El Cairo. — Cientos de manifestantes se concentraban en la céntrica plaza de Tahrir de El Cairo, exigiendo la dimisión del presidente Hosni Mubarak: “Han robado y saqueado el país” acusaban, y por eso el presidente debe ser llevado a los tribunales. Algunos de ellos intentaban entablar conversación con los soldados que tomaron posiciones en todas las plazas centrales de la capital. Pero los militares no se dejaban llevar por el entusiasmo. “Estamos aquí sólo para proteger al pueblo y la propiedad del Estado”, decían.
Una posición que es respetada por muchos egipcios. Porque al contrario que la policía, considerada en todas partes brutal y corrupta, el ejército tiene una relativa buena consideración en Egipto. Y eso pese a que algunos oficiales en los años posteriores a la revolución de 1952 se hicieron con propiedades estatales.
Pero al mismo tiempo impera la desconfianza. Muchos egipcios con formación se preguntan cómo es posible que el jefe del Estado Mayor, el teniente general Sami Hafis Anan, precisamente se encontrara el viernes en Washington en un momento en el que en su país el pueblo estaba saliendo a la calle. De ahí que muchos egipcios no descarten que esta revuelta impulsada por la oposición, a la que después se unieron la Hermandad Musulmana y jóvenes violentos de asentamientos ilegales, sea en realidad un golpe de Estado encubierto del ejército con la bendición del gobierno estadounidense.



























