Contradiciendo uno de los conceptos primarios del Derecho, Fidel Escobar, un
comerciante entrerriano de 45 años, fue culpable durante ocho días hasta que se demostró lo
contrario. En un operativo que es investigado por la jueza de Instrucción Mónica Lamperti y la
Dirección de Asuntos Internos de la policía, un grupo de 14 efectivos del Comando Radioeléctrico
ingresó a su casa sin orden de allanamiento y sin testigos para secuestrar un revólver calibre 38
que estaba inutilizado y guardado en el techo de la vivienda. En el procedimiento el hombre y su
concubina fueron golpeados y a él se lo llevaron preso por la portación ilegal del arma hasta que
la Justicia lo sobreseyó.
"Parecía que habían entrado a la casa de un narcotraficante. Me trataron peor
que a un delincuente", contó Fidel a LaCapital en su departamento de la zona sur. "Jamás me
mostraron una orden de allanamiento, actuaron sin testigos y me plantaron tres proyectiles. Gracias
a Dios no me pusieron drogas porque si no estaría en la cárcel de Sing-Sing", sostuvo.
Voces del miedo. Escobar tiene tres hijos, dos nietos y vive en pareja con
Beatriz, de 49 años, en un tercer piso del complejo edilicio que se levanta en Uriburu y el acceso
Sur, conocido como barrio Universitario. Todavía recuerda los días en que jugó en la primera de
Argentino de Rosario y hoy, junto a su compañera, tienen un negocio de compraventa en Saladillo.
Desde el día en que todo ocurrió vive con "miedo por lo que le pueda pasar" a su familia.
Todo se desató el viernes 21 de marzo, a las 16.30. Según consta en la causa
judicial 171/07, una llamada telefónica alertó al Comando Radioeléctrico sobre la presencia de dos
personas, una de ellas armada, deambulando en inmediaciones de la torre de Teniente Sánchez 4618,
donde vive Fidel. La descripción del denunciante acerca de quien portaba el arma se limitó a "un
hombre vestido con una remera gris a rayas". Según Escobar, hasta el lugar acudieron siete móviles
del Comando —4 autos y 3 camionetas— con 14 uniformados.
Ese día Escobar había trabajado hasta las 14.30. Regresó a su casa a almorzar y
luego ayudó a Beatriz a limpiar. En eso estaban cuando un hombre llegó para comprarle una mesa que
tenía en venta. Una vez cerrado el trato, acompañó al cliente hasta la entrada del edificio para
abrir la puerta de calle. En el camino se topó con los agentes armados que subían a toda marcha.
"Cuando ví que venían por la escalera con las armas en las mano me asusté y por instinto me metí en
mi departamento", recordó.
La irrupción. "Me rompieron la puerta a patadas y entraron por la fuerza. No
había testigos, no había orden de allanamiento. Me acuerdo que todo el tiempo decían «dame los
fierros, vos te andás haciendo el pistolero», y yo a las armas les tengo terror desde la época de
la colimba", contó el hombre. Además, explicó que es imposible que lo hayan corrido por las
escaleras, como dice el parte redactado por los policías, porque hace pocos años fue operado de las
piernas y de un hombro y no puede realizar ejercicios.
"Jamás vi o viví algo parecido. Soy un tipo de laburo. Desde los 15 años que
trabajo y vivo al día, como cualquier laburante. Lo que más me indignó fue que la golpearan a ella
(por Beatriz, su concubina) y a mi me tenían entre cuatro. Y no era que le tiraban de los pelos, la
empujaron al piso y le pegaban", explicó Escobar.
Los golpes. "El que comandaba el operativo sino estaba borracho estaba sacado.
Me pegaba en las costillas y me decía que lo tenía que respetar porque era uniformado. Lo único que
decía era «dame los fierros, dame los fierros». Entonces empezaron a romper todo", dijo
Escobar.
Y agregó que "el revólver que se llevaron era de mi abuelo y no funciona. Está
roto y eso fue ratificado por las pericias. Son recuerdos que me quedaron después de que falleció
mi viejo. Para preservarlo de las manos de mis hijos y mis nietos lo tenía escondido en el techo.
Porque lo sacaron del techo, no de abajo de la mesa como ellos dicen", contó Fidel. Y agregó que el
arma "estaba descargada y Beatriz vio como me metían tres balas en la bolsita".
"Me desesperé tanto que les pregunté cómo lo podíamos arreglar. Y el que
comandaba el operativo me dijo: «¿No te das cuenta cuántos somos? ¿Qué te pensás, que nos vas a
arreglar con dos mangos?». Ese firmó el acta de procedimiento", recordó Escobar.
Y no terminó ahí. Beatriz contó que la golpearon en uno de sus brazos y en el
vientre. Además, cuando uno de los policías la acompañó al hospital Roque Sáenz Peña para que la
revisaran "le tocó la cola".
"Les dije que los iba a denunciar y por eso fuimos a Asuntos Internos. Allí y en
la comisaría 11ª (con jurisdicción en el barrio) nos trataron muy bien. Pero creemos que si no
hacemos la denuncia le va a pasar ésto a otra gente. No todos los policías son malos, no se puede
juzgar a todos por cinco o seis manzanas podridas", relató Beatriz. Y agregó: "Vamos a accionar
penalmente hasta las últimas consecuencias".