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Emir Alvarez Gardiol, un viajero incansable de la medicina

Con 95 años sigue sintiendo enorme pasión por su especialidad, la mastología. Es uno de los miembros fundadores de la Academia de Ciencias Médicas de Santa Fe, para la que trabaja de lunes a lunes. Profesor, escritor, un enamorado de los libros y la palabra, el reconocido cirujano recorre, en esta entrevista, los momentos más sobresalientes y especiales de su carrera y de su vida.

Domingo 08 de Septiembre de 2019

El invierno, impiadoso, cubre de grises la tarde rosarina. En un departamento, en pleno centro, Emir Álvarez Gardiol espera a La Capital apenas apoyado en su bastón, junto a la puerta del ascensor. Su sonrisa cálida invita a entrar en otro paisaje. Las paredes del living, repletas de cuadros prolijamente colgados (muchos con la firma de su padre) transpiran recuerdos. Está todo listo: el sillón que eligió para estar cómodo —cerca de una ventana por la que se filtran las últimas luces del día— y al lado, una mesa pequeña en la que descansan los libros que seleccionó para mostrar durante la entrevista.

Álvarez Gardiol es doctor en medicina, ex profesor titular de Cirugía de la Universidad Nacional de Rosario, Miembro Honorario de la Sociedad Brasileña de Mastología, Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires y Miembro fundador de la Academia de Ciencias Médicas de Santa Fe. Un maestro de la medicina, como lo definen sus ex alumnos y los profesionales que tuvieron la oportunidad de conocerlo. Muchos estudiantes recurren aún a sus textos. Mastología Dinámica, que escribió hace más de 40 años junto a Armando Tejerina Gómez, es un libro indispensable para los futuros médicos.

Se jubiló hace pocos meses, a los 95 años. Pero no quería hacerlo. Lamenta que ya no puede caminar como antes y eso lo alejó de la posibilidad de seguir yendo al Cema, el instituto médico privado en el que trabajó desde que era muy joven.

Incansable, sigue contestando los mails de sus pacientes, aquellas mujeres a las que trató por cáncer de mama hace 20 o 25 años y que aún lo consultan ante cualquier duda.

De los miembros de la Academia de Ciencias Médicas de Santa Fe es quizá el más activo, el que llama a menudo a sus colegas para proponerles una nueva mirada sobre un tema, o un proyecto o una actividad. El que envía correos de lunes a lunes porque “esto recién empieza y queda mucho por andar”.

Aunque estuvo la mayor parte de su vida en Rosario también vivió en Tucumán, en un tiempo al que recuerda como “los años felices”. Está casado desde hace 67 años con Gloria Cignoli, con quien tiene dos hijos: Elena, odontóloga, y Alejandro, médico, quienes le han dado varios nietos y bisnietos.

Por un problema de salud su esposa dejó de ver, y es Emir el encargado de leerle, todas las tardes, a sus autores favoritos.

Fue amigo de Clarice Lispector, la brillante escritora brasileña, a quien le dedicó un libro. Inseparable de Juan Grela, el pintor y grabador que marcó toda una época en el arte argentino. Emir es un hombre que parece haber transitado muchas vidas, todas interesantes y profundas, pero no hay en sus relatos una sola pizca de superioridad. Ríe con las anécdotas, se embala con los planes a futuro, habla de los grandes de la medicina con admiración y emoción, de literatura (su gran pasión) pero también del Barça, porque a la noche sigue de cerca las instancias del fútbol europeo.

No olvida a quienes marcaron su vida, a sus padres, a su hermano Ariel, a sus amigos de la facultad. Dice que de los dolores y los momentos bravos aprendió a soportar, a saber que se puede resistir más allá de lo imaginable y que ese espíritu ha sido un combustible fundamental en su historia.

—Su casa está llena de cuadros...

