Educación

El ataque de los Cutulunias

Un relato sobre bichos "redondos y trasnochados que adoran los pupos". El texto está incluido en "Cuentos rayados" (Libros Silvestres)

Sábado 29 de Agosto de 2020

Esta era una noche oscura, de esas oscuras como un pozo. Y lo que les voy a contar ocurrió en una casa donde ya habían sucedido varios atentados nocturnos.

En esta historia hubo una víctima pero se desconoce qué o quiénes fueron los atacantes. Los hechos ocurrieron en la casa más diminuta del barrio donde vivían una mamá y su pequeño hijo.

Esa noche oscura, en la casa se habían apagado las luces, no chillaba la heladera ni se oía respiración alguna. Pero afuera, en la vereda y detrás de un árbol chueco, nada estaba tan tranquilo. Una manada de Cutulunias se mantenía al acecho esperando el momento de atacar a una nueva panza.

Es que los Cutulunias son bichos jorobados, redondos y trasnochados que adoran los pupos y hacer rondas a su alrededor cantando “cutulún, cutulún, cutulún” hasta provocar risas adormiladas de esas con las que cualquiera termina haciéndose pis en la cama.

En un momento de esa noche, el capo de los Cutulunias chifló al resto de la banda y dio la orden de ataque con una de sus patas peludas (los Cutulunias no tienen manos).

Entraron en hilera por la cerradura, uno detrás del otro y juntos, como los soldados. Cruzaron la sala, subieron cada escalón de la escalera y se detuvieron en la puerta del dormitorio del nene que dormía panza arriba abrazado a un elefante celeste de paño. Y ahí nomás, “tiquitiquitiquititi”, se le fueron encima.

Una vez en la barriga empezaron a zapatear: cutulún, cutulún, cutulún, se oyó. El nene se movió despacio, sonrió y lenta y tibiamente regó toda la trompa del elefante celeste, aunque ambos siguieron durmiendo empapados.

Una vez logrado el cometido los Cutulunias se retiraron tal como habían llegado. Sobre los mismos pasos pero hacia atrás: “quitiquitiquitiqui”, retrocedieron, en busca de alguien más para cutuluniar.

A la mañana el nene mojado le trató de explicar a la mamá su sospecha. Le dijo que su pijama mojado tenía que ver con las pequeñas pisadas que habían quedado marcadas en el piso del cuarto. Y que para él todo era culpa de unos bichos que se habían subido a su cama. La señora que estaba poniendo el colchón y el elefante celeste a secar al sol no subió a corroborar las pisadas cutuluniantes. Sólo miró a su hijo, levantó una ceja y le pidió que deje de tomar tanto jugo en la cena.

El nene insistió con su coartada, pero la señora siguió caminando y limpiando la casa como si ya no lo escuchara.

Esa misma noche, cuando la casa estaba silenciosa y oscura como un pozo, la señora cerró la puerta de su cuarto con doble llave.

Trac, trac, se oyó en todo el resto de la noche. Y la señora dijo por lo bajo:

—Si los Cutulunias creen que dejarán sus cutuluniantes marcas en mi piso y en mi panza están cutuluniamente equivocados.

Los Cutulunias que vieron y escucharon todo desde la vereda, entendieron que el ataque esta vez se había malogrado y se marcharon.

Y cutulún cutulún este cuento no se va a ningún lado porque ha terminado.

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