Desde la casa que su papá construyó en Fisherton casi setenta años atrás y en el espacio donde recibió a sus primeros alumnos y alumnas del jardín, la maestra Silvana Sandri de Méndez conversó con La Capital. Pausada y cálida al hablar, su memoria le permite citar con nombre y apellido a cada una de las personas que aportaron en su trayecto por la educación. Entre anécdotas y recuerdos interminables, y en el día de su cumpleaños conversó sobre sus deseos de ser maestra, los comienzos del jardín de infantes y la importancia de educar en valores.
“Nunca pensé en otra cosa que ser maestra”, reconoce la fundadora de la Escuela de Educación Integral de Fisherton sobre esta vocación que sintió desde chica. “Si tendría que explicar por qué quise ser maestra, puedo decir que siempre me interesé por el otro, sin importar la edad, el género o su condición social, priorizando el valor de los conocimientos”, continúa.
Nacida en Pordenone, un pueblo al norte de Italia, su familia decidió instalarse en la Argentina cuando tenía tres años. “Tanto mi padre albañil como mi madre dedicada a las tareas de la casa eran de fuertes convicciones, al punto que decidieron dejar su tierra, su casa y amigos al inicio del fascismo”, cuenta la maestra, que a los 45 años regresó a su pueblo natal a reencontrarse con los afectos y ese lugar del que tanto le hablaron sus padres.
La familia Sandri vivió en el barrio Belgrano, donde Silvana y sus dos hermanas asistieron a la Escuela Nº 91: “Las maestras de mi escuela llamaron un día a mi mamá para decirle que yo tenía que ser maestra. En ese tiempo era muy difícil pagar un estudio en secundaria, el boleto para ir en tranvía era costoso y además tenías que tener alguien en la escuela que te apoyara. Cuando logré ingresar a la Escuela Normal 2, ya estaba decidida a ser maestra”.
—¿Quiénes influyeron en su decisión de ser maestra?
—Siempre iba con mucha alegría a la escuela, y en parte ese entusiasmo se lo debo a mi primera maestra, Fermina Santiago, muy importante en mi elección. Más adelante, cuando cursaba en la Escuela Normal Nº 2, conocí a la directora Dolores Dabat. Quizás la había visto solo una vez cruzando el patio pero es la educadora más grande que ha tenido Rosario aunque no se la reconoce como tal. En ese tiempo, toda la escuela respiraba ese anhelo de ser maestra, y lo que significaba ser buena alumna y persona. Recibíamos una formación que nos llevaba a disfrutar de esa vocación. Nunca pensé en otra cosa que ser maestra, al punto que al principio no me importaba si se ganaba o no dinero.
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La Integral de Fisherton se encuentra en avenida Morrison al 7900. La educadora guarda una lista con los nombres de los primeros niños y niñas del jardín.
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Durante casi 10 años la educadora leyó el libro "El principito" a estudiantes del séptimo grado de la escuela.
—¿Qué recuerdos tiene de los primeros años en la docencia?
—Me recibí a los 18 años y como no podía aspirar a tener un cargo en el Estado por ser ciudadana italiana, comencé a trabajar en la casa de una doctora que atendía a chicos con algún tipo de discapacidad o dificultad en el aprendizaje. En ese momento los llamaban “niños atípicos”. Luego cuando me casé a los 22 años, dejé de trabajar porque así era ese momento. Recuerdo que mi suegra, que era de avanzada, me preguntó un día por qué había tomado esa decisión.
Comencé a trabajar en la casa de una doctora que atendía a chicos con algún tipo de discapacidad o dificultad en el aprendizaje"
—¿En qué contexto surgió la idea de fundar una escuela?
—Todo empezó cuando mi hijo mayor cumplió cinco años y debía asistir a un jardín. Hacía poco que nos habíamos mudado a la casa que mi padre construyó para nosotros en Fisherton, un barrio con muy pocas casas, la mayoría de ingleses. Como no quería que mis hijos asistieran a un establecimiento cuyos dueños procedieran de ese país, pensé en abrir un jardín. Consulté a una maestra que trabajaba en el jardín del Normal 2, y había conocido durante las prácticas, y me dijo algo muy hermoso: “Señora, usted tiene mucho ganado porque ya tiene hijos”. Entonces me animé, saqué los muebles que tenía en ese momento en el comedor y con arpillera, una mesa larga y bajita acondicionamos el lugar para los más chicos.
Habría que transformar los profesorados, para que sea una formación inspirada en el amor hacia el trabajo que forje una identidad propia"
La lista
La maestra guarda la lista escrita en 1956 con los nombres de los primeros infantes del jardín. Entre los alumnos y las alumnas del jardín estaban las hijas de Alberto Gollán, y otras reconocidas familias que en ese momento vivían en Fisherton. Con una letra grande, redondeada y prolija, éste es uno de los registros valiosos que atesora en su biblioteca.