—Es que mi padre, que era odontólogo, en verdad amaba la pintura. Se lo conoce como pintor más que como odontólogo. De a poco fue dejando la profesión y amando cada vez más el arte. Él pintaba en exteriores, en Córdoba, en Catamarca, en La Rioja. Iban en ómnibus con mi mamá. Piense que en esa época se vestían con guardapolvos para viajar, porque el tierral era terrible, no había pavimento...

—¿Sabe por qué iba hacia el norte del país a pintar?

—El buscaba siempre el monte o la barranca.

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—¿Había nacido en Rosario?

—Mi padre nació en Buenos Aires pero nadie se explica cómo. El nunca lo contó, porque vivió en Montevideo, y la abuela, el abuelo, la hermana nacieron en Montevideo...Cómo vino la abuela a parir a Buenos Aires, nadie se lo explica. Luego él ya viene a Rosario a instalarse como odontólogo, pero en un tiempo la plaza no estaba muy buena y como yo ya había nacido nos fuimos a San Carlos Centro, al norte de Santa Fe, donde estuvimos cuatro años. Después se quedó en Rosario, en forma definitiva...

—¿Y dónde conoció su papá a su mamá?

—¡Vaya a saber! Las muchachas Gardiol eran muy hermosas, mi mamá, mis tías...Mi madre era profesora de canto y piano en el Normal número 2. Pero dónde se enamoraron, ni idea. No se hablaba de eso, no se les confiaba a los chicos. Ni yo ni mi hermano podíamos dar cuenta de los actos de ellos, ignorábamos todo...era de familia no hablar demasiado.

—¿Usted fue diferente con sus hijos?

—Sí, me manejé distinto. Mis hijos son lo mejor que pudimos construir en este territorio...(mira su casa).

—De pequeño, en su hogar ¿se estimulaba la lectura? porque usted es además de médico, escritor...

—Sí. Además yo robaba libros (se ríe). Se los sacaba a las tías. Allá en Quilmes, que era donde pasaba las vacaciones, dormía en una trastienda que estaba junto a una de las piezas en donde dormían las tías...y había una cortina, y yo del otro lado tenía acceso a la biblioteca. Ahí pescaba y leía. Los primeros libros, los más apasionantes los leí allí con 11 años. Son los que me introdujeron en la sensibilidad amorosa...

—Eran los libros prohibidos...

—Esos mismos. A algunos los leí incluso en francés porque la abuela leía correctamente el idioma, y me hablaba mucho en francés, algo que me sirvió. En realidad, en los textos no había nada prohibido pero me lo prohibían. Creo que suponían, y con cierta razón, que a esa edad uno no entiende la sensibilidad de los sentimientos y que si uno se traga esos libros solo sin que le expliquen se puede poner bravo. Después leí de todo, pero mucho de estudio, que no fueron las lecturas más importantes. Era todo estudio, estudio, estudio. Siempre el mejor alumno, medalla de oro del Colegio Nacional. A la primaria la hice en la Mariano Moreno y a la secundaria en el Colegio Nacional Número 2 José de San Martín...

—¿Era el típico chico aplicado?

—Eso creo...de los que muchos compañeros adoran pero la mayoría odia.

—¿Y después?

— Mire, lo interesante empieza en mí con el servicio militar. ¡Lo sufrí tanto cuando lo hice! Pero después le di la vuelta y supe lo formativo que había sido para mí. Aprendí a soportar una injusticia, por ejemplo, cuando nos daban una orden que iba en contra totalmente de nuestros sentimientos pero teníamos que cumplirla igual. Tragar esa hiel...fue una cosa curativa pero con el tiempo. En el momento me daban ganas de matar a alguien pero después yo pensaba: lo soporté, y seguí y seguí a pesar de aquello...

—¿Fueron las primeras emociones ligadas a la impotencia?

— Definitivamente. En forma individual sí. Eso de arrojarse cuerpo a tierra en el barro, sobre espinas y cardos que se te clavan en la cara, en la nariz, en el pecho... en ese momento fue terrible. Pero luego advertí que superé eso, y esas superaciones de tipo físico pero en el fondo espiritual me dieron fuerzas.

