Su nombre siempre estuvo ligado al de su esposo, y es casi imposible hablar de
Firma Mayor sin nombrar a Odilo Estévez. Cómo se conocieron y se enamoraron, es un misterio. Pero
desde que se unieron a fines de 1800 fueron inseparables. Visitantes frecuentes de Europa, se
erigieron como uno de los matrimonios más acomodados de Rosario y hacia 1920 atesoraban una
colección de arte por demás de admirable. Firma y Odilo eran uno, y quizás por eso cuando él murió,
la vida de ella cambió drásticamente.
Vendió la yerbatera con la que su esposo había amasado una
fortuna, se recluyó en su casona de Santa Fe 748 y prácticamente sepultó su vida social. Así estuvo
20 años, tiempo en el cual se multiplicaron las versiones sobre su salud y su estado mental hasta
que murió un nublado domingo de marzo de 1964. Dos días después se conoció su testamento, en el que
legó la mansión y toda la colección de arte a la ciudad, que después se convirtió en el Museo de
Arte Decorativo Firma y Odilo Estévez. Hoy, 44 años después, el municipio le hará un homenaje. Será
a las 11.30 en el Paseo de los Ilustres del cementerio El Salvador. Algo es seguro, todavía gran
parte de su vida sigue siendo un misterio.
Marzo recién arrancaba y Firma percibió que algo no andaba
bien. "Me siento mal" le dijo a María Elena López, su incondicional e inseparable ama de llaves.
Después se fue a su habitación, donde pasaba largas horas recluida repitiendo un ritual que había
comenzado en agosto de 1944, cuando falleció su esposo.
Eterna soledad. Esa ausencia la transformó. Según recuerda Pedro Sinópoli, quien
por más de treinta años fue director del Museo Estévez, "Firma vivió muy encerrada los últimos
tramos de su vida". Ese encierro sólo se rompía una vez al mes, cuando su casa se convertía en el
lugar donde se reunía la Asociación Amigos del Museo Histórico, la cual presidió.
Después todo era silencio. Hasta la casona ubicada frente a
la plaza 25 de Mayo solía llegar Pedro, su hermano, con quien jugaba a los naipes. Y otra visita
esporádica era la de su ahijada Lilia Arijón.
Muchos años antes, cuando tenía 25 y ya pertenecía a la
aristocracia rosarina por ser hija de Pedro Mayor —un catalán que fue dueño de la fundición
más importante de Rosario entre 1880 y 1890— se enamoró de Odilo. El tenía 29 cuando se
casaron y le contagió su pasión por el arte. "Desde 1914 empezaron a comprar cuadros y para 1920 ya
tenían una colección muy importante", señala Sinópoli. Muchos los habían comprado en Europa, adonde
viajaban asiduamente. A la hora de veranear en el país, habían optado por Capilla del Monte, donde
compraron una gran mansión de la cual Firma se desprendió en 1952, cuando la soledad ya era
habitual compañera y los viajes, sólo un recuerdo.
La actitud alimentó el mito urbano. Hubo versiones que
indicaron que había enloquecido y vivía encerrada junto a sus joyas y cuadros. Otras, más osadas,
sostenían que se hacía buscar por un carruaje y trasladar a misa en la Catedral, que quedaba a no
más de 100 metros de su casa. "Todas mentiras", asegura Sinópoli. "Firma tuvo una vida social muy
activa que, al morir Odilo, se fue apagando. Quedó sola y así vivió 20 años".
El 6 de marzo de 1964 lo percibió. Falleció dos días
después a los 90 años. "Odilo fue su motor", sostiene Sinópoli. Y Firma lo extrañó 20 años. Hoy,
mucho de ellos sigue vivo en el museo. Quizás allí aún se oculten algunos de sus misterios. l