La presencia de Lionel Messi revolucionó a Moscú. Sólo un extraterrestre como Leo puede dar vuelta a una ciudad de semejante magnificencia. Apenas el ómnibus que trasladó a la selección argentina desde la concentración de Bronnitsy hasta la capital rusa estacionó en la puerta del hotel Hyatt, un griterío ensordecedor se apoderó del ambiente. Es que todos querían verlo a él, aunque sea tocarlo o que Leo los saludara desde lejos. Pero lograron mucho más que eso. Porque el capitán de la selección argentina interrumpió la caminata original hacia el hall del hotel y se acercó hacia el grupo de hinchas que lo esperaban desde muy temprano apostados contra las vallas de contención. Fueron dos minutos en los que Messi repartió autógrafos, se sacó selfies y firmó cuánta camiseta le pusieron adelante.

























