mas

Las sentencias de los adultos

Tanto los padres como los docentes, cada uno en su rol y siempre con su indudable mejor intención, hacemos todo lo que podemos por los niños. Sin embargo, en muchos casos, somos nosotros mismos los que demolemos su creatividad y sus posibilidades de crecimiento. ¿Cuál es la razón de este desconcertante fenómeno?

Domingo 18 de Agosto de 2019

Cada niño nace con una llama interior absolutamente única, un fuego propio que, a su manera, ilumina el mundo. De a poco esa llama comenzará a alumbrar los ojos de esas personas que se acercan a él para mirarlo, reflejándose en sus pupilas. También echará luz sobre el ambiente, pudiendo entonces observar ese mundo que, de a poco, empezará a atraerlo. El programa interno —encriptado y bien guardado por acción de la sorprendente biología— le irá señalando con sabiduría dónde poner el foco. El interés es genuino, inmenso: quiere conocer, pero no cuenta aún con los recursos necesarios para hacerlo por su propia cuenta. Entonces necesita del adulto para que lo asista en la exploración, respetando las señales de su llama. De no hacerlo así, la llama se debilitará y los intereses ya no serán suyos sino ajenos.

Todos los educadores, madres, padres y docentes, debemos asumir la importante misión de custodiar su llama, recordando que no es precisamente el viento quien la suele apagar, sino nosotros mismos.

Cuando el fuego interior se expresa sin trabas ni condiciones, la curiosidad penetra en la realidad del entorno para explorarlo libremente, para impregnar sus sentidos con las incesantes sensaciones que va percibiendo. Allí nace el juego, en un sentido amplio y abarcando todas sus dimensiones, esa instancia en la que el niño recorta un pedacito del universo para aprehenderlo, manipularlo y hacerlo propio. El desconcierto y el caos —aparentes para quien mira desde afuera— dejan paso a esa inspiración que busca observar y conocer los objetos y materiales que lo rodean, procurando construir con ellos esos conocimientos que lo elevan. Bebé, lactante, niño, adolescente o adulto… la llama, si no fue o es sofocada en la infancia, siempre va a iluminar aquello que le interesa y motiva.

Una exploración sincera

Tu hijo se entusiasma cada vez que toca un instrumento musical pero vos insistís en que tiene que dedicarle tiempo al deporte.

Tu hija no quiere saber nada con danza —hace tiempo ya— pero vos la llevás dos veces por semana porque la profesora dice que tiene cualidades.

Tu alumna deja volar su imaginación y dibuja relojes derretidos, pero como eso se sale de “lo real” le señalás que los relojes no son así.

Tu alumno se mueve y busca experiencias para aprender pero lo reprendés porque esa no es manera de estar en el aula.

Tu hijo/a, alumno/a dice que le gustan las chicas/os y vos decís que eso no está bien.

Estas sentencias son simples ilustraciones; lo que vale es que observemos nuestra manera de apuntarle y subrayarle el camino. Muchas veces, incluso antes de que arranque una tarea o actividad, ya le estamos marcando qué está bien y qué no, cómo deben ser las cosas. Lo cierto es que nuestras expectativas —y su necesidad de estar a su altura— pueden terminar sofocando su llama. Se trata entonces de un ejercicio de poder —no siempre explícito— que falta el respeto a la voluntad del niño.

Por esto es fundamental que madres, padres y docentes tomemos cabal conciencia de nuestras actitudes, gestos, palabras y comportamientos: sin que nos demos éstos están condicionando la vida de su fuego interior. Un ceño fruncido comienza a sofocarlo, un grito mucho más; una sonrisa lo apantalla y compartir con el niño la misma actividad lo hace inmenso. Muchas veces no hay conflicto, cuando la llama del niño se mueve en consonancia con los intereses o deseos de la madre, el padre o el docente: en tales casos todo suele suceder sin fricciones. Pero cuando los colores de la llama no son genuinamente compartidos, entonces aparecen los vientos adultos, sutiles o toscos, implícitos o declarados. Entonces el niño comienza a bajar la intensidad de su llama, o quizás la esconda; débil y sin alimento quizás la flama no sobreviva… la mirada apunta al piso, los ojos pierden brillo y el niño parece perder esa inquietud por el mundo. No nos equivoquemos: no es que no tenga intereses, es que su iniciativa interna y su voluntad han sido quebrantadas. Finalmente, es preciso que recordemos que la educación debe empezar desde adentro hacia fuera, porque el secreto está dentro del niño: en esto va respetar su mundo interno.

La familia y la escuela

El sábado pasado Lucas Raspall, médico psiquiatra, docente universitario, autor de numerosos artículos científicos y nueve libros, se presentó en el Teatro El Círculo de Rosario a sala colmada. Allí llevó adelante la conferencia “La escuela desde el cambio de paradigma”. Docentes y profesionales, madres, padres siguieron con atención las reflexiones del especialista quien aseguró que “si alguien piensa que la crisis de la educación se puede resolver sin acercar la familia a la escuela —y viceversa— se equivoca”. La charla contó con la organización de Homo Sapiens Ediciones.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario