En Rosario viven 30.000 indígenas que buscan ganarse un lugar en la ciudad
Ellos son tobas, mocovíes, guaraníes, kollas, mapuches, wichis, pilagás, diaguitas y vilelas.
Los que tienen trabajo, se ganan la vida en la construcción, como artesanos, con talleres de
costuras, en el servicio doméstico y agencias de vigilancia privada, entre otras actividades.
Tienen una gran facilidad para integrarse en cooperativas, pensar en plural y codearse con la
naturaleza de la que provienen sus saberes milenarios. Son unos 30 mil y forman parte de Rosario
que no les escamotea desaire y hasta desprecio.
12 de octubre 2009 · 01:00hs
Ellos son tobas, mocovíes, guaraníes, kollas, mapuches, wichis, pilagás, diaguitas y vilelas.
Los que tienen trabajo, se ganan la vida en la construcción, como artesanos, con talleres de
costuras, en el servicio doméstico y agencias de vigilancia privada, entre otras actividades.
Tienen una gran facilidad para integrarse en cooperativas, pensar en plural y codearse con la
naturaleza de la que provienen sus saberes milenarios. Son unos 30 mil y forman parte de Rosario
que no les escamotea desaire y hasta desprecio. Desde hace un tiempo decidieron hacer visible su
condición de pueblos originarios, su lengua, su cosmovisión y sus derechos y sienten que hoy, 12 de
octubre, Día de la Raza, no tienen nada que festejar.
“Para esta fecha solemos reunimos para conmemorar el último día de
libertad de los pueblos originarios”, explicó Oscar Talero, portavoz de Los Pumitas, una de
las cuatro comunidad tobas de Rosario que sólo en Empalme Graneros reúne a unas tres mil personas.
El Club Social Comunitario Qadhuoqté (Mariano Cabal al 1400 bis), que significa “base”,
iba a ser ayer el lugar de un nuevo encuentro, pero la lluvia del sábado a la noche les jugó en
contra.
El resto de los grupos qom vive en Rouillón al 4400, Almafuerte y Travesía, y Carrasco y las
vías (barrio Industrial).
“Tenemos que aprender a rescatar muchas cosas y la gente que nos
acompaña nos alienta, nos incentiva para que nuestra fuerza siga; esa es la fiesta, que no haya
diferencias”, comentó Talero. Pero fuera de ese ámbito las cosas no son tan fáciles.
“Cuando te discriminan te sentís mal, como que tu fuerza y tu capacidad se desvanecen porque
te encontrás con una mirada que te hace sentir que no valés nada”, describió. Y aclaró, que
no sólo es la fuerza de los ojos los que despojan de todo valor tanto en el trabajo como en la
calle, también reciben palabras terribles como estiletazos. “Hay insultos y ponen distancias;
eso duele mucho”, aseguró.
Hacerse fuertes. “Los hermanos se dan cuenta de que la discriminación se
puede superar con participación”, admitió Talero orgulloso de formar parte de la
reivindicación de la cultura originaria a la que pertenece porque eso representa “la fuerza
que dejaron los antepasados”. ¿Qué significa pertenecer a un pueblo originario en un contexto
urbano? “Aportar todo lo que se va perdiendo en una ciudad grande, tenemos mucho para decir
sobre el tema ambiental y el cuidado de la naturaleza”, comentó Talero.
Lejos del movimiento migratorio de años atrás, Talero aseguró que
“tener un trabajito es bueno para proteger a la familia porque se pueden comprar materiales y
levantar una casita, aunque sea en el asentamiento irregular donde ya hay trámites para la
posesión”. Más aún, dijo que ese es el mensaje clave de su comunidad y no “vivir de
limosnas”. “Nuestros jóvenes se capacitan en oficios de la construcción, las mujeres
forman cooperativas de trabajo y los niños van a la escuela bilingüe cacique Taegoye, en Juan B.J
usto y Sabín, que fue un gran logro para nuestra cultura”, argumentó.
Respetar. Para el director del Departamento de Etnolinguística de la Escuela de
Antropología, Rodolfo Hachen, “no puede pensarse la identidad fuera de la lengua, siempre que
se anularon aspectos linguísticos surgen las identidades alienadas, en un contexto de vergüenza
cultural que es lo que ahora se va revirtiendo”.
En ese marco, Hachen, que además es investigador del Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y coordinador de una cátedra de la Organización de
las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), aseguró que es necesario
cambiar, y a conciencia, la tolerancia por respeto. “La sociedad es muy dura con quien no da
el estándar y piensa que los que tienen otra cosmovisión son los que deben adaptarse, eso es
tolerar, lo que hay que hacer es respetar, integrar”,
señaló.
Para Hachen, que en 2004 impulsó el primer Congreso de las Lenguas como
alternativa al III Congreso Internacional de la Lengua Española, que se realizó en Rosario,
“los pueblos originarios no balbucean dialectos, tienen sus propias lenguas, esto es una
identidad cultural y una dinámica social muy vigente”. Además, sostuvo que hoy, y con suerte,
quedan unas 12 familias linguísticas de las 35 que había en el territorio que hoy ocupa la
Argentina.