Qué mal bicho es la muerte para llevarse la vida de un tipazo como Leo Graciarena. Así, sin avisar, a secas, a traición, como una puñalada trapera.

El redactor de la sección Policiales de La Capital Leo Graciarena falleció este martes a la tarde
Por Miguel Pisano
Leo Graciarena. El reconocido redactor de la sección Policiales del Diario La Capital fallecido súbitamente en junio de este año.
Qué mal bicho es la muerte para llevarse la vida de un tipazo como Leo Graciarena. Así, sin avisar, a secas, a traición, como una puñalada trapera.
La peor noticia dada por el jefe de Ovación, Gustavo Conti, demudó a la Redacción del diario este martes a media tarde, como un cross a la mandíbula.
Recuerdo como si fuera hoy cuando el Vasco, un pibe entonces, llegó a la vieja sección Ovación a colaborar como cronista de vóley.
Los vaivenes del diario y de la vida lo llevaron tempranamente a trabajar en la sección Mundo, primero, y en Policiales, después, donde se desempeñaba como uno de sus mejores cronistas. El Vasco —tan personaje como buen periodista— disfrutaba de entrar a una villa o un barrio caliente a seguir una noticia, que describía con tanta precisión como pasión. En este punto compartíamos el berretín por conocer la historia y la caprichosa trama de los barrios rosarinos. Esa obsesión por seguir un dato lo llevaba a escribir las mejores crónicas, en las que acompañaba al lector “hasta al hondo bajo fondo donde el barro se subleva”.
Recuerdo también la mañana cercana cuando en un receso de un juicio en el Centro de Justicia Penal compartimos unos mates en casa y de vuelta al juicio la audiencia se había adelantado y un guardia no nos dejaba entrar hasta que el Vasco habló con un conocido y finalmente pudimos sortear el ingreso y hacer nuestro trabajo.
“Estoy preocupado porque el Joaco (su pequeño hijo) es hincha de la selección”, me confió el Vasco en una de las tantas charlas sobre su querido Central, del que era socio y no se perdía un partido en la platea, al extremo que se iba a la cancha caminando.
Qué mal bicho es la parca, que hasta te empuja a garabatear estas líneas en medio de un dolor oceánico.
Chau, Vasco querido: el Decano está contigo.


