Rosarinos olímpicos

Federico Coria: de sacarse el peso por el apellido a escribir su propia historia

A los 29 años, el tenista que por momentos sufrió ser el hermano del Mago, cumplirá el sueño de disputar los Juegos Olímpicos

Lunes 19 de Julio de 2021

“¿Dónde está Fede, dónde está Fede?” La pregunta era incesante entre familiares. Finalmente, ahí estaba Federico. Metido en un estudio de televisión estadounidense en el que John McEnroe era una de las figuras de la transmisión de tenis y alcanzando las pelotitas de ping-pong en un partido de vaya a saber quiénes disputaban en ese mismo lugar. Concentrado y feliz. Curioso. Federico Coria empezó a transitar los pasillos y lugares recónditos de las grandes citas del deporte desde muy chico, con papá Cacho y mamá Graciela. Los éxitos y la carrera fenomenal de su hermano Guillermo, ex Nº 3 del mundo y finalista de Roland Garros, una de las raquetas argentinas más excelsas de los últimos 20 años, se lo permitían. Aquello que generaba el Mago le posibilitaba a Fede o a Fefo, adentrarse en un mundo de ensueño, el mismo que vivirá ahora, a los 29 años, cuando dispute los Juegos Olímpicos de Tokio que empiezan el viernes, los primeros de su carrera.

Llevar el apellido Coria no fue sencillo para Federico durante mucho tiempo. Sin embargo, en aquellos años de infancia que coincidieron con el ascenso y deslumbre de su hermano, sólo había lugar para el disfrute. El Mago era su ídolo, ¿y cuántos fanáticos de un deporte pueden tener a su ídolo tan cerca? Así transcurrían los días. A veces no lo veía por mucho tiempo y en otras ocasiones viajar a verlo era lo máximo. Para ese nene, todo eso era espectacular. Con acceso a los lugares que el común de los fanáticos no podría llegar, incluso a veces peloteando en alguna cancha con Guille en algún complejo de ensueño. Cómo entonces, podía escapar a un destino de tenista si no sólo había crecido sobre el polvo de ladrillo al lado de papá Cacho que daba clases todo el día, sino que además tenía a su hermano ahí.

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Es cierto, Román, el hermano del medio sí pudo escaparle a ser tenista. Entonces quizás Fede no quiso escapar. Fue en busca de una carrera como tal. Nacido en Rosario, criado en Venado Tuerto, a veces en Buenos Aires, de nuevo entrenando en Rosario y otra vez en la capital del país, así se fue gestando el andar del menor de los Coria en busca de sus sueños. Y las idas y vueltas no fueron casuales. Había algo más en ese camino. Ya no estaba tan bueno llevar el apellido Coria. De hecho, promediando los 16 dejó el tenis por ocho meses. En casa no querían que este deporte sea para Fede un sufrimiento como había empezado a suceder. Dejó ocho meses, aconsejado por Cacho, quien le dio lugar como profe de tenis en las canchitas de Centenario de Venado Tuerto, donde está todos los días de su vida desde hace años. Pero un día, volviendo juntos en auto tras acompañar a algunos nenes a competir, Cacho lo notó: Fede amaba jugar, quería competir, no lo decía él pero lo delataban los ojos.

Especialmente cuando piso el circuito ATP las cosas se hicieron difíciles para él. Desde chico lo observaban especialmente periodistas, fanáticos (de Guillermo) y organizadores. Las comparaciones no se hicieron esperar y no faltaron los comentarios que intentaron sonar por lo bajo pero llegaron a sus oídos. ¿Por qué iba a emular el talento de su hermano? ¿Por qué debería ser igual? ¿Por qué esa gente buscaba ver a Guillermo en los partidos de Federico? ¿Por qué casi siempre iba a una cancha central de cualquier torneo? ¿Por qué aunque perdiera le hacían notas a él y no al ganador? Se hizo duro, se complicó, pesó. A tal punto que, como contó en reiteradas veces, pensó en ponerse el apellido de su mamá para que lo dejaran tranquilo. No quería tener la misma raqueta que su hermano. No quería tener la misma marca de ropa. Quería su propia identidad. Ser Federico y no Guillermo, aunque no lo dejasen.

Tardó un poco más de tiempo que lo que hubiese esperado, pero finalmente después de años y años de batallar en las arenas más duras del tenis, entre 2019 y 2020 pudo terminar de despojarse de aquel peso, empezar a sentirse orgulloso de llamarse Coria y tomarse el asunto de otra manera. En la medida en que se soltó logró resultados y así fueron llegando momentos que esperó siempre, como por ejemplo ser top 100 y con ello empezar no sólo a saldar deudas económicas sino también a ingresar directo a todas las grandes citas de su deporte. Así que desde entonces se encuentra volviendo a transitar esos pasillos que transitaba cuando era un nene pero no como espectador, sino como protagonista con mérito propio y absoluto. Volviendo a pasar también por esos recuerdos de infancia feliz y descontracturada, rememorando las épicas de un ídolo que hoy se mantiene casi totalmente en silencio sobre sus logros, para que se hable de Fede y no del “hermano de”.

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Tokio 2020 significará para Fefo otro sueño cumplido. Uno más. Si algo planeaba en su horizonte de expectativas era integrar alguna vez un equipo de Copa Davis o estar en unos Juegos Olímpicos. Será lo segundo, después del crecimiento sostenido de más de dos años y llegando con su mejor ranking histórico, metido entre los 70 mejores tenistas del mundo y tras disputar, a los 29 años, este fin de semana su primera final ATP, en Bastad (perdió 6/3 y 6/3 ante Casper Ruud, el favorito del torneo sueco). Así, el más hijo de los hijos, el más hermano de los hermanos, el tío favorito y el más cariñoso de la casa pondrá a todos frente a la tele para hacerlos creer como creyó él y mostrarles ese disfrute que siente desde que entendió que las derrotas no tenían que ser ni tan dramáticas ni tan pesadas. Dicen, entre sus seres más queridos, que la posibilidad que tuvo Fede en el último tiempo de viajar algunas semanas con su novia Florencia fue clave. Porque la vida del tenista es dura, solitaria. Una batalla psicológica permanente. La compañía es fundamental.

“¿Dónde está Fede? ¿Dónde está Fede?” Está ahí, en el comedor de jugadores sacándose una foto con Guga Kuerten, con Mariano Zabaleta, con el Chino Ríos, con su hermano Mago, con Gaby Sabatini que anda de visita en algún torneo. Está ahí, soñando en grande pero creyendo en él. Como lo hará en Tokio cuando le toque jugar con la camiseta argentina. Ni más ni menos.

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