Hace unos días, intercepté a mi vecina, una señora de unos 30 años, para saludar a su hijo de un año y medio que la acompañaba. Al notar al chiquito muy congestionado y con fuerte tos, le advertí a la señora que ya varias veces lo había visto hacer esas crisis, a lo que me respondió “fíjese que no, y yo soy la madre; está así desde hace dos días, pero es un cuadro alérgico que ya le va a pasar”. Le pregunté si lo había llevado al médico y me respondió que no, porque “el médico que lo atiende no es un hombre de cargarlo mucho con medicamentos. Es más, tiene que darle fiebre durante tres días, para que recién le recete un antibiótico”. Yo insistí diciéndole que, para mí, el niño necesitaba atención rápidamente para evitar complicaciones, y que no estaba en nada de acuerdo con el procedimiento de su médico. A lo que me respondió: “Ah ¿es médico ahora usted también?”. Le dije que no soy médico, pero que tengo dos hijos ya mayores de edad y en mis 55 años de vida, he visto crecer a muchos niños, hijos de familiares y amigos, por lo que los síntomas que presentaba su hijo me resultaban conocidos. A lo que agregué, en tono de broma: “Menos mal que no eres mi hija ni mi nuera, porque tendríamos fuertes entredichos por este tema. Es más, hasta el médico que lo atiende me vería la cara seguido”. Ella, sonriendo incómoda, me dijo: “Mire que el médico de mi hijo es un hombre muy prestigioso”. Y se fue. Al retirarse la señora, recordé las palabras de un pediatra amigo, quien hace más de cinco años, me dijo: “Mirá, la pobreza que se ve en los barrios periféricos es multifacética. Y por si esto fuera poco, van las madres con sus hijos enfermos desde hace muchos días, y cuando vos les preguntás desde cuándo comenzó a desmejorar el chico, te responden “desde ayer”, como si yo no supiera al verlo, que el estado que el niño presenta te avisa que los síntomas comenzaron hace mucho tiempo atrás”.






