—¿Dónde le tocó hacerlo?

—En el Centro Formación de Oficiales de la Reserva de la Tercera Región Militar en Paraná, con campañas guerreras, como si fuéramos oficiales...esto fue en el 47.

—También implicó que se fuera de su ciudad, y nada estaba tan cerca como ahora...

—¡No existía ni el túnel subfluvial! Estábamos ahí... de vez en cuando llegaba una encomienda con el pan dulce, desde casa. Y cartas, las cartas. El correo funcionaba. En el regimiento, los lunes entregaban la correspondencia a los soldados. Todos íbamos ahí, pero pasaba que había alguno al que no le escribían...y a ese había que acompañarlo, al que no le escriben hay que acompañarlo... Le cuento que en el servicio militar, con 20 años de edad, empecé las primeras lecturas serias. Leíamos tirados en el pasto. Después de la hora de siesta que nos daban para recuperarnos de la fajina a la que nos sometían...a esa hora íbamos al jardín, panza al suelo y a leer. Yo ya estudiaba medicina, pero en la mitad de la carrera me tocaron esos dos años en Paraná.

— ¿Cómo llegaban esos libros?

— Hubo un aspirante que se llamaba Salvidea, Julio César, era el que traía libros de Buenos Aires...
"Sigo de cerca aún los casos de mis pacientes, las que se enfermaron hace 20 o 25 años de cáncer de mama"

— ¿Siempre quiso ser médico?

— Desde que abandoné el deseo de ser bioquímico. Porque a mí lo que me gustaba era ingeniería química. Fuimos a Santa Fe a inscribirnos con otros dos amigos. Porque uno funciona un poco por compañerismo, tiene dos amigos que van a seguir una carrera y sigue eso. Entonces fuimos a Santa Fe y me inscribí. Pero vimos el plan de estudios y yo me di cuenta de que la única materia que me gustaba era una que se llamaba Microbiología. Y dije: yo no soy de esto. Y ahí enganchamos para medicina. Jugábamos al fútbol y estudiábamos medicina, medio vagonetas (se ríe).

— ¿Le gustaba mucho el fútbol?

— Sí, jugábamos entre nosotros y también iba a la cancha en esa época...y hasta el día de hoy miro fútbol europeo.

—Volviendo a sus años de estudiante de medicina, ¿qué recuerda de ese tiempo?

— El primer parcial importante que se hacía al entrar era huesos. Anatomía, Huesos. Profesor Bernardo Dell´Oro, un maestro que te llevaba el cadáver a la sala y disecaba ahí. Y nosotros, en ese degradé, mirando el cadáver medio helado. Todos transpirando, y él operaba, pelaba las manos, mostraba los tendones...¡un apasionado!. En ese momento, con Claudio Alonso, con quien estudiábamos, nos sacamos 10 puntos en el parcial de huesos. ¡Eso era el máximo! éramos 120 estudiantes en primer año (casi todos varones, sólo 4 mujeres) y esos 10 puntos, uffff, ¡nosotros creíamos que ya éramos médicos. Entonces... ¡a pasear a calle Córdoba, a ver a las chicas!, y no estudiábamos más. Llegó mitad de año y estábamos con la soga al cuello, tuvimos que dejar diciembre y pasar a marzo porque no estábamos preparados. ¡Unos vagonetas por el triunfo de huesos! ¿Puede ser posible...?

—¿Cómo siguió la carrera?

—Bien, pero yo no era un gran alumno, era bueno hasta ahí, normal. Y hasta tuve un aplazo en química (de fisiología), que dictaba el flaco De Meio, ¡otro enorme profesor!

— Fue una época de grandes maestros de la medicina...

— Sí, sí. Nosotros no llegamos a equiparar a aquellos por buenos que fuéramos, yo he ganado concurso y he perdido, pero nunca fui cuando ganaba mejor que aquel al que sustituía, nunca...

— ¿Qué tenían esos hombres?.

