Habrá que esperar que los días pasen, que las aguas se calmen y recién en ese momento llegará el tiempo del análisis fino de un semestre que para Central terminó de la peor manera. En una Copa Argentina que estaba entre los grandes objetivos de la temporada y en la que, otra vez, no logró sortear los 16avos de final. Un mazazo inmediatamente después de aquella derrota en Ecuador por la Copa Libertadores en la que no pudo lograr el primer puesto del Grupo H, pero en la que se halla el verdadero fuerte de este equipo que supo armarse una segunda mitad de año con la ilusión como bandera en busca de ese título tan ansiado.
Todo eso que se puede razonar a horas nomás de la eliminación de Central de la Copa Argentina tiene como foco de atención a Jorge Almirón, el técnico que desembarcó en Arroyito tras la salida inesperada de Ariel Holan para lograr que el equipo diera un salto de calidad no tanto desde el juego, sino en partidos definitorios (de los cinco que disputó, ganó tres y perdió dos), lo que había sido el talón de Aquiles de aquel equipo del Profesor. Al técnico lo consultaron en la conferencia de prensa sobre si esta dura derrota ponía en duda su continuidad y su respuesta fue que “sólo me dedico a ver todo lo bueno que hizo este equipo en este primer semestre”.
La imagen de la tarde en el Kempes
Ahora, si de imágenes se trata, la del final del partido fue para repasarla una y mil veces. Porque fue la postal más clara del cachetazo que se comió el Canalla en el Kempes. ¿Qué sucedió? Antes de que el equipo dejara el campo de juego atronó una catarata de silbidos. Acto seguido, los jugadores se juntaron, caminaron hacia la popular norte donde estaban los hinchas y levantaron los brazos pidiendo disculpas por lo sucedido. Así estuvieron varios minutos, mientras los silbidos trocaron en el cántico “que esta hinchada, se merece, se merece ser campeón”.
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Hay dos procesos claramente identificables en esta primera mitad del año para Central. Ese primero en el que hubo solidez y entusiasmo, y este segundo en el que se le movió toda la estantería. Y esa última imagen, la de la despedida, que no es lo único que debiera tomarse como válida, resultó un golpe fuerte, de esos que generan magullones.
Central inició el año con varios objetivos claros. El de la Copa Libertadores como primordial e impostergable. En ese terreno el equipo cumplió. Porque frente al desafío de meterse entre los octavos de final actuó en consecuencia. El pasaporte lo selló a una fecha del final de la fase de grupos, lo que no es fácil de conseguir. Que lo diga Boca, por ejemplo, lo que implica quedarse afuera ya en la fase de grupos.
Sin frutilla en el postre en la Libertadores
Claro, frente a ese andar sólido llegó el tiempo de ir a Ecuador para ponerle la frutilla al postre: el primer puesto en el grupo. Es tan reciente lo que pasó que no hace falta ahondar en detalle. El equipo no dio la talla en Quito y fue segundo. Ya sabe que las vacaciones que inició serán la previa a la llave contra Corinthians que se definirá en San Pablo.
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Pero entender esta recta final del semestre es analizar lo que fueron tres derrotas en los últimos cuatro partidos. A todas luces un bajón futbolístico y seguramente físico por ese trajín al que se sometió el equipo. Almirón destacó que en el semestre pasado Central había jugado 19 partidos y que ahora fueron ocho más. Es decir, 27.
Centrall
Ávila se queja de un golpe, mientras el volante centra Ibarra trata de evitar el avance del jugador de Estudiantes.
Sebastián Suárez Meccia / La Capital
Fueron esa cantidad porque algo de lo bueno que hizo fue llegar hasta la semifinal del torneo Apertura, la que perdió nada menos que en el Monumental frente a River. Esa óptica hace que la lectura sea mucho más benévola. Porque ese arribo hasta la semi fue en paralelo con la disputa de la Copa Libertadores.
Se advertía un semestre complejo
En Central tenían muy en claro que este primer semestre iba a ser durísimo por todo lo que implica jugar la Copa, pero es a lo que siempre se apunta. Cuando no se clasifica a un certamen internacional, las críticas suelen ser más impiadosas.
La realidad dice que Almirón planteó un partido con dos delanteros, pero también que de los once jugadores de campo que había en el banco, ocho eran para defender (hubo cuatro centrales). Lo sucedido estuvo a años luz del plan original. Hay un partido que ya empieza a jugar la dirigencia, el del mercado de pases, para redoblar la apuesta frente a una Libertadores que tienta y en la que se vio lo mejor de este equipo que se despidió de muy mala manera.