Susana limpia casas por hora y no le sobra tiempo, pero se las arregla para ver cada semana a su hija presa. Viviana lleva cuatro años viajando en secreto a encontrarse con su pareja en una celda de Piñero. Las quince cuadras que debe caminar con su bastón no le impiden a Gladys acercarle comida a su hija trans en la cárcel de mujeres. Carina acompaña la larga condena de su hijo mayor, al que le acerca bolsos preparados con dedicación. Las cuatro mujeres llevan años visitando los penales de la provincia, acercando los alimentos y la compañía que ayudan a aguantar el encierro. Cumplen un ritual que se multiplica por miles.
Según se estima en el Servicio Penitenciario santafesino, cerca de diez mil personas por semana visitan a personas detenidas en la cárceles de la provincia. Una tarea de cuidado vital para el funcionamiento de las prisiones que, en nueve de cada diez casos, ejecutan mujeres.
La mayoría de las visitantes son menores de 40 años y tienen hijos a cargos. El encarcelamiento de un miembro de la familia es también su castigo: tienen que trabajar el doble para mantener el hogar y asistir a las personas detenidas. Dedican entre seis y doce horas diarias a cada visita y gastan a partir de 4 mil pesos en los bolsos que llevan cada semana a las prisiones, con comida, jabón, champú, maquinitas de afeitar o esmalte de uñas.
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
“En mi vida se me había cruzado que tenía que pisar una cárcel. Uno se imagina que es como en las películas. Me daba miedo, no sabía cómo manejarme. Pero se aprende”, recuerda Carina. Tiene 45 años y la cárcel formó parte de su vida desde adolescente, cuando su marido recibió su primera condena por robo. Ella también estuvo presa. Ahora su hijo mayor está en prisión.
Carina conoce más que nadie la importancia que tienen las visitas: “La cárcel es difícil. Te levantás y no podés salir a ningún lado. No te queda otra que ver caras que no conocés, aguantar cosas. Acá si tengo una angustia o extraño a alguien, abro la puerta y salgo. Antes no entendía por qué la visita es un momento tan ansiado para los detenidos. Ahora sí: ahí adentro te quedás con la soledad”, explica.
Empleada de un taller textil, alterna con su nuera los viajes a Piñero para visitar a su hijo de 25 años. Para contar con ese día libre apura las horas de costura: realiza unos 30 bolsos o mochilas por día, un rendimiento con el que se gana la complicidad de sus patrones.
Viajes y visitas en secreto
Sus hijos no lo saben, pero hace cuatro años que Viviana, de 40 años, viaja una vez por semana a la cárcel de Piñero a visitar a su pareja. “Hace catorce años que estamos juntos. Cuando lo detuvieron me cayeron diez baldes de agua fría encima. Lo único que hacía era llorar. Jamás imaginé que iba a estar en un lugar así, es la primera vez que tengo a alguien cercano preso”, dice.
La mujer es administrativa en un estudio contable y, para compensar sus faltas de los miércoles, trabaja los fines de semana. De esa manera cuenta con un día libre para acompañar a su pareja.
A cada uno de esos encuentros lleva cigarrillos o tabaco, entra a la celda y pasa el día en ese mínimo claustro pero no siente el encierro. Ponen música, bailan cumbia, él la espera con mates y cocina ñoquis, una rutina de cuando era un hombre libre. “Ahí adentro la vida es muy lenta. Mis hijos no saben que vengo a verlo, cuando cayó no lo quisieron ver más”.
Con el paso de los años, dice, se acostumbró a esa rutina de viajes, esperas, requisas y encuentros. Lo que aún no le resulta tan fácil son las despedidas. “El tema es cuando salís: seguís sola. Es muy triste. Te vas angustiada”. Entonces, empieza a pensar en el próximo viaje.
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
Una mochila pesada
Susana lleva dos años visitando a su hija en la cárcel de mujeres. Todas las semanas, le acerca tanta mercadería como le permiten los 350 pesos por hora que cobra limpiando en ocho casas. Y también cada quince días acompaña a sus nietos de 10 y 8 años, que viven con la otra abuela, a visitar a su mamá.
“Es muy triste traer a los chicos. La última vez mi nieta le propuso que se peguen las panzas con pegamento así no las separaban cuando se termina la visita”, dice ahora Susana, con los ojos vidriosos, convencida de que la condena de su hija es, también, “una mochila propia”.
Tiene 57 años, la cara redonda, los ojos marcados con delineador negro, las cejas finitas y el cabello rubio, largo y atado en una cola de caballo que mueve de izquierda a derecha cada vez que sacude la cabeza. Cuando cuenta su historia dice que se quedó viuda dos veces y fue víctima de violencia.
Aún así, crió cinco hijos sin mucha ayuda, todos estudiaron y tienen su casa. A su hija más chica, en cambio, “la ganaron las malas juntas, el consumo”, explica. Y así fue cómo, en palabras de su mamá, un día recibió una condena a seis años “que no quiso apelar para hacerse la guapa” y ella empezó a visitarla todas las semanas.
El largo y difícil camino
Gladys camina por las calles internas de la cárcel de mujeres a paso lento con su bastón y cargada de bolsos. Son tres cuadras pero para ella es un desafío exigente: un esfuerzo para su corazón cansado de 69 años. Por eso, aunque va todos los miércoles, algunos días avanza hasta la celda a saludar a su hija y otros deja los paquetes en la entrada. Para volver a su casa le espera otra caminata hasta la parada del único colectivo que pasa cerca de la prisión. Unas ocho cuadras más.
Gladys realiza ese camino de hormiga para cuidar a su hija menor, una mujer trans de 37 años que había iniciado el proceso de transición de género antes de quedar detenida. A su madre le cuesta más aceptar ese cambio que adaptarse a las rigurosas rutinas de la cárcel. Por eso habla de ella en masculino y la llama por un nombre con el que su hija ya no se identifica: “El me llama desde el teléfono fijo del pabellón y se escucha que las chicas lo cargan. Lo tratan bien, son respetuosas. A mi también me tratan con mucha educación”, cuenta.
Cuando detuvieron a su hija estuvo tres meses sin poder visitarla. "Es que esto le pasó porque no quiso escucharme”, explica Gladys. Dice que le había advertido sobre ciertas compañías que consideraba riesgosas, que paga un precio alto por conflictos ajenos, que tardó en asimilar la noticia de la detención. Hasta que la preocupación venció al enojo y fue a verla.
Un año y medio después, viajar a la cárcel de mujeres es un ritual de cada miércoles. Como el de las miles de mujeres que cada semana visitan las penitenciarías santafesinas.