Historias del aula

Elogio de la locura

El dibujante Gustavo Sala afirma que la historieta en la escuela abre "un juego infinito" de expresión.

Sábado 16 de Diciembre de 2017

A Gustavo Sala le gusta jugar con la incorrección. Quienes siguen sus dibujos e historietas en Orsai, revista Fierro, Página 12 o los cuatro volúmenes de Bife angosto saben que bordea lo guarro y la locura. Acaba de reeditar el libro ¡Viva la caca! Chistes asquerosos para chicos (editorial Hotel de Ideas). En la solapa del libro cuenta que nació "hace muuuuuchos años" en Mar del Plata, aunque en realidad no fueron tantos. Tiene 44 y según admite "desde chico dibuja, escribe y se tira pedos", pero que "en lo único que mejoró desde entonces es en tirarse pedos".

Juega con lo escatológico todo el tiempo. Incluso en los talleres que da para los chicos. "Tenés que ver el nivel de locura e imaginación que hay cuando los habilitás a que generen ideas propias, se pudre todo", invita Sala, quien el mes pasado estuvo en Rosario para dar un taller de humor gráfico y un show musical en Combo Club Creativo (Salta 1285).

La mayoría de su trabajo está dedicado al público adulto, aunque también disfruta del humor para chicos y de la historieta juvenil. Fue así que durante algunos años —cree que entre 2006 y 2009, aunque no está muy seguro— dibujó para la revista Genios. "Ahí además de hacer láminas y juegos hice la historieta Torni, con guión del maestro, lamentablemente fallecido, Carlos Trillo, y del prócer Eduardo Maicas, un amigo y obrero de la historieta de humor increíble". También publicó en la revista Bonsai, la versión para chicos de Orsai, de Hernán Casciari: "Ahí hice historietas para chicos pero un poco más incorrectas. Como la experiencia de Viva la caca, el libro que hice con guión y dibujos míos, jugando con la incorrección, lo escatológico y con la diversión de lo prohibido".

Se crió leyendo la historieta infantil argentina y la juvenil de origen franco-belga como Tintín, Asterix y Lucky Luke. Historias humor y aventuras. "Me gusta ese registro, esa cosa diversión e imaginación".

—¿Y de lo local qué leías?

—Las historietas de Dante Quinterno como Patoruzú o Patoruzito. También una generación de historietas que no sé si llamarlas infantil, las de Afanancio y Capicúa, que eran una especia de historieta casi villera, porque eran muy baratas, en papel muy ordinario y de formato apaisado. Y era bien argentino el imaginario, como del conurbano bonaerense, con personajes medios borders.Todo eso es previo a la aparición de Fierro, donde aparecen los autores de historieta adulta y en un punto la puerta de entrada a la historieta de autor. Así que cuando aparece la oportunidad de hacer cosas para chicos, ya sea historietas, pasatiempos o ilustraciones me encantó; y me divierte también ese dibujo vinculado al cartoon, un registro más redondito y simpático, pero al que también se le puede poner bastante locura y maldad.

—Hay una búsqueda de no ser naif en tus historietas para chicos...

—Sí, me parece que lo peor que uno puede hacer como generador de historietas o humor es subestimarlos y darles las cosas demasiado masticadas. O que tengan un tufo moral o didáctico. Para ese rol está la familia y en todo caso la escuela. De chico leía Billiken y Anteojito y me divertían las historietas que no me querían enseñar nada. Recuerdo que estaban las notas sobre San Martín y Belgrano, o esas cosas más históricas que no me interesaban para nada, pensadas como material escolar. En esas revistas había como una parte que transaba con la escuela y después estaba lo otro que era pura diversión. Yo hubiera hecho mi propia Billiken sólo de historietas y chistes. Ni hablar de la revista Humi, la versión de Humor para chicos que fue increíble. Una revista adelantada a su época que quedó como algo de culto. Ahí estaban Carlos Trillo, Nine, Ema Wolf, gente muy impresionante trabajando para chicos con un imaginario completamente salvaje. Me gusta eso de darles cosas que no tengan una enseñanza sino simplemente diversión.

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—¿De pibe dibujabas eso que leías?

—Creo que todos los que terminamos trabajando como dibujantes empezamos como lectores fanatizados con algún personaje o historieta. Y en algún momento empezás casi naturalmente a querer copiar, sin sospechar que en algún momento vas a ir por algún tipo de línea o estilo. Uno termina siendo una esponja de influencia, información y cosas que van apareciendo en tu laburo. En mi caso, en un momento me fui para el humor porque me divertía y me interesaba más ese registro. Y porque me permite zafar o disfrazar deficiencias gráficas con un estilo de dibujo más limitado. No necesito hacer algo realista a lo Horacio Altuna o Solano López, puedo jugar más con el minimalismo o la exageración.

