Opinión

Balance olvidable

Domingo 30 de Diciembre de 2018

Intenta olvidar los compromisos, la compu, el reloj y lo que el almanaque se llevó. Pero no lo logra. Aspira hondo, toma la correa del perro, lo ata y salen a caminar. No muy lejos, las luminarias led no asustan a nadie y menos a los delincuentes. Desacostumbrado, el animal de pelo rojizo no entiende lo que ocurre. Pero es simple. Se quebró la rutina. Y todo porque el tipo decidió ponerse en pausa harto de un año imposible de sobrellevar. Sobrevivirlo fue un milagro inesperado. Sin ser radical siente que está persuadido que en 2019, bajo un pesado maquillaje preelectoral, se seguirá tapando un cadáver que pide a gritos ahogados piedad y sepultura. Procura quitarse de la cabeza que sus conciudadanos saturaron Google en 2018 preguntando cada día a cuánto estaba el dólar. Otros querían saber qué es realmente el FMI: ¿una empresa usuraria internacional o el desprendimiento de una organización de caridad? Ya lo averiguarán a fuerza de lágrimas. Un amigo le comentó que el Papa volvió a llamar a la cordura poniendo énfasis de que en la vida no se trata sólo de tener o no tener y que la avaricia y afán de poder absolutos precipitan a la humanidad a un camino sin retorno. Palabras al viento. Los coleccionistas de calaveras para sus collares no son humanos y eso justifica su fidelidad incondicional a un falso dios: el dinero. Sonríe y el perro, que se estaba preocupando, mueve la cola. Le falta hablar. Pero no podrá. Si hasta las escuelas nocturnas para pibes laburantes cierran. El tipo, ejecutivo de edad mediana, recuerda el sketch de estos días de un actor que recibe un llamado de él mismo del futuro. Es gracioso y viralizó la red, pero con amargas perspectivas. No apto para depresivos. Pero para llorar fue la noticia de que Mauri, que no es como Papá Noel que trabaja una vez al año, fue a pasar las fiestas al sur para pensar. Horror. Mejor que improvise, debieron aconsejarle. Peor no va a ser. Sigamos a prueba y error hasta el fin. Un jingle que circuló por las redes y lo entonan los pibes en la calle lo baja a suelo firme. Cantaban: "Gato no te vayas/ Gato vení/ Quedate otro poquito/ Queremos chorear más/. El coro acompañante, no identificado, lo harían en varios idiomas Ceos de multinacionales. Basta, se dijo. Me estalla la cabeza. Da un leve tirón a la correa y ordena: "Vamos Red. Volvamos a casa." Y el pobre perro, mudo y fiel, protesta mentalmente por la inestabilidad general que también viene padeciendo. El alimento de primera línea era más sabroso y la veterinaria que lo visitaba seguido está desaparecida y añora su perfume dulzón. Y se pregunta: ¿Por qué insistirá este tipo en llamarme afectadamente Red si sabe que Colo me gusta más? Sin ánimo de filosofar como es costumbre en estos días, sólo quiero opinar que no debe haber peor destino político o perruno que ser dominado por otro dominado. Piénsenlo. Yo, uno de estos días junto las pocas pulgas que el gobierno me dejó y me convierto en vagabundo. ¿O mi libertad no vale?"

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