La bomba H, en los titulares de todo el mundo por estos días por su presunto ensayo por Corea del Norte, es un complejo diseño de ingeniería que configuró el escenario de la Guerra Fría. Las bombas de hidrógeno o termonucleares son mucho más potentes que las atómicas o “A” como las usadas en Hiroshima y Nagasaki en 1945. La diferencia de potencia se produce por la fusión de núcleos de hidrógeno en núcleos más pesados de helio, a lo que se suma una explosión inicial de una bomba “A”, es decir, de fisión de uranio (se habla de “fisión” porque los núcleos de estos elementos se fracturan).
La bomba se conforma con dos explosiones. La explosión inicial, de uranio 235, produce la radiación y la temperatura necesarias para que se inicie la fusión del hidrógeno. El hidrógeno usado es un isótopo pesado, deuterio, combinado con litio. La energía se desprende al fusionarse estos núcleos de hidrógeno para formar helio. La secuencia de fusión se inicia con el litio, que se fisiona en helio y tritio (otro isótopo pesado del hidrógeno); este a su vez se fusiona con el deuterio y crea helio y neutrones libres. La reacción libera una enorme energía. Para lograr la fusión del hidrógeno, que en la Naturaleza sólo ocurre en lós núcleos de las estrellas, se requiere de la energía que aporta la fisión. Esta a su vez debe estar contenida y dirigida hacia el deuterio-litio. La dirección del flujo de rayos X, calor y neutrones se logra por una camisa de berilio y uranio 238 (un isótopo no radiactivo y extremadamente denso). A los elementos que componen la parte de fusión (deuterio y litio) se las conoce como “secundario”, y al iniciador de fisión, “primario”. A su vez, dentro del “secundario” se coloca un núcleo de plutonio. Este se fisiona y colabora con la fusión del hidrógeno. Produce asimismo buena parte de la energía de la bomba termonuclear, que es de este modo una secuencia en tres partes: fisión de uranio 235, fusión de helio y fisión de plutonio. Por este complejo proceso, que involucra a varios elementos químicos, los especialistas prefieren hablar de “bomba termonuclear” en lugar de “H” o de hidrógeno. La secuencia se mide en millonésimas de segundo (“nanosegundos”).
Un detalle algo extraño es que el “primario” y el “secundario” están separados y suspendidos en espuma de poliestireno. Pero este material tan común no tiene sólo una función de apoyo y separación: los rayos X del “primario” ionizan el poliestireno, que pasa al estado de plasma. Este plasma se suma a la “presión de radiación” sobre el “secundario” para que se inicie la fusión. Los rayos X, gamma y neutrones rebotan contra un “tamper” o tampón de uranio 238 que rodea y comprime la mezcla de deuterio y litio. El hecho clave es que este material alcanza 100 millones de grados (sic), de ahí la designación de “termonuclear”. Esta temperatura se logra por efecto de la radiación comprimida en un espacio mínimo. Es una temperatura varias veces superior a la del núcleo del Sol, de “solo” 15 millones de grados. Pero en una estrella la temperatura se acompaña de presiones enormes. Este diseño se llama “tipo Teller-Ulam”, en honor de los dos físicos estadounidenses que lo desarrollaron en los primeros años 50. La Urss llegó por su cuenta a un diseño idéntico en 1955, gracias a Mikhail Sajarov, por entonces un joven físico (luego se haría un célebre disidente pacifista).
La primera bomba de este tipo fue detonada en Eniwetok (atolón de las Islas Marshall) el 1º de noviembre de 1952, durante la prueba “Ivy Mike”. Este test alcanzó una enorme potencia, 10,4 megatones (unas 650 veces la bomba de Hiroshima). La temperatura alcanzada en la «zona cero» fue de más de 15 millones de grados y la explosión dejó un cráter de casi 2 km de diámetro. La segunda fase de la era atómica comenzó ese día, y en pocos años las bombas termonucleares se multiplicaron por miles en los arsenales de EEUU y la Urss.





