—De esos trabajos para el público infantil ¿tuviste alguna devolución de los pibes?

—Sí, con la revista Genios muchos que hoy tienen 15 o 18 años me dicen que cuando eran chicos les copaba eso. Torni funcionó muy bien, aunque me cuesta considerarla algo mío porque sólo fui el dibujante y estoy más acostumbrado a hacer todo yo: la idea, el dibujo, el guión. También era un flash ver en el correo electrónico de la revista cuando aparecen tus personajes dibujados por los chicos. Con Viva la caca también me sigo sorpendiendo cuando hacemos las presentaciones y cada tanto hay actividades con juegos. Está esa cosa de encontrarse en un lugar casi prohibido por la institución familiar. En un punto estás poniéndote como un niño más y dándole un material casi clandestino al hablarles de cosas más guarangas o chanchas.

—Y marginal también de la escuela...

—Sí, recuerdo lo que me pasaba en la hora de arte. A mí me gustaban las historietas y en la escuela no daban nada de eso. La historieta era como un entretenimiento menor. Hoy cambió un poco, pero antes sólo se daban los grandes pintores y movimientos artísticos. Que me parece perfecto, pero parecía que la historieta era algo que no debía aparecer en la escuela. O si estaba era como vehículo de concientización onda "cómo hay que lavarse las manos". Tampoco me gusta el concepto escolar de usar la historieta como vía de entrada a la literatura, por ejemplo. Como si fuera una especie de carnada para lo "importante". La historieta no es menos importante que el cine: es otro arte y otro lenguaje, con sus reglas y universo. No tiene que ser puerta de entrada a nada.

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—¿Hoy mantenés vínculo con los chicos?

—Sí, por ejemplo este año estuve dando talleres con colegas en un ciclo de Cultura que se llamó Cuadritos, que consistía en llevar la historieta a museos nacionales para dar talleres con chicos. Se armaban mesas donde había cartones, papeles, hojas y fibras. Pequeñas aulas de mucha diversión y experimentación. Y tenés que ver el nivel de locura e imaginación que hay cuando habilitás a los chicos y chicas a que generen ideas propias. Se pudre todo, porque el nivel de locura que hay en esas cabezas es espectacular.

—Interesante esa mirada sobre la "locura" infantil...

—Pero eso lo ves ahora en los dibujos animados de Cartoon Network, que están a tono con el consumo cultural actual. Hay dibujos animados que son casi punks, con un nivel de locura y psicodelia tremendo. Me gusta eso y no que termine el dibujito con un consejo, como terminaban los capítulos de He-Man, que te enseñan a lavar los dientes. Eso para mí no lo tiene que hacer un dibujo animado, que si es de humor tiene que ser divertido o que te atrape con una buena historia o un buen personaje. Me acuerdo haber flasheado con las historietas de Pi-Pío en Anteojito, que era lo primero que hacía García Ferré. Era una historieta psicodélica, infernal, mucho antes de la industria familiar que García Ferré construyó con las películas de Pantriste y Manuelita. Pero Pi-Pío tenía esa cosa casi punk y visceral que hoy para una revista tradicional sería impublicable por el nivel de locura que tenía.

—En festivales de historietas y fanzines hay mucha presencia juvenil ¿Qué ves allí?

—Me parece que lo que se rompió es ese paradigma sobre qué es dibujar bien y qué es dibujar mal. Hoy viendo toda la escena de nuevos fanzines e historietas hay dibujos completamente torpes o mínimos, que a un purista le pondría la piel de gallina. No está más eso de que la historieta tiene que ser como el dibujo clásico. Hoy ves de todo, cosas más pictóricas, más experimentales. Se abrió el panorama. Después es cuestión de gusto, pero hay mucha efervescencia.

—Lo preguntaba también por lo permeable que podría ser la escuela ante esas expresiones.

—Lo bueno al hacer talleres con chicos es que en la historieta vos estás trabajando con un lenguaje como en el cine, de planos, dónde poner la cámara, cómo y cuánta información ponés en un cuadrito, cómo diagramás una página. Hay diseño gráfico, hay narrativa. Aparecen muchas áreas, desde la tipografía, el diseño, el dibujo, los materiales, la idea de hacer algo personal y crear un estilo propio. El juego es infinito. Pero en un momento aparece la frustración de la mirada. Porque cuando sos chico uno no dibuja para que alguien lo mire y lo juzgue. Pero hay una edad, entre los 10 o 12 años, cuando los chicos empiezan a sentirse frustrados porque el dibujo de un barco pirata o un castillo no les sale como ellos quieren. Ahí se frustran con el dibujo y abandonan por esa cosa del "no sé dibujar". Y eso es algo que hay que romper.

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