mirta, una tía del nombre
asesinado. A su lado, en silencio pero asitiendo cada palabra estaban Domingo y Yolanda, los
padres, y Elisea, una abuela del sargento abatido. Ellos prefieron no hablar. El dolor ante el
final que parecía inminente los dosblegaba y decidieron que fueran dos de sus hijos los que hablen
con este diario.
El mayor. Ramón, como lo llamaban en el seno de la familia, era el mayor de cuatro
hermanos. El más chico, Brian, tiene 16 años y estudia en la escuela secundaria. Los otro son, de
mayor a menor, Carina, de 30; Cristian, de 27, también policía, y Héctor, de 24. Domingo y Yolanda
vivían en Añatuya, Santiago del Estero, cuando nació el primero de sus hijos. Cuatro años después
llegaron a Rosario para instalarse primero en inmediaciones de La Lata y luego en barrio Alvear.
“Ramón siempre quiso ser policía. Lo hizo por vocación. El actuó
de esa forma porque era policía. El no hacía adicionales en ese súper. Tenía amigos allí y hasta
solía ir a comer. Además, el era incapaz de exponer a su hija”, manifestó a este diario
Héctor. Ramón entró a la policía hace 15 años y durante ese tiempo pasó por la seccional 11ª, el
Comando Radioeléctrico, el destacamento Pueblo Esther de la Guardia de Seguridad Rural y finalmente
la seccional 17ª de Fisherton.
Al momento de ser baleado dentro del supermercado chino, Ramón se
encontraba de licencia con carpeta médica. En 2007, cuando ya prestaba servicios en la 17ª, sufrió
un accidente de tránsito que le causó heridas severas en una pierna. Según contaron sus familiares,
ocurrió cuando el muchacho se movilizaba en una camioneta oficial para realizar trámites de rutina
en los Tribunales Provinciales. Debido a las lesiones que sufrió, los médicos debieron colocarle
varios clavos en la pierna. Eso hizo que el policía tuviera que ausentarse del trabajo durante un
largo tiempo. “Cuando lo cosa parecía mejorar, se reincorporó. Pero a los pocos meses comenzó
a tener complicaciones. Los clavos eran rechazados o se le infectaron y lo cierto es que empezó a
tener temperatura en la pierna. Por eso volvió a pedir licencia”, rememoró Héctor.
Según contó a este diario, la mañana del miércoles, es decir poco antes
de ser baleado, Ramón había pasado por las oficinas de Medicina Legal para realizar trámites
consernientes a la lesión. Ya en ese momento estaba acompañado por Micaela. “Es un excelente
padre, es capaz de dar todo por la nena. Hace siete años que se separó de la mujer y siempre vivió
con la nena. Ella es todo para él”, contaba Héctor, poco antes de conocerse el desenlace.































