Es mediodía en víspera de fin de año y el sol cae a pique en la capital santafesina, haciendo sentir el rigor de los 37 grados. En el mismo callejón de tierra con veredas sin cordones y casas humildes donde el viernes el agente penitenciario Facundo Solís desató una masacre y mató a cinco personas con su arma reglamentaria apenas quedan vestigios y algunos vecinos a la sombra de los árboles.
Un patrullero atraviesa el comienzo de la fatídica cuadra de Monseñor Zaspe al 4100, en el populoso barrio Alfonso del suroeste de la ciudad capital de la provincia, y tres jóvenes policías con suma amabilidad le permiten al periodista que ingrese al lugar. La vivienda que el quíntuple asesino compartió con Mariela Clarisa Noguera, de 38 años, hasta los primeros días de diciembre, tiene aún los rastros del brutal femicidio que precedió al alocado raid de otros cuatro crímenes. Sobre la vereda blanca, las manchas de sangre se han tornado violetas.
"Allí cayó Mariela", le señalan al cronista los integrantes de una familia que vive en la misma cuadra del suceso que sacudió informativamente al país la tarde del último viernes del año. El jefe de la familia es un hombre joven llamado Carlos y tenía parentesco político con Generosa del Carmen Loseco, de 70 años y madre de Mariela, cuarta víctima de la demencial masacre. "Esto se veía venir", asegura el hombre indignado. Y agrega: "Solís era un loco suelto que andaba disfrazado de policía y tirando tiros porque sí. A Mariela la torturaba, literalmente, era un calvario el de esa chica. Le pegaba, la encerraba en el baño, así todo el tiempo".
Solís es hijo de un policía que cumple horas de trabajo adicional en una panadería del barrio, y según cuentan los vecinos "el pibe también quiso ser policía, si hasta creo que una vez contó que se presentó para ingresar a la fuerza pero no pasó el examen de admisión". Cierta o no, la anécdota describe una frustración del agente que terminó integrando las filas del Servicio Penitenciario desde noviembre de 2005 y que, eso sí jura todo el barrio, "le encantaba andar de uniforme policial". Incluso alguno jura que el viernes, cuando desató su locura, lo vio ataviado con esa falsa indumentaria.
La mujer de Carlos era íntima amiga de Mariela, la ex pareja de Solís, quien trabajaba en la Casa de Gobierno y era activa partícipe del Colectivo "Ni una menos", desde donde ayudaba a otras mujeres como ella, víctimas de la violencia de género. Y es esa mujer que no quiere dar su nombre la que le contó a La Capital que fue ella quien la acompañó "a hacer la denuncia cuando Facundo la golpeó hace tres semanas. Tenía un ojo verde, no sé porque el fiscal dice que no se constataron las lesiones cuando eran más que visibles".
Profecía cumplida
Una de las persianas de aluminio del frente de la casa de Mariela tiene una perforación que según los vecinos no es huella de la balacera del viernes, sino de un episodio no muy lejano. "Esa vez él la tenía arrodillada en el dormitorio que da a la calle y le gritó después de disparar a la ventana: «El próximo balazo va a tu cabeza»". Profecía cumplida y multiplicada anteayer por cinco.
Además de ese episodio, la mujer de Carlos también recuerda que "muchas veces le pegaba con los borcegos de milico y le dejaba los tobillos negros. Es una bestia ese tipo, no se merecía esa familia tan buena el sufrimiento y este terrible final. Ojalá esta vez se haga justicia y se pudra en la cárcel ese monstruo", dice mirando fijo al piso.
Según los vecinos, desde que se separó la pareja, Facundo Solís "venía día por medio al barrio a buscar a sus chicos (de 5 y 9 años) y se los llevaba con él. Mariela nunca se los negó. Es más, la Nochebuena la pasaron con el padre, no acá". Contrastan esos dichos con las aseveraciones de un hermano de la mujer que tras el múltiple crimen aseguró que sobre el guardiacárcel pesaba una orden de restricción para acercarse al lugar.
El silencio de radio que le impuso ayer a la causa el fiscal Gonzalo Iglesias impidió a este diario chequear ese y otros tantos datos que deberá esclarecer la marcha del proceso que hoy se iniciará con la audiencia imputativa.
Tampoco hubo información oficial sobre el derrotero criminal que cometió Solís la tarde del viernes. Si, como indicaron las primeras versiones, esperó a Mariela cuando volvió del trabajo en la vereda, la ejecutó y después ingresó a la vivienda para ultimar a la hija de la mujer, Tamara Aylén Soto, de 19 años, y al novio de ésta, Joel Airaldi, de 20. O, como ayer indicaron otros trascendidos, el homicida entró por el fondo a la ex vivienda conyugal para liquidar a la parejita y después salió a la calle para terminar con la vida de quien fuera su mujer por más de un década.
Lo que sí está más claro es que consumados los primeros tres crímenes ingresó a las viviendas de Carmen Loseco, mamá de Mariela, y finalmente a la de su ex cuñada Sonia Isabel, para asesinarlas a sangre fría también a ellas. En su descontrolada carrera, comentan que Solís efectuaba disparos al aire para amedrentar a los vecinos e impedir que nadie se cruzara en su camino.
Algún dato valioso podrá aportar Franco Lescano cuando salga del estado de shock y finalice su recuperación en el Hospital José María Cullen. El chico, de 17 años, es sobrino de Mariela e hijo de Sonia. Milagrosamente sólo recibió una herida en el antebrazo. Al cabo, él fue el único que logró sobrevivir al huracán de furia con el que Facundo Solís decidió mutilar las vidas y los sueños de su ex compañera y su familia.
silencio y calor. La cuadra donde ocurrió la fatídica masacre ayer estaba desierta como cualquier mediodía.