— La originalidad, la habilidad. Operaba tal cirujano y había diez alrededor mirando cómo lo hacía. Teníamos hasta banquitos de tres escalones en los quirófanos para verlos en acción, para pispear y aprender. ¡Eran tipos geniales! Ya no hay más de esos...

—¿Quería ser cirujano a toda costa?

— Sí, eso de entrada. Lo tuve bien claro. Porque después, para mí, lo más grande fue el Hospital Español. Ahí tuve dos líderes: el profesor Pablo Borrás y el doctor Ricardo Delgado. Pero sobre todo Borrás que me incorporó a su servicio sin ser aún médico y me permitía ver, y hasta ayudar en las intervenciones cuando me estaba por recibir, siempre con su guía. ¡Qué personalidad! Llegaba al Hospital Español y Tan Tan Tan Tan Tan...¡5 campanadas!... Sala 5 ¡el profesor Borrás! Y cuando llegaba Delgado: Tan, Tan, Tan... ¡3 campanadas! Sala 3 ¡el profesor Delgado! El portero las hacía sonar con la entrada de cada jefe, y eso, se correspondía con la realidad, porque esos eran unos fantásticos individuos. Unos personajes muy singulares, capaces de hacer cosas que parecían imposibles. ¡Maestros de la cirugía! Y ahí lo elegí a Oscar Pardo que me va a representar en la Academia, porque haremos una acción que permitirá distinguir a los que fueron nuestros maestros... Mire, muchos eligieron a grandes médicos por sus currículums, pero yo lo hice por la persona. El tenía dos renglones de currículum pero ¡qué persona por favor! Le cuento una anécdota: yo estuve trabajando en Tucumán porque me tuve que ir de Rosario en 1950. Cuando estuve allá no había operado nunca una hernia. Y no tuve más remedio que abordar esa situación porque la compañía de seguros obligó a que se opere el paciente ahí y no derivarlo. Entonces pensé, ¿cómo hago? Yo era el cirujano del lugar. Y por correo me manejé con Pardo. Por carta certificada, expreso. El correo te hacía un expreso a la mañana y a la tarde lo tenías en destino.

— ¿Le explicó la operación por carta?

—¡Dibujado! ¡Todo dibujado paso por paso! Yo tenía el libro de cirugía pero no estaban todos esos detalles. Yo le pedía: doctor Oscar, dígame cómo tengo que hacer...y él, con lápiz, hacía el primer paso, y el otro, y el otro, todo en la carta....y me lo describía: cuando llegue a la aponeurosis cuide esto, y con los vasos tal cosa, y así. Al día siguiente de esas lecturas abordé la operación de hernia y me salió bien. ¡Lo contento que estaba a los siete días cuando el paciente se retiró para su casa! ¡Estaba chocho, lo hice, lo hice, qué notable! (levanta la voz con emoción). Ese hombre me hizo operar por correo y algunas indicaciones por teléfono, pero escúcheme que le digo cómo era el teléfono: riiing, y atendía la operadora y yo pedía hablar con el Hospital Español, sala 2. Y ella: bueno vamos a ver cuando tengo línea...y después el riiing sonaba allá, en el Hospital Español, en algún momento, y así lo lográbamos...

—Esa victoria me recuerda a lo que describió sobre el servicio militar en relación al esfuerzo y el coraje de enfrentar el miedo...

— Sí, ¡exactamente! Qué cosa maravillosa esa operación...tuve otras, pero esa, fue inolvidable.

— ¿Se fue con su esposa a Tucumán?

