Modos de ser alguien en zonas de alta exclusión
Durante los últimos años asistimos a homicidios en alza concentrados en algunas zonas populares de la ciudad que tienen como víctimas y victimarios a hombres jóvenes, inmersos en conflictos que se dirimen con el uso de armas de fuego de grueso calibre.
27 de noviembre 2012 · 01:00hs
Durante los últimos años asistimos a homicidios en alza concentrados en algunas zonas populares de la ciudad que tienen como víctimas y victimarios a hombres jóvenes, inmersos en conflictos que se dirimen con el uso de armas de fuego de grueso calibre. Es lo que pasó ayer en Las Flores.
Para explicar este aumento de crímenes violentos, tanto desde los actores estatales como de la opinión pública, tiende a responsabilizarse a las drogas del problema. Tanto al consumo de sustancias (que produce el estereotipo del joven adicto y peligroso) como a disputas violentas generadas por las redes de comercialización de sustancias (ambiguamente definidas como "el narcotráfico"). Ante ello comparece el uso de estrategias de carácter simbólico como la demolición de "bunkers de drogas" o bien, la construcción de información en el caso de los "buzones de la vida", de escasa efectividad, dado que los datos colectados no suelen alcanzar para iniciar una investigación o controlar el accionar policial.
Para comprender el problema del aumento de la violencia letal entre jóvenes debemos enfocar el fenómeno del delito y la violencia alejándonos de posiciones reduccionistas. El sistema de valores de nuestra cultura dominante postula alcanzar el éxito a través de logros económicos. Y eso, simbolizado en el consumo de bienes, atraviesa a todos los individuos más allá de su espacio social de pertenencia.
Pero ocurre que gran parte de la población resulta excluida de alcanzar estas metas culturales. En estos contextos de inclusión/exclusión, resulta patente la dificultad de los jóvenes para construir identidad desde instituciones tradicionales (trabajo, escuela, familia). Por lo que pertenecer a un grupo o "banda", donde el enfrentamiento violento con grupos antagónicos es la opción disponible más atractiva, es una alternativa para enfrentar esta crisis de identidad y, así, generar vínculos, construir respeto, reconocimiento y estatus para quienes se encuentran excluidos socialmente.
En este contexto, la proliferación de economías delictivas de comercialización de drogas y las facilidades para el acceso a armas de fuego incrementan la violencia. Los conflictos son materiales entre grupos de vendedores en un mercado altamente fragmentado y con competencia feroz. Pero también son simbólicos porque al internarse en los conflictos estos grupos construyen prestigio e identidad.
Por consiguiente las políticas públicas deben abandonar las viejas recetas (simbólicas y electoralistas) fundadas en prejuicios y creencias populares, para hacer frente al problema de manera mucho más integral y responsable. Principalmente, las políticas de seguridad (acompañadas, a su vez, por fuertes inversiones en políticas sociales universales de empleo, vivienda, salud, educación e infraestructura urbana, entre otras) deben tender a poner en marcha programas focalizados de inclusión social y cultural con jóvenes que articulen propuestas atractivas para competir con el uso de la violencia y el delito como forma de producir estatus y reconocimiento en contextos de exclusión social muy intensa, como el que se vive en algunas zonas de la ciudad de Rosario.
(*) Docente Criminología UNR. Ex director provincial de Seguridad Comunitaria