Opinión

Un muro con tu voz

La intervención de un grupo de grafiteros al mural recién pintado por Aymará en la plaza Florencio Sánchez reveló al crueldad que se vive hoy en las calles de Rosario.

Sábado 10 de Julio de 2021

Fue un error, involuntario, tonto, pero error al fin. Empujado por ese entusiasmo irreflexivo que provoca de ver escrito en blanco sobre negro, en enormes caracteres catástrofe, lo que quería leer. Lo que quería ser. Ni más ni menos. Estaba la pared del fondo de un estacionamiento que a esa hora, el anochecer de un día agitado, estaba desierto, silencioso, apenas iluminado por las luces de la calle.

Había sido trazado con esmero, las letras eran geométricas, perfectas, como le gustaban al profe de Dibujo Técnico del Poli que se excitaba cuando veía los rótulos de las láminas prolijos, pulcros, inhumanos, que los chupamedias que se sentaban en la primera fila le entregaban orgullosos, mientras el resto se debatía luchando contra su torpeza y la punta traicionera de la Rotring 0.8.

Eran cuatro palabras nomás, “Be a Good Person”, sí, en inglés, porque la pintada estaba en el RiNo, el famoso River North Art District, el barrio bohemio, ahora le dicen hipster, donde se apiñan viejos almacenes reciclados donde ahora funcionan coquetas tiendas de moda que en sus paredes lucen enormes murales multicolores de cotizados artistas urbanos de la apacible Denver, Colorado.

Traducción: “Sé una buena persona”, eso le gritaba el muro a todo aquel que se le pusiera adelante y su prédica, entre calaveras y diablitos, pistolas humeantes y afros multicolores, era esperanzadora, disruptiva, como se empeñan en repetir como loros todos los que quieren que lo que dicen suene académico, leído, cool, y en realidad son más playos que el laguito del parque Independencia.

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Qué más se puede pedir hoy en la ciudad de los malditos, donde te rocían a tiros o con nafta para robarte la casa, que ni siquiera es una casa sino más bien un rancho levantado al lado de la vía que con los años y mucho esfuerzo cambió las chapas por ladrillo hueco y un revoque grueso apurado y peligrosamente áspero que evita que las arañas tejan sus telarañas en las rendijas de las paredes.

Paredes desnudas, grises, donde los tiratiros dejan cicatrices que no hay que no hay mezcla, por buena que sea, que pueda curar. Ser una buena persona es el legado que los padres sueñan con dejarles a sus hijos, ayer, hoy y mañana, aún en el mundo sin ley en el que se han convertido los arrabales de Rosario, donde cuando caen las sombras se escucha temblando el tableteo de las metras.

Pero no era una pintada, era el nombre de un local de ropa casual, al menos así llama Carmencita de Viva la Moda, a las chombas sin cuello y los vaqueros nevados que, en los viejos buenos tiempos, vendía la vieja y querida tienda Robel o Pancho en el enjambre de mercachifles de calle San Luis, pero, hay que decirlo, sus etiquetas de Levi’s y Lee eran más sospechosas que marido cambiando sábanas.

Be a Good Person era una marca de ropa, con esos nombres que les gusta poner ahora, tan modernosos, tan empáticos, como en los 70, que “Cien años de soledad” lo había infectado todo como un malware pirata y los bares, las pilcherías -sí, así se llamaban los locales que vendían prendas de vestir para jóvenes- y hasta los café concert, otro must de la época, se llamaban Bao Babs, Aureliano y Macondo.

Ser una buena persona es un anhelo de muchos, aunque hoy es temerario decir que de todos. Incluso en el idílico ambiente del street art. Ahí también se cuecen habas y el estofado, mal que le pese a las buenas personas, a veces huele mal, sabe mal, cae mal. Y más vale no salir corriendo a ver qué escribe en la pared la tribu de mi calle, porque, querido Indio, te puede dar dolor de panza.

Vencedores vencidos, una vez más. Acá, la vuelta de la esquina, en la placita de Mendoza y 1º de Mayo, la de ladrillos vistos, ficus añosos y jueguitos para chicos que las mamás aprovechan para tomarse un respiro de la vida familiar y pandémica en los departamentos. Supo tener pintadas sirenas, pulpos y marcianitos como un jardín de infantes al aire libre, alegre y colorido, pero no están más.

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La ferocidad grafitera los cubrió con un manto de oscuridad. Lo mismo que hizo con el mural épico que pintó con incontenible amor Aymará Sosa en la pirámide central de la plaza, un lugar entrañable de la ciudad para la joven muralista porque, como ella contó en Instagram el último día de la pintada, es donde ella creció jugando y eligió para dejar un recordatorio de que los sueños están al alcance de las manos.

Los sueños, no las pesadillas. “Soy fiel defensora del arte callejero, las cosas que pasan en la calle son lo más”, se plantó sonriente ante la cámara con un cachorro callejero en el regazo lamiéndole las mejillas, chocha de la vida de haber terminado su versión feminista del Mago del Tarot, con las manos todavía manchadas de pintura y el corazón contento por poder compartir su pasión con la gente.

Al día siguiente, el horror. El mural amaneció intervenido por grafiteros, que es la manera elegante de decir que fue enchastrado deliberadamente, y Aymará rompió en llanto. No fue ella sola, los que valoran su obra y su compromiso también se entristecieron, y no es para menos, estaban esperando que terminara el mural para taparlo. Y desafiantes le escribieron: “Nada es para siempre”. Como si no lo supiera.

Las pintadas, los grafitis, el arte de la calle hoy son parte indisoluble de la identidad de la ciudad, como el río, el Monumento, el clásico. Lo dejó bien en claro el mural de Messi en el barrio La Bajada, enfrente la escuela Las Heras, donde la Pulga hizo la primaria. El alto paredón con el gigantesco fresco del Diez dio la vuelta al mundo. Un gesto de amor. La ley de la calle es otra cosa, más heavy, rompecorazones, incendiaria, no es de buenas personas.

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