— No...vine después a buscar a mi novia, a Gloria, la que fue luego mi mujer. Estuvimos siete años hasta que pude volver, por suerte las provincias son una delicia, me encontré con gente maravillosa, hombres y mujeres. Gente de pueblo...Fueron años felices. Allá me casé en 1952 con ella, con la hija del doctor Cignoli. Vivimos otros cinco años más, yo operando en el hospital...Tucumán fue una escuela de maduración humana. La oportunidad de hacer cosas que acá jamás hubiese hecho...operaciones graves, recibir heridos, como por ejemplo cuando me tocó operar a un montón de personas por un ómnibus que se vino abajo. Operar huesos rotos, ayudado por un ingeniero. ¡Cráneos rotos! Me tocó la debacle del río Cochuna. ¡30 accidentados sobrevivientes! He operado a una mujer con un hierro atravesado que le salía por la boca y sin ayudantes médicos. Al ingeniero que estaba ahí le dije: póngase el guardapolvos y los guantes y ayúdeme. Y logramos cosas importantes. Y era un herido atrás de otro. Uh, muchas anécdotas...

— Tenía talento, sin dudas...

—No, no, talento no...¡audacia! Yo tenía la audacia de meterme en lo que quizá no me correspondía, pero no bajaba los brazos...porque no había quien ni conque (como dicen los tucumanos). Yo había visto muchísimo en el Hospital Español en Rosario y todo eso fue aprendizaje. Había cosas que jamás me había tocado hacer pero vi a los mejores. A Luis Diez, por ejemplo, un neurocirujano, un artista, un maestro...

— Después de esa experiencia volvió a Rosario...

— Sí, por fin pude hacerlo, y apenas abrieron los concursos en la Universidad Nacional de Rosario regresamos. Me presenté en las cátedras, en Cirugía, y ahí gané como jefe de trabajos prácticos.

—¿Por qué se especializó en mamas?

— Siempre mi tendencia fue a seguir ginecología, en el hospital Español se atendía a mujeres, pero desde la cátedra de cirugía general no podía hacer exclusivamente ginecología. Yo lo hacía en la parte privada, no en el hospital. Así seguí la especialidad y luego mastología. En esos tiempos nació el libro que le mostré, que hicimos con Tejerina, una edición hermosa que se hizo en España.

—No había mastólogos en aquella época.

—Casi no había...

— Eran tiempos en los que se hacía la mastectomía radical a mujeres con cáncer de mama, la extirpación total de la mama...

— Así es. Se hacía amputación con vaciamiento de la axila, esa terrible crueldad. Cuando nosotros empezamos con la cirugía conservadora, lo hicimos gracias a la llegada de un profesor francés que vino de Marsella a imponer la cirugía conservadora.

— El grupo en el que usted estaba, en el Cema, fue pionero de esa cirugía. Hasta ese momento, una mujer que quería conservar su mama o parte de ella debía viajar a Francia. Acá se hacía otra cosa.

— Estaba hasta mal visto conservar la mama, porque pensaban que si no se tomaba una medida extrema el cáncer volvía. Y nosotros les demostramos que con ese tipo de cirugía y con seguimiento, la persona podía estar bien. No había riesgos de más por esto. El primero que la hizo en realidad fue un médico de Santa Fe, nosotros lo seguimos a él...Este profesional contaba con un centro de radioterapia fantástico y tenía una persona de total confianza que sabía dar con la dosis máxima de radioterapia sin dañar otros órganos o tejidos de la paciente. No sé cómo lo lograba, pero le iba muy bien con sus pacientes. Entonces, la cosa fue muy interesante...¿Sabe? Se usaba el cesio en ese momento, y todas las mujeres que fueron tratadas de ese modo no murieron de cáncer. Pero resulta que no había protección para el cesio, que irradiaba a todos en la sala y se prohibió.

— ¿El cáncer de mama, tenía una incidencia parecida a la actual?

— Veíamos lo mismo pero casi siempre avanzados porque no había ni radiografía de la mama. Encontrábamos el tumor que ya se tocaba. Pero tratábamos mujeres de todas, de todas las edades...Hoy se lo puede encontrar con sólo milímetros gracias a los avances en imágenes, eso es muy importante.

— Usted además de operar ¿estaba encargado de dar los diagnósticos?

