Luego de que mi madre falleció, las conversaciones con mi padre giraban en torno a temas que abordaban sus padecimientos durante su infancia, su juventud y sus estrategias de supervivencia, en tanto varón de clase social media baja. Una tarde me confió que cuándo murió su papá le dijeron que como era el hombrecito de la casa tenía que ir al velatorio y llevar el cajón. “Ese día me compraron zapatillas. Esas fueron mis primeras zapatillas, de color marroncitas, me acuerdo”, dijo. Luego mi padre, cambiando de tono, confesó: “Ni ese día pude llorar”. Su rostro, algo ensombrecido, parecía controlar sus emociones. Vaya uno a saber quién le dijo qué cosa acerca de andar emitiendo manifestaciones de vulnerabilidad emocional. Quebrarse no es buena señal, me aseguró.























