La ciudad

"Nos alargan la fecha de vencimiento: hay que descubrir para qué"

Alejandra Peratta estaba al borde de la muerte y recibió un hígado de un donante cadavérico. Tiene 40 años, trabaja como asistente en el Arte de Curar y desarrolla tareas como voluntaria.

Domingo 29 de Marzo de 2015

Alejandra Peralta cuenta que la noche previa a recibir un trasplante de hígado, estando al mismísimo borde de la muerte, su médico le preguntó si estaba contenta porque habían encontrado un donante. La respuesta fue no. Y no porque no quisiera vivir, sino porque entendía que alguien había muerto para que su sueño fuera al menos posible. "Es algo muy loco, porque es una persona a la que nunca conocí, pero a quien al día de hoy amo y por la que siento una gratitud infinita, porque me dio la posibilidad de tener una calidad de vida como nunca había imaginado tener", dice la mujer, de 40 años, después de haberse sobrepuesto a varias enfermedades que hicieron de su infancia y juventud dos etapas de tránsito muy áspero. Por eso, ahora, Alejandra sabe que le alargaron "la fecha de vencimiento" y desde que le dieron esa prórroga está dispuesta a que valga la pena. La culpa, el amor, la cercanía con la muerte, sobre todo eso reflexiona Alejandra, como quien ha perdido el miedo y elige llamar a las cosas por su nombre.

—¿Cuándo recibiste el trasplante?

—El 15 de julio del 2012, después de 40 días en emergencia nacional. Fue un donante cadavérico. Sólo sé que era de Neuquén.

—¿Dónde pasaste esos días?

—De Rosario me tuve que ir a Pilar, porque el centro de trasplantes se estaba cerrando acá en ese momento, y mi médica, la patóloga de trasplantes Fernanda Zingale, al ver que yo ya no tenía chances de seguir viviendo, habló con el cirujano del Hospital Austral Gustavo Podestá, uno de los mejores del mundo. Luego de evaluarme todo un día con su equipo deciden tomarme como paciente. Y como se trataba de un caso muy especial enviaron los antecedentes al Incucai para que otros trasplantólogos del país lo chequearan.

—¿Qué enfermedad tenías?

—Colangitis esclerosante primaria, que se me declaró a los 24 años, estando de vacaciones en Pinamar, donde un día empecé a temblar con terribles dolores y vómitos. Me fue a buscar una ambulancia desde Rosario porque no sabían qué tenía y al llegar los estudios revelaron que era colangitis, consecuencia a su vez de la enfermedad de base que yo tenía desde que nací y que mostró síntomas a los cinco meses, congénita, una colitis ulcerosa.

—O sea, toda una vida con graves problemas de salud.

—Sí, siempre. Tuve tres complejísimas operaciones de intestino con riesgo de vida y después me apareció una tremenda artritis asociada a la colitis ulcerosa que me dejó prácticamente postrada.

—¿Cómo te sentías antes del trasplante?

—Terrible. Yo viajé a Pilar con cierta esperanza, ¿no?, pero mi verdadero sentimiento era que iba allá solamente a morirme. Y la verdad es que no lo tomaba tan mal. Siempre digo que la muerte es tan digna como la vida, depende de cómo la lleves. Pero esos 40 días en emergencia nacional los viví con mucha tranquilidad.

—No estabas aterrada...

—No tengo terror a la muerte. Sufría, más que por mí, por mis dres, mi familia, mis amigos, que me imagino deben haberla pasado terrible.

—Claro, nunca se está preparado para ver morir a un hijo...

—Nunca. Y diría que yo quería vivir, todos tenemos ese instinto de supervivencia por el que queremos vivir a toda costa, como sea. Cuando el psicólogo que da el okey para el trasplante me pregunta si yo estaba preparada para transitar eso y para recibir el órgano de una persona muerta yo digo que sí. Absolutamente, le dije, creo que su cuerpo físico se va a ir, pero me va a dejar su mejor regalo, la misma posibilidad de vida.

—¿Qué sentiste hacia él?

—Hasta hoy no lo pienso como alguien muerto, lo siento como alguien a quien amo profundamente. Es muy loco, porque es una persona a la que nunca conocí pero a la que amo y por la que siento una gratitud infinita porque me dio la posibilidad de tener una calidad de vida como nunca imaginé tener.

—Evidentemente vos ya venías transitando un proceso por el que tenías una visión singular de la vida y de la muerte. ¿Cómo es saber que tu chance de seguir vivo depende de que otro muera?

—Cuando la noche antes del trasplante me llama el médico para avisarme que esta persona había muerto y me dice: "Ale, llegó tu órgano, Preparate. ¿Estás contenta?", yo le contesto: "No, tengo un dolor terrible". En realidad, todo ese día yo había tenido la sensación de que podía estar pasando algo malo en mi casa y no paraba de preguntar si mi familia estaba bien. Sentía mucho dolor y no lo podía explicar. Por eso, cuando el médico me dice que está el órgano, yo le digo: "La verdad, Manuel, es que no estoy contenta, porque si bien yo no maté a esa persona y es el destino de cada uno, porque todos un día vamos a morir, sé que alguien perdió la vida y hay una familia de duelo. Y yo también lo estoy sufriendo". Al día de hoy yo vivo con alegría, pero a la vez en duelo, no sé cómo más decirlo.

—Toda una paradoja.

—Sí, es muy fuerte. Al punto de que pienso que ante todo tengo que cuidarme para que lo que pasó tenga sentido. Y tuve que reconstruirme emocionalmente, porque al menos en mi caso fue todo un proceso. Salís de la operación y si todo va bien sentís que podés hacer una montón de cosas nuevas, que la vida te cambia completamente para bien, pero a la vez llevás una especie de dolor por ese ser querido. Finalmente entendí que tengo que honrar su vida más que su muerte.

—O sea que encima hay que lidiar con la culpa.

—La vida es finitud, aunque a nosotros los trasplantados nos alargaron la fecha de vencimiento. Lo interesante es descubrir un motivo, un para qué. Es la forma de curar esa culpa.

—Cuando pensaba en esta nota, sin conocerte, deseaba que pudieras reflexionar estas cosas, no quedarte sólo en la exhortación a ser donante.

—Es que yo, como Alejandra, no ando por ahí con el simple imperativo de "sé donante". Entiendo que es algo muy personal y supone que uno piense en su propia muerte, lo que no le gusta a nadie. Porque hablar de donación y trasplante es hablar de muerte y de vida. Sí me ha ayudado mucho ser amiga de familias donantes, como los Andino, los Trivisonno y tantos otros, que siempre me han discutido lo de la culpa. "No, Ale, no es así", me dicen. "Nosotros tampoco sentimos que perdimos al ser donantes, sino al contrario, que ganamos un montón de hijos más"... Y eso es encontrarle sentido a las cosas.

 

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS