Hay una canción que hace resaltar esta realidad, "Cambia todo cambia". Dijo alguien: "Lo único que no cambia en esta época son los cambios". Leyendo la historia de la humanidad nos daremos cuenta de los grandes cambios a través de la historia. De muchos de ellos, los que tenemos años encima, hemos sido testigos en el siglo pasado. Cambios en la música, cambios en la manera de pensar, cambios en hábitos de vida, cambios en la manera de desarrollar nuestras tareas hogareñas, como por ejemplo, desde las heladeras a hielo, donde el hielero a diario dejaba una porción. O el lechero que venía también todos los días con leche y las amas de casa los recibían con una cacerola. Hasta las modernas heladeras eléctricas o las leches envasadas en sachés. Desde la radio como único recurso donde se escuchaban radioteatros, aventuras, programas cómicos, y por supuesto era el único recurso para escuchar el fútbol de los domingos, hasta la televisión con todo el cambio de paradigma que trajo en los medios de comunicación. Y podríamos seguir mencionando cambios en muchas otras áreas que modificaron nuestra forma de vivir y de comunicarnos. Todos los cambios han sido para bien y ayudaron a hacer una vida con recursos, que en muchos casos nos alivian las tareas. Pero ahora quisiera reflexionar sobre algunas verdades que no han sufrido cambios, que tienen vigencia permanentes y que permanecerán inalterables, y es de trascendental importancia ocuparnos de ellas porque son de orden espiritual y se proyectan por la eternidad. En primer lugar, Dios no cambia, es el creador y sustentador de todas las cosas. Jesucristo, que es Dios, que tomó nuestra naturaleza es el mismo hoy, ayer y por los siglos. En segundo lugar, las demandas de Dios para acercarnos a él no cambian. Dice la Biblia en palabras escritas por el apóstol San Pablo que delante de la justicia y la santidad divina todos somos pecadores y estamos destituidos de la gloria de Dios. En tercer lugar, el amor de Dios no cambia y lo demostró en la persona del Señor Jesucristo muriendo en la cruz del calvario por nuestros pecados. Dice la Biblia: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito (El Señor Jesucristo) para que todo aquel que en él crea no se pierda más, y tenga vida eterna.






























