Cuando el 10 de enero un grupo de cuatro chicas rosarinas emprendió su viaje de vacaciones a Perú no imaginó la odisea que viviría. Ese día rumbo a Lima partieron Florencia Lattuada, Agostina Cialdella, Mariela Prieto y Belén Polizzi con la ilusión de conocer la capital peruana, Arequipa, Puno, Copacabana, la Isla del Sol y Machu Picchu. El viaje terminaría en Máncora, playas a las que nunca llegaron. El fin de semana pasado la tragedia vestida de lluvia las sorprendió descendiendo de la ciudadela de los incas y allí cambió el rumbo de la travesía y de sus propias vidas.
El viernes 22 las chicas llegaron a Aguas Calientes, paraje obligado en el trayecto hacia el mayor atractivo turístico de la zona, acompañadas por las también rosarinas Lucía Fernández Cívico, Cecilia y Georgina Bosch, y Laura Charro junto a su novio, el bonaerense Pablo Romero. Al otro día subieron a Machu Picchu. Las imágenes de la mítica ciudadela inca adornada por un arco iris matinal aún estaban en sus retinas cuando en el descenso hacia Aguas Calientes la violencia del río Vicanota puso a todos en alerta. Pasaron la noche en el villorio de seis manzanas.
La odisea. El domingo y ya en la estación de Incarail, la empresa que hace el trayecto Cusco-Machu Picchu, y con los pasajes en la mano para el servicio de las 14.30 observaron cómo los trenes programados empezaban a ser suspendidos. La información de la compañía era escasa pero en las versiones habían empezado a utilizar palabras como "emergencia", "desborde" y "desmoronamientos". El río había perdido su cota, comenzaba a inundar la zona y detenía la salida del transporte.
Las noticias sobre aludes en Camino del Inca, de vías arrastradas por el agua y cancelación de venta de pasajes se sumaron a la cruel incertidumbre de una noche que se cerraba sobre el grupo (ahora de ocho porque Polizzi bajó antes con el agua hasta los tobillos) y otras 1.500 personas, aún sobre uno de los dos trenes que nunca partieron. Con la crispación de los planes inconclusos, la mayoría decidió pasar la noche en la estación y en los vagones allí estacionados. Pero aún faltaba lo peor.
La situación meteorológica se complicaba —“la lluvia era constante, no paraba de llover”, dijo la periodista de Canal 5— y al mediodía del lunes una voz a garganta pelada conmocionó a las rosarinas: “Salgan todos, corriendo, ya”. La estación está asentada en un terreno bajo, el río ya se había comido las vías y se temía que se devorase el tren también. “Sentimos mucho miedo”, recordó Lattuada. Desorganizadamente fueron trasladadas a la cancha de fútbol del pueblo. Allí se congregaron unos 2.500 turistas (había 500 argentinos), a quienes prometieron una pronta evacuación a través de helicópteros.
Les pidieron paciencia. La salvación que venía desde el cielo no sería tan rápida y por eso se determinó respetar los protocolos de emergencia: serían evacuados primero los ancianos, los niños y los enfermos. Los demás debían esperar. “Nosotros nos fuimos los ocho a un hotel en la parte alta de la ciudad”, comentó Lattuada y agregó: “En un quinto piso nos sentimos más seguras y pudimos descansar un poco mejor”.
Pero la ayuda llegaba en cuentagotas. Ese lunes se fueron 60 personas, el martes 390 entre ancianos y niños con sus padres, y el miércoles, día en que llegó un representante de la embajada argentina en Perú, se fue un grueso de 500 turistas. “Estábamos decididas a dejar las cosas allí. Preparamos lo esencial y los documentos sin las mochilas y nos fuimos a esperar los helicópteros”, dijo Lattuada. Mientras, la gente se alojaba en el edificio municipal de Aguas Calientes y en el Instituto de Cultura.
La turno esperado. Pese a la alegría por la salida del sol, la llegada el jueves del Ejército peruano al lugar tuvo un efecto negativo pues hizo caso omiso al orden planificado por los propios turistas. Así, el que iba llegando a la cancha de fútbol iba bregando por subir a un helicóptero. La desesperación apareció nuevamente. Recién por la tarde le tocó el turno a las chicas, entre 1.200 personas más. La evacuación de visitantes acabó el viernes y ayer se organizaba el traslado de los propios residentes del lugar.
Sobre la salida de Aguas Calientes de personas que pagaron el rescate, la joven asintió y comentó también que los hoteles cinco estrellas de Lima y Cusco pagaron el rescate de sus clientes, todos europeos y norteamericanos. Y de ellos, quien no estaba en la lista y podía, debía abonar 400 dólares por el traslado.
Ya en Cusco y más tranquila, Lattuada reconoció que cuando descendió del helicóptero “no sabía si tenía hambre, plata, mis cosas... Lo único que se me ocurrió fue llorar”.
Claro que todas perdieron sus pasajes aéreos hacia Argentina. Desde Cusco, algunos salieron en avión hacia Lima o Buenos Aires, mientras algunas de las chicas salían hoy hacia la capital peruana y desde allí el martes en un vuelo de Lan a Córdoba. A Rosario llegarían por la tarde.