El 3 de julio cumplió seis hermosos años mi hijo Eduardo. A los 4 meses de embarazo me diagnosticaron una enfermedad neurológica irreversible, y fue la peor noticia por ese momento. Recorrí hospitales y sanatorios sin una cuota de esperanza, ya que mi hijo iba a morir al nacer, a los 15 días o al año. Casi a los 9 meses nació, al tercer día de vida lo llevaron a realizar una RMN y el informe le puso el sello a una entidad poco conocida. Estuvo en neonatología, pero necesitaba ser valvulado, y los neurocirujanos que lo asistieron determinaron que no; se pusieron en el rol de dioses y le negaron una mejor calidad de vida. Un hermano de corazón me puso en contacto con un ángel, la doctora María Rosario Aldao, neuróloga infantil. Ella lo vio y, nunca me voy a olvidar, llamo y pidió un turno urgente con neurocirugía; y apareció otro ángel, el doctor Rodrigo Mieres, que no dudó en un instante ya que mi hijo estaba sufriendo una hipertensión endocraneal, producto de la negligencia de los médicos-dioses y lo operó. Gracias a estas maravillosas personas mi hijo está vivo, y les debo a ellos mi mayor respeto y mi máxima admiración por lo excelentes profesionales que tiene el Hospital Víctor J. Vilela, como a todo el personal que estuvo a nuestro lado. Te amo hijo de mi alma, te amo Eduardito.






























