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Andar despacio

Un texto incluido en el libro "Cuentos desobedientes", con el personaje de un caracol que se toma su tiempo para aprender

Sábado 19 de Septiembre de 2020

Los animales del bosque están muy preocupados por Caracol. Están casi seguros de que, caminando tan despacio, Caracol no llegará nunca a ningún lado. Como no saben los motivos, han comenzado a exponer algunas de sus hipótesis.

Ardilla asegura que su problema es la falta de patas.

Liebre opina que eso de andar llevando una casa encima no debe ser nada cómodo. Está convencida de que le pesa demasiado. De hecho, piensa que no es casual que Caracol y Tortuga sean los más lentos del bosque. Es más, esa coincidencia confirmaría su teoría. Como siempre Tortuga llega más tarde a la conversación. Sin embargo, no duda en intentar salirse de ese brete en el que la han metido sin permiso ni autorización. Entonces toma la palabra y aclara que, aunque ella no sea uno de los animales más rápidos, le gana por amplia ventaja a Caracol. Admite que viajar con su casa en el lomo no es tarea sencilla, pero tiene su lado bueno. Es refugio seguro en cualquier sitio y ocasión.

Serpiente acuerda con los dichos de Liebre. Explica que, aunque ella no tenga patas, es capaz de moverse sigilosamente y a toda velocidad. Dice con voz firme: —Arrastrarse rápido no es problema si una sabe andar.

Gusano cree que la mayor desventaja de Caracol es su cuerpo baboso, porque se pegotea en la tierra, en el pasto o en el barro. Porque, como todos saben, Gusano no tiene patas y, sin embargo, es casi tan veloz como una ráfaga. Al igual que Serpiente, piensa que caminar sin pies no lo disculpa a Caracol de sus demoras ni tardanzas.

Hormiga, en cambio, tiene otra teoría. Cree que Caracol es demasiado tranquilo, que tanta pachorra no lo deja avanzar, que es más bien vago, que no se esfuerza lo suficiente por progresar.

Mientras el debate se extiende y los animales alzan la voz para dar su opinión, Caracol —que venía caminando despacio, desde muy lejos— escucha la conversación. Caracol los escucha y piensa: ¿Por qué no me preguntaran a mí si quieren saber?

Si le consultaran sobre el tema, les podría contar que le encanta su andar lento, porque puede observar algunas cosas que otros no saben mirar. Cuando alguien camina con tanta prisa, se pierde de apreciar el aroma de las flores, o el zumbido de las abejas que se acercan a ellas para desayunar, o el aleteo de los colibríes que zambullen el pico entre sus pétalos de colores. Algunos no saben acerca de ciertos acuerdos de la naturaleza. Por ejemplo, que las flores comparten su polen y su néctar a cambio de que las ayuden a florecer en sitios muy distantes.

Aunque ellas no tengan patas, no se resignan a crecer en otros lugares que nunca podrán visitar.

Andando lento se puede reconocer si el pasto ha crecido un poco, si su verde se ha vuelto más fuerte con el abrigo del sol o si se ha apagado con la escarcha de las heladas. Se puede apreciar si entre tantos tréboles, hay alguno que tenga cuatro hojas o si las espinas de los cardos están más filosas que de costumbre.

Moviéndose despacio pueden elegirse las hojas más sabrosas y los mejores frutos. Es más, se puede evitar que la corteza de troncos y ramas raspe la panza para no lastimarse al trepar.

Es cierto que lo de los tréboles puede ser un simple ritual que augura buena suerte y nada más. Pero saber esquivar los pinchazos o los raspones y elegir un rico manjar no son detalles menores.

Pero como los animales del bosque no le han preguntado nada a Caracol, no se han podido enterar de todo lo que él ha aprendido viajando despacio.

Comienza a caer la noche, el rocío acaricia el pastizal y los animales siguen discutiendo. Mientras tanto, Caracol se acomoda en la hierba mullida, con una luna encendida y un trébol de cuatro hojas que abriga sus sueños.

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