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Svetlana Alexievich, Nobel a las voces silenciadas de la URSS

La Academia Sueca otorgó el galardón de Literatura a la escritora bielorrusa de 67 años que erigió “un  monumento al sufrimiento y al valor de nuestro tiempo”, consideró el jurado.

Viernes 09 de Octubre de 2015

La bielorrusa Svetlana Alexievich fue distinguida ayer con el premio Nobel de Literatura 2015 por su “obra polifónica”, un “monumento al sufrimiento y al valor en nuestro tiempo” con el que por primera vez la Academia Sueca galardona el oficio periodístico.
  El anuncio no sorprendió, pues la autora de “Voces de Chernobyl”, de 67 años, llevaga desde la víspera como favorita en las listas de apuestas. “¡Al fin!”, titulaba el diario sueco Aftonbladet en su edición online. Además de ser la primera periodista distinguida con el galardón, Alexievich es también una de las pocas mujeres en recibirlo: con ella, desde 1901, suman 14.
  La decisión de la Academia Sueca se entendió también como una clara señal política, aunque la nueva secretaria permanente de la Academia Sueca, Sara Danius, lo rechace. “No veo nada de político en ello”, declaró, pero el eco del galardón es incuestionable, empezando por Bielorrusia. El primer Nobel de Literatura para la ex república soviética llega apenas tres días antes de que su autoritario presidente, Alexander Lukashenko, se presente a su quinta reelección.
  Alexievich, nacida en la ciudad de Stanislav, Ucrania, el 31 de mayo de 1948, siempre se ha mostrado crítica con el régimen bielorruso, que prohibió la publicación de sus obras. En parte debido a ello abandonó el país a comienzos del nuevo milenio, pero regresó en 2011. Y aunque la situación mejoró un poco desde que en 2013 recibió el Premio de la Paz de los libreros alemanes, continúa siendo silenciada.
  “Mis obras no se editan y no me está permitido comparecer en público”, contó la escritora en una primera reacción tras el anuncio. Por eso, se cree que el Nobel podría servir de impulso a la diseminada oposición que desde años lucha en vano contra Lukashenko. “¡Tenemos el Nobel”, celebraba en Twitter la alianza crítica con el régimen Charta 97.
  El fallo del jurado sueco se lee también como una clara señal hacia Vladimir Putin, pues la galardonada es muy crítica con el presidente ruso. Pero sería erróneo encasillar a Alexievich en el cajón de las activistas políticas: la fascinación por su obra literaria se fundamenta en su capacidad para crear collages de vivencias, creando “libros de voces”.
  La obra de la flamante Nobel fue apenas traducida al español, hasta ahora sólo “Voces de Chernobyl” (Siglo XXI) podía leerse en la lengua de Cervantes. En él, Alexievich dio voz a quienes sobrevivieron la catástrofe nuclear de 1986 tras haber sido silenciados y olvidados por su propio gobierno. Además, en noviembre la editorial Debate publicará su primer libro, “La guerra no tiene rostro de mujer”, al que en 2016 seguirá “Los chicos de latón” y, un año después, “Los últimos testigos”.
  Alexievich confirmó que el próximo 10 de diciembre, día de la muerte de Alfred Nobel, estará en Estocolmo para recibir el galardón de manos del rey Carlos XVI Gustavo de Suecia. Con el premio, dotado con ocho millones de coronas (unos 950.000 dólares) y que el año pasado fue para el francés Patrick Modiano, se impuso a otros eternos candidatos como el japonés Haruki Murakami o el estadounidense Philip Roth.
  
Desde la crónica periodística. Alexievich usó las habilidades de un periodista para crear una literatura que registra la Segunda Guerra Mundial, la guerra soviética en Afganistán, el desastre nuclear de Chernobyl y los suicidios que sucedieron a la muerte del comunismo.
Sara Danius reconoció a Alexievich como una gran escritora innovadora que “creó un mapa del alma” del pueblo soviético y
postsoviético.
     “Nos ofrece un material histórico novedoso e interesante y ha desarrollado un estilo particular de escritura además de un nuevo género literario”, dijo Danius. “Ha dicho muchas veces, ‘no me interesan los sucesos, la historia de los sucesos, me interesa la historia de las emociones’, y eso la ha mantenido ocupada durante los últimos 40 años”.
     Alexievich reside en Minsk, la capital bielorrusa, en un bloque de departamentos de la era soviética. Dijo que estaba en su casa “planchando la ropa” cuando la Academia la llamó por teléfono, y que sintió “júbilo y angustia al mismo tiempo: ¿cómo haré para seguir adelante?”.
     El presidente Lukashenko felicitó a Alexievich ayer por el premio. “Su éxito me genera una enorme alegría”, aseguró ayer a la tarde en Minsk. “Espero que su distinción les sea útil a nuestro Estado y a nuestro pueblo bielorruso”.
       El portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, dijo que felicitaba a la escritora pero criticó sus declaraciones sobre Ucrania. “Al parecer Svetlana no dispone de todas las informaciones para estimar positivamente lo que ocurre en Ucrania”, observó. Alexievich había calificado el manejo de Rusia en el este de Ucrania como ocupación.

“Voces de Chernobyl”

Svetlana Alexievich fue una formidable cronista de la tragedia  causada por la explosión de la central atómica de Chernobyl. Ella dio a conocer los indecibles padecimientos de las víctimas. En el fragmento que sigue  de “Las voces de Chernobyl” una mujer relata la horrible muerte de su esposo bombero.

“Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital los últimos dos días, le levantaba la mano y el hueso se le movía, el hueso le bailaba, se le había separado la carne... Pedacitos de pulmón, de hígado le salían por la boca. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro. ¡Esto no se puede contar! ¡Esto no se puede escribir! ¡Ni siquiera soportar! Todo esto tan querido. Tan mío. Tan... No le cabía ninguna talla de zapatos. Lo colocaron en el ataúd descalzo. Ante mis ojos. Vestido de gala, lo metieron en una bolsa de plástico y la ataron. Y, ya en esta bolsa, lo colocaron en el ataúd. También el ataúd, envuelto en otra bolsa. Un celofán transparente, pero grueso, como un mantel. Y ya todo esto lo introdujeron en un féretro de zinc. Apenas lograron meterlo dentro. Sólo quedó el gorro encima. Vinieron todos. Sus padres, los míos. Compramos en Moscú pañuelos negros. Nos recibió la comisión extraordinaria. A todos nos decían lo mismo: no podemos entregarles los cuerpos de sus maridos, no podemos darles a sus hijos, son muy radiactivos y serán enterrados en un cementerio de Moscú de una manera especial. En unos féretros de zinc soldados, bajo unas planchas de hormigón. Deben ustedes firmarnos estos documentos. Y si alguien, indignado, quería llevarse el ataúd a casa, lo convencían de que se trataba de unos héroes, decían, y ya no pertenecen a su familia. Son personas oficiales. Y pertenecen al Estado”.

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