“¿Qué pasaba? Carcajadas estruendosas en el pabellón de afásicos precisamente cuando transmitían el discurso del presidente”, empezaba uno de los notables relatos de Oliver Sacks, el célebre neurólogo interesado en estudiar los déficits de sus pacientes desde el lenguaje. Sacks contaba en ese texto que a un afásico, incapacitado de entender las palabras en cuanto tales, no se le puede mentir precisamente con palabras. Lo que capta el afásico es la expresión de los ademanes que acompañan el decir, la gestualidad involuntaria, espontánea, que nunca se puede deformar con tanta facilidad como las palabras.


























