La Ciudad

Don Angel García, La Favorita y toda una vida de aporte a la ciudad de Rosario

Miércoles 21 de Abril de 2021

“La Favorita” fue fundada muchos años después del arribo a Rosario de los hermanos Ramón y Ángel García, que se quisieron y apoyaron durante más de 70 años. Esta afirmación los enaltece por la complementariedad ejemplar que existió entre ellos desde que, niños aún, se radicaran en la ciudad.

En respaldo de lo dicho: “En la ejecución de todos y cada uno de sus nobilísimos propósitos obró de consuno con el pensamiento de su hermano Don Ángel, fueron hombres que supieron complementarse en su loable deseo de prosperidad y adelanto para la ciudad, en donde dieron principio a sus anhelos de contribución por la sana evolución de su prosperidad constante”. La Capital, 11/09/1945.

“En las últimas cuatro décadas no hubo iniciativa de bien general que no contara con la adhesión generosa y entusiasta del extinto caballero, que, en perfecta comunión de ideas con su hermano Don Ángel, sembró el bien a su rededor, con una esplendidez que todos conocemos y admiramos”. Crónica, 11/09/1945.

Lo verdaderamente importante de cada vida son actos y hechos que la enaltecen por el beneficio a la comunidad, lejos de los egoísmos personalistas y la notoriedad pública. Actos y hechos que fueron el común denominador de una época en que la rectitud y la contribución al bienestar social fue la consigna de muchos ciudadanos que podían confiar en sus instituciones.

Para cumplir ese cometido me remito a la sucinta reseña histórica publicada el 22 de febrero de 2006 por “Ediciones del Paraná”, Grupo Cidac, en su Colección “Personajes”, que se reproduce a continuación:

"Don Angel García

La ciudad entera estaba de duelo un lluvioso y frío día de junio de 1960. Había muerto Don Ángel y no era necesario aclarar nada, todos sabían que era el último de los dos fundadores de La Favorita. Los comercios de calle Córdoba habían cerrado sus puertas en señal de respeto. Desde los balcones de las casas todavía bajas del Rosario de esa época, las gentes tiraban flores al paso del multitudinario cortejo que acompañaba, desde la casa familiar, hasta la clásica esquina La Favorita.

El féretro cubierto por la bandera española, homenaje póstumo del gobierno de España a quien cobijó durante toda una vida a cuanto compatriota llegaba a Rosario. Esta Rosario que, desde 1891, convirtiera en su segunda patria, la que se siembra con el esfuerzo, donde nacen los hijos, donde fructifica el sudor y los sueños de tantos inmigrantes.

Nació en Otur, pueblito de pescadores sobre el Cantábrico, en la verde Asturias, en 1877. El padre, en busca de mejores horizontes, había muerto en Cuba por unas fiebres que no alcanzaron a diagnosticar. Su madre quedó sola al frente de una casa con muchos niños, y Angel, siguiendo los pasos de su hermano Ramón, con sólo 13 años, llegó al país sin más bagaje que la voluntad férrea, la mente ágil y esas inclaudicables ganas de hacerlo todo. Para subsistir se empleó en la tienda del andaluz Antonio Gómez: La Buenos Aires. Allí, y con permiso de su patrón, dormían sobre el mostrador. Jamás lo olvidaron, y quizás este recuerdo fue el antídoto contra el envanecimiento de los exitosos y causa de una frase del Padre Agustino Isaac Cruzado: “Don Ángel a la hora de dar no sabe decir que no”.

Las etapas sucesivas de crecimiento y consolidación, que van desde el comercio naciente de dos hermanos empleados de una humilde puntillería hasta la poderosa empresa mercantil (la edificación nueva, a tono con el lujo europeo de la época, data de 1929), sin la cual el centro de la ciudad se hubiera quedado sin uno de los más importantes referentes, es solo la historia de una gran pasión: La Favorita, la materia de sus desvelos, aún cuando la vida le permite volver asiduamente a su tan amada España.

Acordado entre ambos, Ramón se establece en París, donde tiene oficina propia, y de allí se importa a nuestra ciudad lo último que se exhibe en las grandes capitales europeas de la belle-epoque.

Pero La Favorita es vanguardia no solo en lo que a moda se refiere. En ella los empleados, mucho antes del advenimiento de cualquier reforma laboral, tenían comisión sobre las ventas, su propia mutual, se seguían pagando sueldos cuando por razones de enfermedad debían retirarse, algunos llegaron a ser accionistas de la empresa a manera de retribución por largos años de colaboración.

Mientras, su labor social se extendía: el Hospital Español los contó entre sus fundadores, ejerciendo Ángel la presidencia del mismo durante innumerables períodos. A fin de solventar sus necesidades decide, junto a su hermano, donar la edificación y equipamiento del Policlínico Covadonga sobre el terreno cedido por Don Rafael Calzada.

