Este miércoles por la noche se cumplirá un año del comienzo de la saga de cuatro crímenes de trabajadores asesinados en sus puestos de empleo. Una seguidilla que inauguró el asesinato del taxista Héctor Figueroa y que continuó con tres homicidios más y otros ataques ocurridos en un trasfondo similar. En el marco del aniversario, el gobernador Maximiliano Pullaro recordó a las víctimas y dejó un contundente mensaje: "No quiero que nadie con responsabilidades de gobierno las olvide".
"Recordemos también la acción coordinada y enfocada de todos los poderes del Estado que con el conjunto de la sociedad tomamos la decisión de no dar ni un paso atrás en la lucha contra las mafias, y para garantizar que los homicidios fueran esclarecidos y los responsables paguen. Gobierno nacional, provincial, Legislatura y Justicia sabemos que estamos un poco mejor, pero muy lejos de estar bien, y sabemos que la narcocriminalidad aún está activa y que puede actuar", señaló el mandatario.
En ese sentido, agregó: "También sabemos que estamos haciendo lo necesario y que tenemos en marcha la adquisición de dispositivos de seguridad modernos y robustos que en el futuro cercano nos ayudarán a evitar esas acciones que pretenden generar terror en los santafesinos. Vamos a seguir profundizando los cambios que pusimos en marcha para ganar esta difícil pelea contra las organizaciones criminales y sus cómplices". Por último, reiteró: "Ni un paso atrás".
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Crímenes a trabajadores
Cerca de las 22.30 del 5 de marzo de 2024 el taxista Héctor Raúl Figueroa, de 43 años, levantó a un adolescente en Uriburu y Oroño para dirigirse a Flammarión al 5100. Al llegar a destino, una vez que el vehículo frenó, otro joven apareció a pie y comenzó a disparar contra el chofer. Fueron nueve balazos contra el hombre, que murió en el acto por más de 15 heridas en distintas partes del cuerpo. El pasajero se bajó del vehículo y escapó a las corridas junto al sicario.
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Al día siguiente se analizaron públicamente hipótesis complejas porque para entonces Figueroa había sido el tercer taxista asesinado en menos de un mes y ninguno de esos casos había ocurrido en ocasión de robo. Fue el titular del sindicato de Peones de Taxis, Horacio Yanotti, el que ubicó a ese último crimen como "un mensaje mafioso" hacia el gobierno provincial. Algo que ese mismo día cuestionó el ministro de Seguridad, Pablo Cococcioni, argumentando que no había sustento para tal conjetura.
El escenario se agravó la noche siguiente cuando otro taxista, Diego Alejandro Celentano, de 43 años, fue asesinado a tiros por un pasajero en Alvear y Garmendia. Pocas horas después los investigadores entendieron que ambos homicidios respondían a un mismo trasfondo: habían sido ejecutados con la misma arma y con balas que pertenecen a la Policía de Santa Fe. Mismo elemento con el que horas más tarde, ya el 7 de marzo, fue atacada a tiros la comisaría 15ª de Sarmiento y Ameghino.
Horas antes de esa balacera otro hecho había sacudido a la ciudad, que ya estaba conmocionada y atravesando un paro parcial de los taxistas. Marcos Daloia, de 39 años y colectivero, había sido atacado a tiros mientras conducía la línea K por Mendoza y Méjico. Dos días después, a la mañana del sábado 9 de marzo, en un puente de Circunvalación apareció una bandera con un mensaje que sirvió para darle contexto público a esa seguidilla de ataques: "Pullaro y Coccocioni: se metieron con nuestros hijos y familiares. Van a seguir muertes de inocentes, taxistas, colectiveros, basureros y comerciantes".
Horas después otro crimen pudo leerse como el cumplimiento de aquella advertencia. Cerca de las 23.30 Bruno Nicolás Bussanich, de 25 años, fue asesinado a tiros mientras trabajaba como playero en la estación de servicio Puma de Mendoza al 7600. El crimen fue registrado por las cámaras de vigilancia del local que captaron una imagen estremecedora: el autor del ataque fue un adolescente. En el lugar del hecho apareció otro mensaje que confirmaba una represalia de bandas criminales al gobierno provincial.
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Luego del crimen del playero se confirmó la muerte del chofer Marcos Daloia. Entonces la ciudad se paralizó y las calles de Rosario estuvieron prácticamente vacías durante el resto del fin de semana. Además de paros de colectiveros, taxistas y estaciones de servicios, la actividad gastronómica tuvo una notoria pausa que terminó de graficar a una ciudad sumida en el miedo.