Fernando era grande, alto y corpulento. A veces caminaba como agachado, acaso en un intento de pasar desapercibido. Era un tímido selectivo, quizá como todos, y era lo que mostraba en ámbitos donde no sentía pertenencia. Se reía de él con un gesto indescriptible y era dueño de una ironía implacable. Que a veces usaba y otras la guardaba para él mismo, lo que también lo divertía mucho. Fernando tenía la boca y las cejas anchas. Los ojos oscuros, llenos de asombro, risas escondidas y una singular mirada sobre la vida. Encontrarse con esos ojos significaba a veces entrar a otros mundos volando sobre sus palabras. Le gustaban los bordes, lo ponía de mal humor la soberbia, la egolatría y sabía encontrar la belleza más allá de la estética impuesta. Despreciaba la pavada y la tilinguería, con ganas. Con mucha rabia, porque en verdad respetaba la vida. Por eso se reservaba para otros sitios, ocasionalmente oscuros y mayoritariamente luminosos. Elegía con quién, cuándo y dónde hablar. Elegía en qué o cómo intervenir o no. Y escuchaba en serio, cada concepto o idea o palabra que le interesaba. Y cuando se aburría se sumía en largos silencios –coreados por el cotorreo ajeno– observando aquella cosa que nadie veía, como la etiqueta de alguna botella de vino que estaba sobre la mesa de la reunión. O descubriendo una nuca de mujer que lo atraía. Allí encontraba colores y formas, que disparaban ideas o recuerdos, que luego quedaban escritos. "Están todos llenos de orgullo y yo, con mi vergüenza, no hago más que tropezar con ellos", escribió en su poema "Mañana en la ventana". Entonces para no tropezar callaba, la mayoría de las veces, y se volvía a su lugar de escritor sin bulla. Tenía muy buen humor, que también manejaba con eficiente economía. Y cuando no había retenciones sus carcajadas eran contagiosas, hasta excesivas. Fernando vivía acá a la vuelta, trabajaba en el diario, tenía su familia, y sus amigos, pero siempre dentro de un mundo enorme que lo acompañaba. El de las letras, ese lugar donde de verdad entraba cotidianamente. Y allí uno imaginaba, percibía, que era feliz. Que nadaba sin esfuerzos entre los vocablos, palabras, oraciones, que casi volaba. Cuando escribía y más aún cuando leía autores que lo atrapaban. Fundamentalmente con la poesía, en donde volcaba su más honda sensibilidad, donde entraba y salía a gusto y airoso. Donde cerraba la puerta para ir a jugar y a crear. Donde no se encorvaba para caminar. Donde movía las manos, mientras su boca y su risa coordinaban la sinfonía. "No sé cómo se hace, la verdad que no sé cómo se sigue", me dijo en voz baja el día que murió su padre y desvió la mirada hacia alguna parte. Buscaba una respuesta que no tuve y nos dimos la mano. De alguna manera supimos que no sabíamos, que la única certeza era la vida, como único modo de seguir el viaje. Fernando murió hace tres años en un macabro accidente en la ruta. Y muchos nos quedamos solos de él y de su risa y de sus palabras y de su ironía. Sin embargo hay lazos invisibles y fuertes. Dejó sus poemas, sus notas, su sentir la vida, sus percepciones y no serán pocos los que lo encuentren cada tanto, probablemente mañana en la ventana. Sin tropezar, apenas deslizándose, suavemente, como él lo hacía, a pesar de que definía su cuerpo como el de un "buey". Es que Fernando Toloza era grande.




























