Domingo 01 de Septiembre de 2019

Negar al otro es odio, así que dejemos que sea ajeno. Lo más sensato será, a riesgo de seguir pareciendo tontos, aferrarnos a la ley de reducción de daños. Como dicen los expertos, en política y en economía son posibles muchas cosas, excepto evitar las consecuencias. Lo que no será sencillo de tolerar ni de lograr. Algunos tendrán que advertir seriamente que la fiesta, más bien el latrocinio, se acabó. Y que sude el FMI, reiteradamente advertido de que dejara de financiar la fuga de capitales del país tal cual la urdieron en complicidad con el mejor equipo de mentirosos seriales expertos en corrupción sistémica porque los cadáveres no pagan. La avaricia no tuvo límites. Insaciables, se cebaron de sangre gratuita. Pasa en todo el mundo fue la excusa. A quien importa que la fortuna del mundo, unos 280 billones de dólares en existencia, estén cada vez más concentrados en unos pocos. Sólo la pobreza y la miseria son ajenas. El poder que somete y destruye nos obliga a estar unidos. Debemos encontrar respuestas. En qué nos hemos convertido: bestias o humanos en extinción. Hasta cuándo deberemos pedir permiso a los dominadores para volver a vivir. La desigualdad, el hambre, la enfermedad de los niños y la condena a los viejos, la desocupación, una Nación saqueada, aguardan que se castigue a los culpables. Buscan excusas burdas para ser echados y convertirse en víctimas. Que no escapen ni rompan el silencio mafioso que los llevó a creer que podían ser impunes. Nos dejamos conducir a un nivel de existencia inexistente y autodestructivo que no deberá repetirse. Mientras gana cada vez más fuerza un plan de estabilización para bien de todos que no será fruto de un milagro habrá que aceptar que el costo del sacrificio esta vez no será en vano. Resuena un canto fúnebre a la ambición enfermiza y al fracaso. Pensar que más de un aprendiz de tirano anheló ser recordados por siempre. Y por cierto, lo serán. Procurar ser humanos es hoy una hazaña heroica. Y una gran oportunidad de ser mejores personas para los demás. Y hasta por qué no una causa abrazada para la posteridad y salvarnos de una existencia conformista que, además de distraernos de nuestro real cometido, nos indujo a renunciar a ser partícipes activos y tomar parte decisiva de nuestro destino como ciudadanos y, fundamentalmente, como hombres.

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