Presumo que no tiene solución. Las calles céntricas de Rosario fueron diseñadas para vehículos tirados por caballos. La altitud de los edificios confiere al microcentro una especie de cámara de acumulación de calor y gases contaminantes de los coches como el dióxido de carbono, el monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno, hidrocarburos no quemados, compuestos de plomo, anhídrido sulfuroso y partículas sólidas. El incremento diario de automóviles en los cuales por lo general viaja solo el conductor es un proceso degenerativo inexorable, irreversible e insustituíble. Poco tiempo más y el embotellamiento en las horas pico dejará cotidianamente una masa de vehículos paralizados. La costumbre de la gente y la incapacidad política de resolver el problema de algún modo más drástico y transformador no muestra más que paliativos estériles. Todos se quejan. Los comerciantes por un lado, los automovilistas por el otro cuando en realidad el intríngulis está en el uso del propio automóvil. Se le ha hecho creer a la gente que el automóvil es un símbolo de progreso y status personal desconociendo el daño ambiental mortífero que éste provoca.Por eso resulta irónica la pelea mediática de ecologistas contra la megaminería a cielo abierto u otras formas de polución en focos limitados. En Europa se está estimulando el uso de vehículos eléctricos individuales a gran escala.En Londres y París, por ejemplo, además se alquilan bicicletas para circular por zonas densamente urbanas. Aquí las ciclovías son un peligro potencial funesto. Muchos todavía no advierten que en los microcentros barriales como avenida San Martín al sur ya es imposible estacionar. Tal vez mejorar el transporte público en serio y a fondo con buses eléctricos, alentar el uso de bicicletas y sólo permitir el uso del automóvil a los que habitan el micro y macrocentro nada más que para salir y dirigirse a sus hogares. No obstante las sugerencias me quedo con la gran duda de que únicamente el tiempo deberá dilucidar.






