—Claro. Y siempre con la verdad, de la mejor manera posible pero con la verdad. Las pacientes así asumían su situación con esta enfermedad. Yo me acostumbré a dar la noticia y que una mujer llore en el consultorio, entonces les decía con cariño pero con firmeza que ellas nunca tenían que permitir que un cáncer las vaya a matar. ¡Usted no tiene que dejarse vencer! Entonces las lágrimas dejaban de caer...y cuando me preguntaban qué hacer, les explicaba que era algo que estaba en su mente, que con su fortaleza y nuestra ayuda podía salvarse. Pero sobre todo, el trabajo era de esa mujer que va a luchar en cuerpo y alma. Es que mente y cuerpo son uno sólo, tan unidos, tan unidos...

— ¿Construía una relación cercana con sus pacientes?

— Siempre muy encima de mis pacientes. Hablando y hablando y hablando. Mire, hoy me escribió una mujer que yo atendía y que me contó que tenía su control anual. Sigo de cerca los casos de quienes se enfermaron de cáncer hace 20 o 25 años atrás. Me sigo interesando...Y mi hijo Alejandro, que es médico, tiene todas mis historias clínicas.

— Usted se jubiló hace muy poco...

— Sí, me permitieron jubilarme a los 95 años de edad. ¡Yo no quería! Me jorobó un poco el físico porque tengo cierta dificultad para caminar...extraño ir al consultorio, lo extraño mucho. Y las chicas, los colaboradores, los médicos, a cada rato alguno me habla. Me preguntan ¿por qué se fue? Y bueno, ya era hora, ¿no? (se ríe).

— Sé que cuando fue a la Caja de Jubilaciones estaban sorprendidos.

— ¡Muy conmovidos! Una persona le decía a otra: mire, mire, ¡este señor viene a jubilarse a los 95 años, nunca vimos esto! Se sacaban fotos conmigo, con los celulares, jaja.

— Tiene bisnietos... ¿imaginó que los conocería?

— ¡Ah, sí, creía en eso! Yo no sé que viene después, pero sí lo pensaba. En cualquier momento soy tatarabuelo...

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— ¿Cómo es su relación con la literatura?

—Tal como le mencioné, me gustaba mucho leer, sigo leyendo, para mí y para mi esposa que lamentablemente perdió la vista. Yo le leo todos los días, ahora estamos con Leonardo Padura, que nos encanta. Y escribo, saqué varios libros de medicina y también de narrativa y poemas...

— Le dedicó un libro a Clarice Lispector...

—Sí, es este librito (lo tiene sobre la mesa, y lo muestra con enorme afecto). Lo escribí en 1977...(lo abre lentamente y lee en voz alta): “A Clarice Lispector y esa manera inestable de tomar en la oscuridad una manzana sin que se caiga” (hace un largo silencio).

— ¿Eran amigos?

— He estado en su casa. Porque por mi trabajo fui a Brasil. Yo era director de la biblioteca de la universidad y me mandaron a las bibliotecas más grandes de Sudamérica, en San Pablo. Yo tenía a Agua Viva, el libro de Clarice, como libro de cabecera. Me trastornó ese libro. Y fuimos con una de las chicas de la biblioteca a visitarla. Era una mujer sensacional, tan sutil, tan espiritual. Espíritu puro...

— ¿Qué otros recuerdos tiene de ese vínculo?

—Resulta que yo le dejo el libro mío para que lo critique, un libro que titulé Para alcanzar la densidad. Era el mes de octubre cuando volví, estuve todo el invierno entre Río y San Pablo. Clarice se enferma de un tumor cerebral maligno y muere en poco tiempo. Su empleada, que se llamaba Sileia, me comenta en una carta que conservo, que Clarice estaba en el hospital, muy mal ya, y decía: “No le he escrito a Emir, no le he escrito a Emir”. Ella, maravillosa, pensaba en mi librito de morondanga...

—Ese libro tiene otro valor muy especial... las ilustraciones.

— Sí, tiene los dibujos de Grela. Eramos muy amigos. Juan Grela hizo dos ilustraciones para mi libro...

—El dedicado a Clarice fue su primer libro...

— No, hay uno anterior “Tengo Lobos” y el último es “El viaje”, que acá lo tengo y se lo regalo...Y tengo muchos libros escritos, de poema.

— ¿Su autor favorito?

— Octavio Paz. Y no digo dos, sólo Octavio Paz...Es lo más grande que hay. Lo leí toda la vida, desde que él estaba en la India. Mi señora es adicta a Octavio Paz... no podíamos dejarlo, no podemos...

— Respecto de sus libros de medicina, se siguen usando.

— Es verdad, y mire algo...Antonio Bonfatti, que es médico, cuando era gobernador —durante una distinción que me dieron— me recitó una frase del libro mío. Era sobre la pancreatitis aguda. Yo había escrito que “es como un trueno en una noche sin nubes”, ¡pero qué cosa curiosa que me lo dijo quien era gobernador!...Se me acercó ¡y rememoró algo que había escrito yo! Increíble...

— Emir, ¿cómo es un día suyo?

— Sigo activo, aunque con esta limitación para caminar bien... Me levanto temprano y uso la computadora. Todo el tiempo contesto mails, los envío. A la tarde le leo a mi mujer... Le comento a usted que estoy muy pendiente de todo lo vinculado a la Academia de Ciencia de Santa Fe. Me interesa muchísimo eso, proponer actividades, trabajar en las subcomisiones que hemos armado. En la Academia yo trabajo desde este presente pero pensando en el futuro. Me entusiasma mucho. Creo en el espíritu crítico, en la chance de desarrollarlo. Este es un lugar para eso, yo lo concibo así. Un espacio plural, de médicos, científicos y muchas otras profesiones vinculadas a la salud y al medio ambiente, para hacer nuestro aporte a la sociedad. Que sepan que hay personas muy formadas, con entusiasmo, que pueden asesorar, ofrecer ideas y soluciones. Soy un convencido de que hay que buscar resultados...y buscar nuevos jugadores, jugadores nuevos. Yo adoro encontrar gente apasionada con lo que hace y quiero que jueguen con nosotros. Creo en eso. Y bueno, yo me organizo con el trabajo porque para la Academia estoy full time y no me tomo ni un día franco. Sábado y domingo escribo. A los miembros los sorprendo con llamadas intempestivas (vuelve a reírse con ganas).

— ¿Qué es para usted la medicina, Emir?

— La medicina es un arte. No se compara con la compasión ni se da con la compasión, se da con la lucha y la energía. No se puede ser débil en la medicina, hay que ser muy fuerte. Porque hay que sobreponerse a los propios miedos, incorporándose a ese otro que tiene más miedo todavía. Yo, médico, con miedo a equivocarme, y él, ella, con miedo de lo que tiene, o de lo que piensa que tiene...La medicina es lograr de esa conjunción una armonía, una armonía entre dos miedos.

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>> Nuevos académicos

Emir Álvarez Gardiol es el presidente del claustro de la Academia de Ciencias de Santa Fe y uno de sus miembros fundadores. Está muy entusiasmado con las actividades de la entidad y con lo que ocurrirá el próximo miércoles, a las 10, cuando asuman nuevos integrantes.

El acto se hará en la Cámara de Diputados de la provincia. Los nuevos elegidos, designados por el claustro fundacional son: el doctor en medicina Oscar Botasso; el doctor en Ciencias Alberto Cardona; el doctor el Física Guillermo Kaufmann; el ingeniero químico Alejandro Olivieri; el doctor en Física Mario Passegi; el doctor en bioquímica y farmacia Rodolfo Puche; el doctor en Física Roberto Rivarola y el doctor en Química Jorge Rainheimer.

La institución tiene en su estructura académicos que se ocupan de actividades científicas y vinculadas a la salud y al medio ambiente.

Busca formar un equipo de profesionales de distintas generaciones y profesiones para asesorar a los gobiernos, para aportar ideas y sumar en pos de la construcción de una provincia más próspera.

Fue fundada en el año 2017 y ya sumó numerosas actividades, algunas abiertas al público general.

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