¿Dónde estás, otoño? ¿A qué se debe tu ausencia? Los que te queremos, los que te sentimos amigo, ya empezamos a preocuparnos. ¿O acaso era concebible, no mucho tiempo atrás, que a mediados de abril la temperatura trepara cotidianamente hasta más allá de los treinta grados, como ocurre por estos días aciagos? Para esta época, en otras épocas (ustedes dirán lejanas y tendrán razón) ya habíamos apelado a la chalina, la campera de corderoy y las botas, y aspirábamos el perfume inefable del coñac en los bares nocturnos. Y salíamos a caminar por las calles de veredas solitarias con el único objetivo de sentir bajo los pies el crujido de las hojas secas. Ahora, en cambio, nos acechan los mosquitos y un calor pegajoso y persistente. Ya es hora de que regreses, otoño. Lo tuyo merece calificarse de vagancia. O, cuanto menos, de inexcusable negligencia.






























