1966. 28 de junio. El presidente constitucional de la Argentina es derrocado por un golpe de Estado. “Salteadores nocturnos (…) El país les recriminará siempre esta usurpación y hasta dudo que sus propias conciencias puedan explicar lo hecho (...) Con este proceder quitan ustedes a la juventud y al futuro de la República la paz, la legalidad, el bienestar…”, les dice a sus verdugos. Se va en un auto de un amigo a cualquier lugar, menos a su casa. Porque ya no tenía.
Se fue ante la indiferencia de la mayoría y la complicidad de muchos. Basta recordar a la cúpula de la burocracia sindical en la primera fila de la Casa Rosada aplaudiendo la asunción del dictador Juan Carlos Onganía.
Se cumplen 56 años del inicio de otra noche larga para las libertades en el país. Seguramente, en un país que venía desde 1930 en alternancias cívicas-militares no había cabal dimensión de lo que significaba ese día, por lo que se perdía y por lo que comenzaba. El tiempo iba a hacer su tarea.
Hoy, Arturo Illia, ese Presidente que se fue en silencio, es una presencia inevitable para el conjunto de la sociedad. Decía este médico de pueblo que vino a atender a un país enfermo que había una sola manera de gobernar: “con el ejemplo, con el ejemplo y con el ejemplo”.
Por eso, por la fuerza de su legado, siempre miramos a Illia y al país que hubiéramos podido ser si la dictadura de Onganía no hubiera interrumpido el gobierno.
El presidente derrocado un día como hoy era un hombre bueno. Pero era mucho más que eso. Era una buena persona haciendo una buena gestión en defensa del interés público y el bienestar general.
Muchos de los problemas que aún hoy nos aquejan a los argentinos, había encontrado respuesta con la gestión de Arturo Illia y el conjunto de personas de bien que lo acompañaron en el gabinete y en las provincias, como nuestro Gobernador Aldo Tessio.
Cuánta falta nos haría hoy la asignación del 23% del presupuesto en educación, leyes que defiendan el fruto del esfuerzo de los trabajadores como la de Salario Mínimo Vital y Móvil o garanticen a las mayorías el acceso a los medicamentos a precios razonables, medidas que recuperen la soberanía energética y una política exterior seria que abra nuevos mercados (cómo hicieron, con notable visión estratégica, Illia con China y luego Raúl Alfonsín con India) y trabaje por avances en el reconocimiento de nuestra soberanía en Malvinas. Durante su gestión, además, creció la economía, bajó la desocupación y se redujo la deuda externa.
Y pensar que le decían tortuga.
Honesto y eficiente, con su ejemplo y su legado, Arturo Umberto Illia nos demuestra que no es cierto que los argentinos estemos condenados al “roban pero hacen”, que no existe un buen gobierno donde hay negociados y que, así como enseñó Leandro Alem: “No hay, no puede haber buenas finanzas, donde no hay buena política (...) Pero para hacer esta buena política se necesitan grandes móviles, se necesita buena fe, honradez, nobles ideales; se necesita, en una palabra, patriotismo.”
En este presente tan complejo para la Nación y la Provincia, cuando muchas veces la Política no encuentra el rumbo para darle respuestas a las angustias de la sociedad, se hace imprescindible volver a Illia, a Tessio y a miles de hombres y mujeres, entre ellas Nélida Baigorria que revolucionó la educación con los planes de alfabetización, que honraron esta actividad, que gobernaron con manos limpias y que se tuvieron que ir hace 56 años.
Mirándonos en su espejo podremos volver a ordenar las prioridades y a entender algo tan simple como que la responsabilidad de la dirigencia es escuchar, caminar y trabajar para que cada nueva generación de argentinos pueda vivir mejor que la anterior. Y que, como aprendimos de otro gran Presidente como fue Raúl Alfonsín “al Estado hay que ir a servir y no a servirse”.
Gracias Presidente Illia por el ejemplo. Somos muchos los que a diario tratamos de hacer lo mejor para mantener siempre viva la buena política.
(*) Diputado Provincial. Presidente de Bloque UCR - Evolución