Domingo 23 de Junio de 2019

Vino ella. Vino él. Ella presentó su libro y habló, entre otros temas actuales, del prócer de su preferencia, Manuel Belgrano, creador de la bandera, ante un público numeroso y enfervorizado. Extrañamente, él pronunció su discurso alusivo en un barrio del sur, el club Ciclón. En la tradicional institución, impulsora del básquet, un grupo de chicos, muchos del interior, no prestó demasiada atención al informal mensaje presidencial. Macri denunció mafias, patoterismo sindical, lucha contra el narcotráfico. De pie, desafiando el frío, la ministra Bullrich sonrió agradecida. En verdad, lo que más preocupa hoy a los directivos del club es cómo afrontar los tarifazos para que siga funcionando la pileta y todo lo demás. Pero el mandatario no llegó con las manos vacías. Llevó de regalo una bandera nacional y esquivó el breve acto oficial en el Monumento, carente esta vez del esperado desfile que todos extrañaron, en especial los veteranos de Malvinas. Ellos, los visitantes, no eran ni Ginger ni Fred y no los separaba la tan mentada grieta que algunos pretendieron esgrimir. Solamente se trata de personas de ideología contrapuesta. Y mucho. No eran siquiera un matrimonio desavenido por irreconciliables diferencias. Y no bailaron juntos. De cualquier modo, a nadie se le hubiera ocurrido que lo hicieran. Estos son tiempos para escuchar y procesar los mensajes con mucha prudencia. Porque los discursos suelen ser como las bikinis: muestran lo importante y ocultan lo fundamental. Y qué es lo importante se pregunta uno, que desea apartarse de la crítica inútil. La realidad, esa que los prepotentes se niegan sistemáticamente a ver o escuchar, sigue ahí, latiendo y doliendo como una herida infectada de muerte. Según la medicina pasan unos ocho años hasta que un tumor se hace aparente en el organismo. Las células malignas pasan las dos terceras partes de su vida sin ser detectadas. Para eso se esconden. Se ocultan mimetizándose. Hasta que un día muestran su verdadero rostro. El impenetrable. Algunos políticos emplean estrategias parecidas. Cuando sus verdaderas intenciones quedan en evidencia a veces es tarde. En nuestro caso, si bien la deuda con el FMI parece impagable por toda la eternidad, otros son también los desafíos abiertos. Y todo indica que trabajo, educación y salud son respuestas imprescindibles para enfrentar la gran preocupación general que significa la inseguridad creciente. Más educación es igual a menos criminalidad. Ya es tiempo de construir un futuro mejor y creíble. Y exorcizar el pasado para que sólo quede el dolor de la palabra en boca ajena.

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