Donan también el equipo de radium a dicho hospital, con la condición de que se brinde gratuitamente este servicio a los pacientes que no lo puedan pagar. Posteriormente y siempre paliando con sus patrimonios personales las urgentes necesidades de dicho hospital cedieron casas, terrenos, y organizaron beneficios.

Las franciscanas que atienden a los enfermos tampoco se salvan de sus desvelos, y es así que hacen construir en el cementerio La Piedad un panteón con veinte nichos para la inhumación de las hermanas de dicha orden.

No hay actividad de la colectividad española que no sepa de su empuje incansable: presidiendo la comisión de homenaje de los españoles de Rosario en la celebración del segundo centenario, donando la Fuente de los Españoles del Parque Independencia, muestra espléndida del arte hispano, cuya inauguración presidió el Embajador Español Ramiro de Maeztu.

A partir de 1916 empezaron a llegar las condecoraciones para Don Ángel: Alfonso XIII le otorga la Real Orden de Isabel La Católica. Más tarde otra distinción: Hermano Mayor de la Archicofradía de Santiago Apóstol. Por último, aquel que más lo honra: la medalla al Mérito en el Trabajo. Sin embargo, son los rasgos no conocidos de su personalidad lo que lo definen: cuando se le comunicó que recibiría una de las condecoraciones mencionadas, respondió que otra persona tenía más méritos y que únicamente la aceptaría si también se le otorgaba al indicado. Así se hizo. En otra oportunidad, el Dr. Julio Marc (fundador del Museo Histórico que lleva su nombre) le anotició de una cantidad de cuadros de los siglos XVI y XVII que irían a parar quien sabe donde sino se adquirían globalmente. Pese al esfuerzo económico que ello implicaba los hermanos García los compraron y donaron al museo, quizás la más importante de las donaciones privadas del “Museo Histórico Julio Marc”.

Don Ángel fue también convocado a presidir la Comisión de Homenaje a Ramón Franco cuando se realizó el famoso vuelo transatlántico del Plus Ultra, y en tal carácter su comunicación telegráfica al Rey, gravitó para que se permitiera al ilustre aviador venir a Rosario.

Reseñar su gestión a favor del Club Español, sería repetir lo conocido. Es en su gestión como secretario de la Comisión Directiva que se concreta la construcción del actual edificio emblema de una época.

También fue fundado del Patronato Español de Rosario con Isidro García y Manuel Alvarez.

Cuando la Guerra Civil encendió el holocausto, Don Ángel y Don Ramón hicieron extraordinarios envíos de carne congelada y ropas a uno y otro sector, sin distinción. También cobijaron en sus casas de Otur y de Luarca, a sabiendas de lo que su descubrimiento implicaba, a refugiados de ambos bandos.

Cuando alguien extrañado de tal actitud le requiriera la razón de esa conducta, Don Ángel respondió: “Soy españolista, y ambos son españoles”.

Don Ángel también presidió la Asociación Española de Socorros Mutuos y la Institución Cultural Española recibiendo y solventando los gastos de todos los contingentes de personalidades ilustres que llegaban a la ciudad: Claudio Sánchez Albornoz, Manuel de Falla, Julián Marías, Gregorio Marañón,Eduardo Marquina, Hermenegildo Arruga, Bernardo Houssay, José María Pemán, Agustín Larreta, etcétera.Todo ello ocasionó su nombramiento como Vicecónsul Honorario de España en Rosario.

Esta vida espléndida no les hizo olvidar su Otur y su Luarca añoradas, a ellas donaron escuela, iglesia y hospital, aparte de construirle camino directo hasta la costa del mar Cantábrico.

Decía una de las innumerables crónicas de la época a raíz de su sepelio: “La ciudad pierde con Don Ángel un atlante de su grandeza. Su obra en Rosario tiene algo de soporte gigante de la ciudad misma y si en ello no estuvo solo no es menos importante que haya pertenecido al grupo de aquellos pocos de quien esto puede decirse”.

Sería mezquino no incluir en esta somera biografía, a quien acompañó dignamente su activísima vida, a quien recibió en su casa con la misma generosidad a embajadores o indigentes, a intelectuales renombrados o gente sencillas. La única persona a la que no podía hacerle sombra en cuanto a ayudar se refiere, no solo económicamente sino en el afecto y el perdón siempre listo: “Doña Rosa”. La anfitriona absoluta de parientes, de enfermos, de personajes ilustres o de quien necesitara su mano extendida. Cuando ella murió en 1957, Ángel, “el ángel de mi vida”, como ella grabara en el abanico que fuera el primer regalo de noviazgo, ya no fue nunca el mismo.

Ángel Pardo, Angel Travella, Guillermina Esmendi y Guillermo Pardo

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