Fue hace justo un mes. Fue el 15 de julio de este inolvidable 2026. Y el recuerdo quedó grabado a fuego en la memoria de todos porque sin dudas fue una de las más emocionantes alegrías colectivas de los argentinos en los últimos tiempos, que hasta se podría equipar a lo que fue la conquista del Mundial de Qatar en 2022. Lo que ocurrió hace 30 días fue un volcán de emociones, de sensaciones, de recuerdos y de lágrimas que todavía se piantan ante tamaña hazaña. Porque le ganamos a ellos, porque todo parecía perdido y el esfuerzo y el sueño de creer tuvieron premio. Porque no fue un simple partido de fútbol de un Mundial. Más allá del valor de ser una semifinal. Fue, por sobre todas las cosas, el mejor homenaje a los héroes de Malvinas, idéntico al tributo que habían realizado Diego Maradona y los muchachos de Bilardo en México 1986. Otra vez hubo justicia deportiva y divina.
Otra vez el país fue uno sólo y gritó ese triunfo épico ante Inglaterra como un alarido de liberación y reivindicación que valió mucho más que un pasaje a la final. Fue una cuestión de honor, de orgullo y de decirle a ellos, que “el fútbol es de todos y no tiene dueño”, pero por sobre todo que las “Malvinas fueron, son y serán argentinas”.
Por estas cuestiones de los algoritmos de las redes y los portales de noticias las imágenes de esa tarde inolvidable de Atlanta —en el impactante estadio Mercedes-Benz, una joya arquitectónica techada que ese día se convirtió en una caldera— todavía circulan mostrando los goles de Enzo Fernández y el Toro Martínez para dar vuelta la historia y poner justicia en el resultado, aunque sea recién en el final. Pero tal vez lo que más emociona todavía no son esos golazos, sino el recuerdo de lo que fue el festejo de Lionel Messi arrodillado y gritando con los puños apretados, seguro que dedicándole la colosal alegría a su papá Jorge, que estaba malherido y por primera vez no pudo acompañarlo. Incluso con su lamentable deceso del fin de semana pasado quedó todavía más claro, que Leo dio todo lo que pudo y jugó más que nunca este Mundial “en el nombre del padre”.
"Las Malvinas son argentinas"
Claro que allí también en el cierre del partido hubo una inscripción hecha bandera que dio la vuelta al mundo y hasta sacudió a la política internacional reinstalando uno de los temas más sensibles. “Las Malvinas son argentinas”, clarito como el agua del océano Atlántico que las baña. Con el rosarino Giovani Lo Celso desplegando la bandera junto a Lisandro Martínez de cara a los hinchas albicelestes que cantaban enloquecidos en “las tribunas del paraíso” que en que se trasformó el estadio de Atlanta.
Lo que se vivió allí fue épico, rozó la perfección de las emociones y significó vencer a un duro rival. Pero fue más que ello también. Todavía pone la piel de pollo ver las imágenes de aquel día memorable, donde en cada rincón de Argentina la gente estalló de alegría en los bares, con cientos de personas emocionadas en centros comerciales y, a la vez, con empleados abrazados en estaciones de servicio alejadas de la civilización. Todos esos registros que siguen circulando no hacen más que dimensionar el logro.
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Messi y el fin de las teorías conspirativas
Por supuesto que luego llegó la final con España y la derrota de un equipo argentino que se quedó sin energías para ir por más. Ni más ni menos que eso. Sobrevinieron esas falsas teorías conspirativas que siempre tratan de hurgar y buscar lo que no existe, sin ningún argumento cierto, pero venden por el sólo hecho de embarrar la cancha. Nadie mejor que el máximo jugador de fútbol de todos los tiempos para desacreditar tamañas mentiras. Porque Leo jamás hubiera ido para atrás. Si además buscaba darle la última alegría a su padre. “Llegamos a la final y no pudiste estar. Quería ganarla para llevártela y mostrarte una nueva. No pude, las piernas no me daban más. Esta vez intenté ir contra mi físico, pero no pude. Nunca pude sentirme bien”, expresó el diez en la carta de despedida a su padre sobre el martirio que le significó jugar esa final.
Todos de celeste y blanco
Volviendo al punto inicial, hace un mes todo era algarabía, liberación, desahogo y también reivindicación. Allí en Atlanta _ en la ciudad sede la multinacional Coca Cola y cuna del legado del líder extraordinario Martin Luther King Jr, un pastor y activista estadounidense que se convirtió en un símbolo en la lucha pacífica contra la segregación racial_ se vivió el Argentina 2 - Inglaterra 1, con Messi celebrando eufórico de rodillas como pocas veces, con esa bandera que ya se hizo leyenda y estandarte de lucha, y con todos los argentinos gritando como locos por la selección, abrazados a amigos y extraños, pero todos unidos por los mismos colores: el celeste y blanco.