No era necesario ser especialista en temas de política internacional para advertir que en Afganistán se estaba a las puertas de una tragedia humanitaria con el retorno de los talibanes al poder total y la imposición de una teocracia en base a estrictas leyes islámicas.
Desde esta columna se reflejó hace pocas semanas cómo un grupo de mujeres afganas había tomado las armas y se preparaba para enfrentar a los talibanes, quienes en el pasado las habían sometido a una degradación y cosificación sin límites. (lacapital.com.ar/opinion/las-mujeres-toman-las-armas-n2677675.html).
Seguramente, esos centenares de mujeres valerosas distribuidas por todo el país deben haber sido reducidas por las fuerzas talibanes o han intentado escapar porque sus vidas corren serio peligro. Lo mismo que otros civiles que trabajaron con las fuerzas de ocupación porque no todos han sido evacuados.
Las escenas que se pudieron ver hace unos días en el aeropuerto de Kabul con decenas de personas tratando de trepar a un avión de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que estaba en movimiento marcaron el desastroso epílogo de la intervención militar occidental en Afganistán. Ocupación que devino tras los ataques a las Torres Gemelas y el Pentágono en 2001 y que no sólo involucró a tropas norteamericanas, sino también a las de otros países de la Otán como Inglaterra, Francia y Alemania.
El caos producido por un repliegue militar increíble por lo desordenado, fuera de tiempo y hasta naive, permitió que en pocas semanas los muyahidines o combatientes talibanes tomaran el palacio presidencial en Kabul.
Estados Unidos, según reconoció el propio presidente Joe Biden, confió en que el enorme ejército local de unos 300 mil soldados que había financiado y entrenado durante los últimos veinte años presentaría resistencia al avance talibán. Lo que realmente ocurrió es que a pesar de triplicarlos en número y contar con mejor armamento, el ejército afgano no dio batalla y en masa sus integrantes se pasaron al bando de los talibanes, que capturaron las principales capitales de provincia y Kabul en pocas semanas casi sin disparar un solo tiro mientras el presidente afgano huía del país. Este parece haber sido el peor error de cálculo de Estados Unidos, que se supone es el más poderoso y moderno ejército del planeta, y se convirtió en el primer serio traspié de la administración Biden.
Los talibanes parecen haber manejado mucho mejor el conflicto en todos los frentes. Desde hace varios años mantenían conversaciones con Estados Unidos para poner fin a la guerra y acordaron durante el gobierno de Donald Trump que las fuerzas de ocupación dejarían el país. En las últimas semanas las negociaciones continuaron en Doha, Qatar, donde los talibanes mostraron señales pacifistas mientras sus combatientes avanzaban en las regiones rurales de Afganistán. Lo que se parece a no otra cosa que a un engaño enancado en supuestas y falsas acciones diplomáticas y no beligerantes.
Si bien es preciso tratar de entender las diferencias culturales que separan a Afganistán de los países occidentales no por eso se debería tolerar el retorno a la esclavización de la mujer afgana y la represión brutal de cualquier desviación a las draconianas leyes islámicas que imponen los talibanes, que pertenecen a la rama sunita fundamentalista del islam.
Desde 1996 hasta el 2001, mientras controlaron todo el país, los talibanes redujeron a las mujeres a condiciones subhumanas, carentes de derechos elementales como estudiar, trabajar o salir de sus casas sin su marido o un familiar pero siempre cubiertas totalmente con burkas. Las infidelidades eran castigadas con lapidaciones públicas, el hurto con amputaciones de miembros en un marco donde estaban prohibidos la música, el cine u otros entretenimientos.
Hoy, veinte años después, los líderes talibanes, al menos al que se escuchó en un inglés confuso en una entrevista con la BBC de Londres, prometen mayores libertades públicas. Así lo aseguró también un portavoz talibán en una conferencia de prensa en Kabul donde anunció una amplia amnistía y aseguró que las mujeres podrán trabajar y estudiar pero siempre dentro de la Sharia o ley islámica que regula qué pueden y qué no pueden hacer en base a distintas interpretaciones, desde las más moderadas a las más estrictas.
¿Qué ha cambiado en las últimas dos décadas entre los talibanes para que flexibilicen sus radicales leyes religiosas? Tal vez hayan aprendido que para permanecer en el poder y no ser nuevamente desalojados deben mantener una fachada más abierta, menos represiva ante los ojos occidentales aunque manteniendo buena parte de sus delirantes imposiciones a la sociedad, especialmente a las mujeres.
La guerra en Afganistán fue la más larga de la historia para los Estados Unidos y causó cientos de miles de muertes, entre ellas civiles y militares afganos, soldados de las fuerzas de ocupación y también periodistas. Pero ahora la situación regresó a un punto cero por el que un grupo de varios miles de fanáticos controlan un estratégico país asiático desde donde en el pasado se diseñaron acciones terroristas a escala mundial con un único objetivo: recrear los califatos islámicos medievales, tal como lo hizo en 2014 Estado Islámico en zonas de Irak y Siria hasta que fue desalojado.
¿Por qué, aunque avance la mediación de China y Rusia, se supone que los talibanes abandonarían sus objetivos de vida fundamentalistas religiosos? ¿Cómo se puede esperar que las mujeres afganas sean consideradas parte de la sociedad y no un objeto a maltratar, humillar y reprimir? Es muy ingenuo suponer que la mentalidad primitiva de los talibanes haya cambiado. Lo que sí parece haber cambiado ha sido su estrategia política hacia Occidente en cuanto a tratar de no mostrarse con su verdadero rostro.
Lo ocurrido en Afganistán podría visualizarse como si al término de la Segunda Guerra Mundial, tras seis años de lucha, millones de muertos y las peores atrocidades, los aliados se hubiesen ido de Alemania y permitido que regresaran el nazifascismo y el III Reich al poder.
Esa parece ser la situación actual de Afganistán, por lo que cuesta formular un certero análisis ante tamaño despropósito político y militar de los Estados Unidos y sus socios de la Otán.