Ovación

El amor eterno, del parque al bosque

La presentación de ayer de Maradona como DT de Gimnasia a estadio repleto fue una remake de su primera práctica en 1993 como jugador de Newell's. Una pasión inoxidable.

Lunes 09 de Septiembre de 2019

Diego Armando Maradona volvió ayer a remarcar las coordenadas del fútbol mundial: es el máximo ídolo y referente deportivo a escala planetaria, a una legua de distancia del resto de los mortales en cuanto al magnetismo inconmensurable que genera su inoxidable presencia. Porque su figura, a los 58 años, desgastada por el lógico paso del tiempo y con mil batallas en el lomo, sigue convocando multitudes y cosechando muestras de afecto incomparable en cada paso que esboza con la zurda magullada, pero jamás vencida. Diego colmó la atención del mediodía del domingo en la emocionante presentación como nuevo entrenador de Gimnasia y Esgrima La Plata, ciudad en la que se consumó el epicentro del terremoto de adrenalina que se expandió por cada rincón del país y de todo el planeta fútbol. Salvando las distancias, fue una remake de lo ocurrido hace 26 años, el 13 de septiembre de 1993, cuando el Maradona futbolista revolucionó el parque Independencia en su primera práctica como jugador de Newell's, en otra foto que quedó grabada para siempre en la memoria colectiva del universo maradoniano. Fue como un viaje alucinante del eterno crack desde el parque hasta el bosque, siempre en su hábitat natural, en la cancha y con una pelota cerca. Diego está nuevamente entre nosotros y el fútbol está feliz.

Diego ayer entró caminado a paso lento a la cancha platense, por una manga tuneada con un lobo feroz, tal como él mismo entendió siempre que debía jugar al fútbol. Las lágrimas en los ojos fueron inmediatas. El estadio Juan Carmelo Zerillo explotó con su presencia. Luego subió a un carrito de golf, ya que se encuentra en plena recuperación por una operación de rodilla. El vehículo lo llevó al centro del campo, donde lo aguardaban los ayudantes y el plantel, bajo un estruendoso grito que bajaba de las tribunas invocando su nombre. Vestido con ropa oficial de entrenamiento de su nuevo equipo y una gorra azul con el número 10, el flamante técnico tomó el micrófono y visiblemente emocionado les dijo a los hinchas: “Yo no soy mago, vengo a trabajar. Y este plantel va a ser un ejemplo. Acá, el que no se entrena o el que no corre, no juega”.

   El romance entre los fanáticos triperos y el Diez había comenzado. Pero no sólo los hinchas del club platense estaban con el corazón en la mano y en vilo por la presencia del Diez, sino que la expectativa y la emoción se expandió como un volcán en erupción a cada rincón de un país que mayoritariamente aplaudió la vuelta de Maradona al fútbol argentino. Un país que se conmovió con el retorno ahora como DT de aquel jugador inigualable que alzó la Copa del Mundo en México 1986 y que siempre defendió la camiseta albiceleste con una valentía conmovedora, en las buenas y en las malas. Gritando goles geniales, jugando con el tobillo hinchado como un melón o llorando desconsolado como un pibe que perdió el juguete al no poder impedir la derrota en instancias decisivas, como en la final del Mundial de Italia 1990.

   Así la leyenda viviente del fútbol mundial volvió a marcar la cancha en cuanto a la idolatría y la devoción popular, a pesar de que se viven tiempos de despersonalizadas redes sociales, de más relación virtual que real y en que las series de Netflix marcan tendencias. Ayer Diego volvió a hacerlo. Ubicó al hombre sobre la tecnología. Al corazón sobre el mensaje de texto. Emocionó a los argentinos caminando por una cancha de fútbol, animándose a tocar la pelota y hablándole a la gente con el corazón en la mano, sin necesidad de que le armen el discurso como suelen ocurrir hasta con los políticos de fuste.

   El shock que generó ayer la primera práctica de Diego en Gimnasia es comparable al que ocurrió en su llegada a Newell’s en 1993. En aquella primera práctica en el parque, cuando fue dirigido por el Indio Jorge Solari y con compañeros de plantel como Gerardo Martino, Juan Manuel Llop y el Gringo Norberto Scoponi, Diego logró llenar el viejo estadio de Newell’s un lunes por la tarde, en horario laboral, en lo que fue una convocatoria casi espontánea de la gente, ya que sólo existían los medios de comunicación tradicionales.

   “Pocas veces en mi vida viví una emoción como la de esta tarde, cuando me recibieron en el estadio. No esperaba un reconocimiento como este y me hubiera gustado abrazar a cada uno de los hinchas que estuvieron ahí gritando. Lamentablemente eso no fue posible. Estoy acá entero y listo para darle a Newell’s todo lo mío”, expresó Maradona aquella tarde inolvidable de 1993, cuando el estadio del parque le ofreció una bienvenida conmovedora.

   La realidad es que aquella vez en el parque y ayer en el bosque, Diego dejó en claro que su presencia excede la pelota y el fútbol. Que se trata de un fenómeno social. El romance y el magnetismo que genera el eterno número Diez “mueve montañas” y, a la vez, renueva de sentido la frase inolvidable que él mismo inmortalizó: “La pelota no se mancha”.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario