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Bodegones de Rosario: refugios del alma popular que son templos del manduque, el fervor y la amistad

Quedan pocos, pero quedan. En sus mesas brillan los platos más simples y se practica el diálogo como una religión. Son sitios entrañables dentro del tensionado espacio urbano.

Domingo 31 de Mayo de 2015

Los bodegones son descendientes directos del almacén con despacho de bebidas, antiguo espacio barrial ya extinto. Se erigieron como instituciones culinarias y sociales arquetípicas, es decir, como el tipo de negocio atendido por sus dueños, de precios razonables, platos simples y que es  fiel reflejo de la diversidad social en sus mesas. Resisten incólumes las modas, los golpes institucionales, los vaivenes económicos y la persistencia de los días. En gran parte, este triunfo se debe a la férrea voluntad y esfuerzo de las familias que los administran, la fidelidad del personal a cargo y la lealtad de sus clientes.

Hoy son refugios urbanos de intensa vida social, de generosos pábulos con largas charlas de sobremesa y entrañables personajes del paisaje rosarino. Son escenario de la pausa para el almuerzo al paso, la tertulia de parroquianos entre vino, milanesas y café y el encuentro de la familia rosarina en sus múltiples expresiones.

Los bodegones de la ciudad permiten amainar la marcha, construir lazos sociales duraderos, crear sentido de pertenencia y regenerar el cuerpo y el espíritu esclavizado por las exigencias de la vida cotidiana. Sus precios módicos, platos sabrosos y abundantes y atmósfera informal amplían ilimitadamente el criterio de admisión: esto los convierte en un espacio de sociabilidad accesible, plural e inclusivo. Manducar y conversar: dos actividades requeridas para participar de esta modesta comunidad gastronómica.

Estos comedores bulliciosos y llenos de vida humanizan a Rosario. Los relatos que siguen son protagonizados por aquellos que han dejado su vida y sueños en el boliche y que rara vez pasan a la historia escrita. Como una forma de homenaje se invita a los lectores a participar de estas mesas y renunciar a ser espectadores desde internet. Los lugares son cómplices de la intensidad de nuestras vidas y no simple escenografía.

 

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