La costumbre de adornar en diciembre el árbol de Navidad con soplillos (esferas de colores), luces y guirnaldas, y de poner a sus pies los regalos, tiene reminiscencias celtas.

La costumbre de adornar en diciembre el árbol de Navidad con soplillos (esferas de colores), luces y guirnaldas, y de poner a sus pies los regalos, tiene reminiscencias celtas.
El árbol sagrado de los celtas era el roble, al que adoraban como un dios y al que en diciembre, en el más crudo invierno boreal, adornaban con frutas, antorchas y hojas de otros árboles. Como el roble pierde sus hojas en invierno, ellos consideraban necesario "vestirlo" para reconfortarlo y darle fuerzas para que pudiese renacer en la primavera.
En el segundo y tercer milenio antes de Cristo, los indoeuropeos simbolizaban la fecundidad con imágenes de árboles. Los griegos consagraban el pino a Dionisio, dios de la fertilidad y del vino.
Latinos, babilonios, egipcios y griegos también adoraron al abeto, al que le rendían culto como árbol del nacimiento.
En tanto, los judíos poseen su árbol de la vida, que no existe, pero que dibujan con diez redondeles, que representan las emanaciones espirituales, con las que Dios creó todo.
El Papa Bonifacio (siglo VIII) adoptó al abeto como árbol de Navidad porque no pierde sus hojas y tiene una forma triangular que recordaba a la Santísima Trinidad.

