Dado que la ética alude más a lo individual que a lo social, manando desde el fuero íntimo, desde nuestra conciencia y voluntad, y constituyendo por tanto un proceso más autónomo y personal, debe necesariamente basarse en la libertad, para la elección de principios y razones que sustenten las diversas acciones a ejecutar. Pero en este tiempo cabe preguntarse: ¿cuáles son los parámetros reguladores y rectores de ese accionar?... ¿Cuál es la brújula guiadora al respecto? En medio de un mundo que ha sido despojado de fundamentos universales exteriores al hombre que marquen parámetros firmes para cimentar la existencia, y donde conviven lo fugaz, lo efímero, lo mutante, lo contradictorio, lo ambiguo y azaroso, la ética, nadando en un mar de relatividades, se ha convertido en una gran estratega, siendo el eclecticismo y el discurso humanístico, pleno de eufemismos, sus ropajes predilectos para el camuflaje de innumerables transgresiones. ¿Hacia dónde vamos en nombre del “progreso”, el “modernismo” y la “evolución”? Bien leemos en las Sagradas Escrituras que “hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Pr. 14:12). Los resultados están a la vista. Una sociedad pervertida, con valores degradados, donde el espíritu humanístico parado en la inestable cimentación de la autosuficiencia del hombre, jerarquiza la apariencia sobre la sustancia, la forma sobre la esencia, lo superfluo sobre lo importante. Y desdibujando con floridos discursos los límites entre lo bueno y lo malo, pretende generar un estilo de vida en ausencia de Dios y sus principios eternos, marchando hacia su propia destrucción. ¿Cuál es el camino de retorno? Jesucristo afirma: “Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida, nadie viene al Padre sino es por mí”. Agregando también: “El que a mí viene no le echo fuera”. Reflexionemos y retornemos a El. ¡Así de simple!






























