Parado arriba de un escritorio, al lado del pizarrón de apuestas, el martillero
pide un minuto de silencio. "El viernes falleció el padre del organizador, muchachos, y decidió
hacer igual a la carrera para no quedar mal con la gente". El grupo reunido espera un poco, aplaude
y largan las apuestas desde cinco pesos para los cachorros. Un poco más lejos, Hugo Ojeda mira los
posibles competidores de Jeremías, su perro más chico, que correrá por segunda vez este domingo, en
la otra largada. "Corrió en La Salada (Santa Fe) hará un mes atrás, y ganó", dice. Ojeda es de San
Lorenzo, y es su primera vez en pista entrerriana.
En Santa Fe, las carreras con perros no están permitidas, aunque a veces se
hacen: en La Salada, dice, se corrió con un permiso a medias, que autorizaba a hacer "destreza"
canina, "pero esto no es destreza, es competencia". Cuando se larga la primera carrera y los
cachorros disparan detrás de la liebre (una botella envuelta en arpillera), los galgos que esperan
su turno se desesperan, aúllan al unísono, se salen de la vaina por empezar a correr, excitados.
Algunos dueños calman a sus animales, otros los alejan de la pista. El greyhound (un tipo de galgo)
está considerado el más veloz entre los perros; es una raza elegante, estilizada, nacida para
correr y usada durante siglos para la caza.
En estas competencias, los chiquitos de las primeras categorías pueden demorar
unos 10 segundos en hacer 150 metros, y eso es lento. Los perros adultos buenos, los que compiten
un clásico, pueden tardar 11,50 segundos en hacer 200 metros. Vuelan. "No te digo que no, se les da
cosas, la verdad es que se les da cosas, pero uno siempre trata de cuidar a los perros. Los tenemos
lo mejor que podemos", dice Hugo González, un perrero de Puerto San Martín. "Si los cuidás bien",
explica, pueden llegar a competir "cuatro o cinco años. Ahora, si lo maltratás, te duran un año o
dos y no tenés más perro".
Diego Crosa, de Nogoyá, organizador de duelos de canes, aclara por las dudas que
"el 50 por ciento de las cosas que se le dan al perro son todas de cristiano, para ser humano".
Crosa, que prepara una carrera en Viale para el próximo domingo, se queja de que los rosarinos "se
hacen rogar" para ir. González se defiende: "El problema que tenemos con vos es que te vas cada vez
más lejos, y a nosotros no nos sirve. Vos sabés que lo nuestro es pelear por la plata, la
carrerita".
Cosas de cristiano. Los perros aúllan ansiosos, y el diálogo se
interrumpe. Se acaba de largar la tercera carrera, y el grito de uno de los dueños, parado en las
gateras, queda flotando en el aire: "Vamos perro viejooo". A lo largo de la pista hay unas 70
personas, y otros tantos diseminados por el lugar. El clima se va animando. Una familia come un
asado en el capó de un Falcon. Algunos se instalan con sillas cerca de las gateras. De afuera
llegan otros aficionados y competidores. Un auto blanco trae un pequeño trailer para perros, un
carrito tuneado, pintado con llamas y con el nombre del corredor que traslada: "El
chupa-cabras".
En la cantina reponen cervezas y largan la segunda tanda de choripanes. Un
hombre del pueblo que pasea con una botella de Toro Viejo vacía, se acerca al mostrador y pide que
le repongan, por un peso, un poco de vino. "¿Sabés donde hacen furor, acá? En Nogoyá. Ahí está el
centro", dice Mauricio Silva, de Aranguren, que recuerda que empezó a asistir a las carreras de
perros cuando tenía 15 años, y hoy tiene 30. En Nogoyá, cabecera del departamento que lleva el
mismo nombre, las carreras se oficializaron hace "cinco o seis años. Con personería jurídica y
todo. Está todo en regla, por el Concejo Deliberante", dice Crosa.
Allí, cuenta orgulloso, en la única ciudad que tiene una comisión municipal que
se encarga de las carreras, hasta "les ofrecieron a los protectores de animales darles el quiosco
para que vayan y hagan plata. Pero no aceptaron".
En Entre Ríos, más que regulación, lo que existe es un vacío; una situación difusa que varía
según el pueblo y los intereses en juego. "Acá, la provincia lo derivó a los municipios. Si el
municipio te autoriza, podés organizar", dice Juan Carlos Romero, armador de esta velada. Romero es
de Crespo, pero allí las carreras se prohibieron hace unos años a causa del reclamo de los
proteccionistas. "Porque habían enchufado a un perro", explica después Crosa. "Por supuesto.
Si no, no tendrían que hacer carreras de caballos tampoco, si todos enchufan. No
vas a comparar: una chuza de un caballo tiene 10 centímetros, y la del perro tiene medio
centímetro", argumenta, convencido de lo que dice, hablando del tamaño de las dosis.
Tal vez no es casual, puede pensar uno que lea el programa de este domingo, que
haya una competidora bautizada como "Drogadicta". Y tampoco que uno de los cachorros, de Crespo,
corra con un nombre publicitario: "Importado".
Los animales de más pedigrí suelen tener padres extranjeros o campeones, y por
lo general compiten en otros canódromos, a otro nivel, por más plata, en Córdoba o en Buenos Aires.
Entre Ríos es un circuito menor, más amateur: una tierra de fogueo, donde criadores entrerrianos y
santafesinos sueñan con descubrir un "campeón" que pueda reportarles algo de gloria y dinero, y
alguna vez correr un nacional en Marcos Juárez, el Palermo de los galgos. A las carreras
entrerrianas asisten competidores de Crespo, Concepción del Uruguay, San Salvador, Colón, Paraná,
Hernández, Aranguren, Galarza, Viale, Seguí, Villaguay. Y, de "más allá del puente", llegan
criadores de San Lorenzo, Puerto San Martín, Granadero Baigorria, Capitán Bermúdez, Roldán y hasta
Rosario.
Antes de la cuarta carrera se arma revuelo en la rueda de apuestas. Un criador
del Gran Rosario se queja por los competidores que le pusieron y uno local interrumpe el remate y
lo desafía: "A ustedes no les gusta que les mojen la oreja, ¿eh? Vamos a correr mano a mano, si te
animás".
La gente se entusiasma con la rivalidad. La mueve la competencia y el hambre de
revancha, más que el dinero, que nunca es mucho para los principiantes. "No creo que nadie viva de
esto", asegura González, de Puerto San Martín. "Yo trabajo, y los domingos me gusta correr, lo tomo
como hobby, y si me va bien, bueno, hacemos una platita; pero esto es una competencia. Cada cual
quiere tener el mejor perro, y quiere ganar, e ir creciendo". Afuera de la pista, el dueño de un
galgo que corre clásicos, de Villaguay, se acerca hasta donde está Diego Crosa, y le habla de la
competencia del 31: "En 250 le corro a cualquiera. Al que quiera, traé al que quiera. Allá ya les
gané a todos", dice.
Mimos para ellos. El muchacho quiere "distancia para correr más tiro", explica Crosa, "porque el
perro de él es más guapo". Más allá, en las gateras, concentrados, los criadores abrazan a sus
perros antes de la próxima carrera, les hacen masajes en las patas traseras, les acarician el lomo,
les hablan al oído, le mojan las bocas. Los galgos se dejan hacer, fieles a sus dueños, ansiosos
por correr detrás del señuelo. Parece indiscutible que en ese momento, al menos, los animales
comparten con sus propietarios el deseo de correr más rápido que el viento, más veloces que
cualquiera, para volver por más.