—Así fue que más adelante surgió la necesidad de encontrar una escuela primaria para esos mismos chicos.
—Exacto. Empezamos a reunirnos a finales de año para darle forma al proyecto y a mediados de enero ya estábamos dentro de la escuela, una casa antigua de estilo inglés que compramos con un préstamo y que nos llevó muchos años pagar. En ese momento, en el barrio estaba la escuela pública Nº 6.386 Cayetano Silva, también se fundaba la escuela Stella Maris y había otra donde hoy se encuentra el Paseo Villa Margarita. La idea surge de una de las madres del jardín, Mariela Ansaldi, y entre los grandes impulsores que me acompañaron también quiero nombrar a Arnaldo Bastanzo, vecino y profesor de matemática en la Facultad de Ingeniería. La escuela recibió en su primer año a 120 alumnos y alumnas: jardín, primero inferior y primero superior y segundo grado. Entre las primeras maestras estaban Gloria Rodríguez, María Esther Verstraete, Amanda Paccotti, Vilma Bevilacqua y Elena Cheref.
—¿Qué actividades disfruta hacer en este tiempo?
—Siempre me gustó leer, tanto que durante diez años leí El Principito a estudiantes de séptimo grado. Como ahora ya no puedo hacerlo, todas las semanas alguien lo hace para mí por teléfono. Terminamos hace poco Mujeres de Eduardo Galeano y en este momento estamos leyendo Malala. También me gusta escuchar radio aunque le falta un poco de humor pero no ese humor donde alguien se ríe continuamente y no le entendés nada.
—Cincuenta años atrás había otra mirada y reconocimiento de parte de la sociedad hacia las maestras, ¿cuál es su percepción?
—Lo primero que habría que transformar hoy son los profesorados, para que sea una formación inspirada en el amor hacia el trabajo pero no ese amor sentimental sino que forje una identidad propia. Esto vale tanto para magisterio como para cualquier otra carrera. De la educación se tienen que ocupar los ministerios de educación y también los medios de comunicación. Si embargo, el deseo de protagonismo de algunos hace que se desvirtúe el valor más importante que tiene la escuela: la formación de seres pensantes.
DE VISITAS, VOCACIÓN Y TRAYECTORIA ESCOLAR
Muchas personalidades vinculadas con la música y la literatura visitaron la escuela a lo largo de estos años como parte de una estrategia por abrirse al mundo cultural y social que lo rodeaba. Esos artistas, escritores y educadores dejaron un huella en la vida de la maestra y anécdotas difíciles de olvidar.
María Elena Walsh y Leda Valladares, integrantes del grupo Plin, aceptaron venir a Rosario cuando recién empezaban con su obra (1962). “En agradecimiento por su actuación en el teatro El Círculo, las invitamos a cenar ravioles en la escuela. Anastasio Quiroga fue otro de los cantantes que recibimos en la ciudad, incluso vivió unos días en la escuela y festejamos juntos el carnaval norteño”. Entre las visitas memorables, Méndez recuerda a la matemática italiana Emma Castelnuovo: “Por ella viajé a encuentros de matemáticas en Portugal y México. A partir de esta experiencia descubrí en la matemática un sabor muy especial aunque la literatura siempre ha sido mi fuerte”.
Vocación y trayectoria
Silvana Sandri de Méndez se desempeñó como profesora de práctica y residencia en el profesorado de educación inicial del Normal 1 desde 1974 hasta 1990; y junto a Raimundo Dinello, autor del libro El derecho al juego, fundó la Federación Latinoamericana de Ludotecas (Flalu). “Tanto en Argentina como en Rosario trabajamos mucho con la parte del juego a través de talleres de formación lúdica”, destaca la maestra que también fue subsecretaria de Educación de la Provincia de Santa Fe entre 1993 y 1995.
Menciona además dos experiencias que fueron trascendentes en su vida. La creación de la cooperativa de trabajo docente “Vivir y Convivir” en el año 1987 que les permitió fundar la Escuela Nº 1.358, ubicada en Magallanes y Mendoza; y la coordinación de talleres culturales dentro de centros de detención desde 2003 hasta 2005.
Autora del libro Pasar la antorcha editado en el año 1999, cuenta que el título se lo debe a su amiga la escritora Elsa Bornemann, y hacía referencia a la solidaridad y ayuda que debían tener las maestras respecto de sus trabajos y experiencias. El contenido del libro estaba orientado al juego creativo, “instalamos en ese momento en Rosario la idea del juego y la convivencia ”, detalla. La educadora presentó también trabajos educativos en ciudades de Brasil, Portugal, Cuba, Suiza e Italia; y dictó conferencias dentro y fuera del país.